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El carnet de Independiente

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| juan salatino

Me crie en Posadas, una ciudad donde todos son hinchas de Guaraní Antonio Franco, Boca o River. Eso es todo, una oferta muy limitada. Por eso, cuando yo era pibe, todo indicaba que debía elegir entre esos clubes. Pero no. Decidí por otro. No se trató de un acto de rebeldía. Tampoco fue que me convenció un familiar o un vecino. Ni siquiera elegí al equipo que había salido campeón. No había un motivo concreto, racional. Fue una decisión que tomé con total naturalidad. Tendría seis o siete años, no más, y un día en pleno almuerzo tiré la bomba sobre la mesa: “Quiero ser hincha de Independiente”.

El único comentario que recibí fue: “Debe ser por Bochini, ya se le va a pasar”. Pero no, no fue un arrebato. Acá me ven, ya ando por los 48 y jamás me arrepentí de aquella elección.

Ser hincha de Independiente a 1.200 kilómetros de Avellaneda tuvo sus dificultades. En principio, no lo podía compartir con nadie, porque ninguno de mis amigos de la escuela o del barrio era hincha del Rojo. Lo mío era una pasión individual, solitaria, exclusiva.

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Pero lo peor era que no tenía manera de ir a la cancha. Soñaba con ese momento, estaba obsesionado con ese estadio que solo conocía por las fotos que salían en los diarios. Pero nadie me quería llevar. Cuando se lo pedía, se reían. Y llegó un momento en que dejé de insistir.

Hasta que un día me animé. Junté algunos billetes, mucho coraje y me escapé. Hacía poco había cumplido los 18 y estaba convencido de que podía tomar algunas decisiones. Ir a la cancha para ver a mi equipo, por ejemplo. Ni le avisé a nadie, para qué. Subí al tren un sábado a la mañana y llegué el domingo justo para el partido.

Entrar a la Doble Visera fue sublime, mucho más emocionante de lo que imaginaba. Pero el momento más intenso fue cuando terminó el partido y la gente se empezó a ir. Busqué un hueco, me recosté, estiré las piernas y apoyé la cabeza en un escalón. Casi que no me importaba ni el resultado. Me gustaba observar a esos hinchas por los que sentía afinidad. Y había algo que no terminaba de entender, aunque lo disfrutaba. Era muy extraño: me sentía relajado, protegido, amparado por esos desconocidos. Ahí, en esa tribuna, era invencible.

Algunos años después de ese viaje iniciático me confirmaron lo del ADN y tuve que volver a Buenos Aires cuando me llamaron de Abuelas. Ahí empecé a entender algunas cosas que me resultaban inexplicables.

El momento más revelador de mi restitución fue el encuentro con mi familia. Recuerdo cada instante de aquella tarde. Se encimaban para abrazarme y contarme historias. Hasta que mi abuela Constantina me dio una caja. Una caja de cartón, prolija, que había forrado con papel escolar. La abrí en silencio, algo nervioso. Esa caja me generó mil preguntas, pero me dio una respuesta. Adentro estaban acomodados los pocos objetos de mi viejo que habían podido recuperar. Había unas cuantas fotos, un encendedor de esos a bencina, dos libros de Galeano, una billetera vacía de cuero marrón, un casete de Sui Generis y ahí en el fondo, apenas tapado por un pañuelito blanco, estaba el carnet de Independiente.