River venía transitando un camino de rosas, acumulando victorias que maquillaban ciertas falencias estructurales. Sin embargo, el Superclásico ante Boca desnudó las costuras de un equipo que, hasta entonces, navegaba con excesiva confianza.
Cuando el "Chacho" Coudet asumió, la idea era clara: intensidad, presión alta y un juego vertical. El plantel, convencido, respondió con creces. Pero el traspié en el Monumental frente al eterno rival funcionó como un "cachetazo" de realidad. A veces, ganar tanto en piloto automático termina por adormecer los sentidos de un grupo que necesita tensión competitiva para mantenerse en la élite.
La victoria posterior ante Aldosivi no debe leerse solo como un trámite cumplido. Fue la prueba de carácter que necesitaba el cuerpo técnico para demostrar que el plantel tiene espalda para absorber la presión. El equipo no solo ganó, sino que mostró esa rebeldía necesaria para dejar atrás el impacto emocional de haber perdido el duelo más importante del semestre.

La gran virtud de Eduardo Coudet en este breve lapso fue no sucumbir ante el ruido externo. Mientras algunos sectores de la tribuna buscaban explicaciones profundas, el DT se mantuvo fiel a su libreto, ajustando piezas clave en el fondo y dando confianza a los referentes. Este "recomienzo" tras la caída ante Boca marca, quizás, la etapa más seria del ciclo.
Ahora, con la tranquilidad que otorga el triunfo ante los marplatenses, el Millonario se enfoca en lo que viene. La derrota no fue el final de nada, sino el combustible para entender que, en River, la relajación es un lujo que no se puede permitir nadie. El mensaje del entrenador caló hondo: tras el golpe, el equipo se levantó más fuerte.
LT