Es al menos curiosa la simbología popular argentina, sobre todo si tiene que ver con el fútbol. Desde que ganar se convirtió en la única vía de escape a la exclusión, el lenguaje ha dado algunos giros inquietantes en estas pampas de crisis. El coro griego de las tribunas, ante la falta de rentabilidad, furioso, exige a sus empleados: “¡Jugadores... la ‘kchnhch’ de su madre / a ver si ponen huevos / que no juegan con nadie!”. El rival, repiten miles de hinchas, “no existe”. Los enfocan, y ellos, mirando a cámara, le hablan provocativamente a la nada: “Vos, Defensores de Sartre, no existís, ¡no-ex-is-tís!”. Si no se gana, chau. A ser nada. ¿Entonces? Hay que poner huevos. “¿Por qué ganamos? ¡Porque tenemos unos huevos así de grandes!”, contestaron exultantes el Tanque Pavone y la Bruja Verón después de ganar el último Apertura frente a Boca. Lo paradójico (¿donde podría haber nacido un amante de lo paradojal como Borges sino en esta tierra de contradicciones y laberintos?) es que el aporte testicular a la supervivencia –que es ganar siempre– y su relación con el tamaño, tienen un espejo como opuesto. Un hombre con semejante volumen justo allí... no es otra cosa que... un boludo. Y, sí. Así definimos a los tontos, a los nabos, a los perejiles menores. Sólo si el caso es más grave lo llamaremos pelotudo, estadio superior que suele remarcarse gracias a la rotundez de su primera letra.
¿En qué quedamos, muchachos? ¿Ponemos huevos o nos toman por boludos? Calma. Un axioma famoso del fútbol sostiene que los campeonatos los ganan los hombres (señores con huevos), y no los pibes (boludos, pese a las ganas). Hay excepciones: la clave está en saber mezclar ¿Se entiende? A ver, Estudiantes, pese a la eufórica definición de sus estrellas, también ganó por usar la cabeza. El Cholito Simeone armó un equipo compacto con chicos y viejos, los convenció de una idea, los hizo sólido en defensa, tuvo desborde por las bandas, un jugadorazo en el medio (Verón) y dos puntas demoledores. ¿Huevos? Sí, claro. Todo modelo de jugador viene con esos accesorios. Algunos los usan bien, otros, peor. El tamaño, amigos, no es lo importante.
Ahora bien: ¿Por qué últimamente los mejores equipos argentinos salen del país y pasan papelones históricos, pierden y hasta son goleados con milonga? Esta semana que pasó, Libertadores, Boca y Ríver se llevaron sendas tricotas en su canastita. Los de Macri en la histórica ciudad de Cusco (hasta no hace tanto conocida gracias a Erich Von Däniken), frente al modestísimo Cienciano, al que muchos confundieron imprudentemente con un fernet en cierta final de Copa. Y Ríver, ay, fue eliminado en una noche de tragedia griega frente a un simpático, entusiasta pero insignificante equipo venezolano llamado Caracas, que debe jugar de local en la fronteriza y colombiana ciudad de Cúcuta porque su estadio es tan pequeño que ni siquiera fue habilitado. Los 20 millones de dólares invertidos por Ríver para armar su equipo fueron aniquilados por estos negritos de piernas largas de letales contraataques. Ganaron allá y acá: ¿Habrá sido parte de algún acuerdo bilateral de Chávez con los Kirchner? Ah... Todo es posible en la América bolivariana.
¿Cómo se banca semejante humillación un país que se indigna hasta la desesperación porque su seleccionado vuelve de Alemania sin la Copa del Mundo? ¿Cómo, si por alguna inexplicable razón este mes la FIFA ubicó a la Argentina primera en su ranking oficial? ¿Cómo, si el que pierde no existe? ¿Qué nos queda, Dioses del Olimpo, con el colega Maradona otra vez internado? ¿Por qué nos va peor que a Sobisch?
Tengo mi modesta teoría, señores. La diré aunque duela. Los jugadores argentinos no son lo que creemos. No digo que sean horribles, pero son, digamos... standard. Debe ser la generación más modesta en años y no es tan difícil probarlo. El pobre Passarella ha elegido mal y van a destrozarlo, ok, pero ni el mejor Belluschi es un cuarto de Alonso; ni Rivas es Ruggeri en su peor tarde, ni nadie hoy es, digamos, media pierna acalambrada de Francescoli. Pese a Banega y Boselli, la base del equipo de Boca siguen siendo sus baqueteadas estrellas. Es verdad que con ese plantel exitoso La Volpe perdió un campeonato “ya ganado”. Pero ¿Fue su culpa, realmente? ¿O falló al pretender acelerar con un grupo acostumbrado a regular el motor a media máquina? Su “duelo” de hoy frente a Russo, fogoneado por la prensa, es de los guiones más desangelados que puede ofrecer nuestro Circo de las Estrellas. Como diría Muhammad Alí: “¿Eso es todo lo que tienes, Big George?” Eso: ¿qué tenemos, qué nos queda? Crespo, Cruz, Verón, Ayala, en fin, los mejores ya pasaron los 30 y detrás de ellos se ve poquito, además de Messi, todavía (perdón si cometo un pecado) más grande en los posters que en la cancha. Salvo el intermitente Kun Agüero, Mascherano, los Milito y Gago (que sí juegan), el resto acompaña en equipos menores o calentando banquillo, bastante lejos de los brazukas, el plato más pedido en las Grandes Ligas.
No, no somos los mejores, muchachos. Perdemos. Como Racing, como los políticos serios, como La Televisión Pública. Resignación, fe; corazón y pases cortos que todo pasa, como dice El Papa de Viamonte. Eso sí: huevos tenemos. Más hoy, imagínense.