Las hinchadas que están escribiendo la historia sentimental de este Mundial 2026 conforman un mapa donde la pasión se mide en decibeles, en kilómetros recorridos y en banderazos que paralizan ciudades enteras. Escocia trajo al “Ejército del Tartán”, esa marea de faldas escocesas y gaitas que se ganó el corazón de las hinchadas rivales por su actitud y su alegría desde el primer partido en Boston.

Noruega, con apenas cinco millones de habitantes, sorprendió a todo el mundo con una ocurrencia que se volvió viral: durante el partido ante Irak, sus hinchas simularon con perfecta sincronía estar remando un barco vikingo, cascos con cuernos incluidos. Ecuador dejó una de las postales más conmovedoras del torneo cuando su gente colmó las escalinatas de Rocky en Filadelfia; los cálculos hablan de unos 50.000 espectadores llenando el Lincoln Financial Field, y su banderazo posterior en Manhattan quedó grabado como uno de los momentos más impactantes de cualquier Mundial.

Colombia se hizo sentir gritando en Times Square y llenando el Azteca al ritmo de cumbia y vueltiaos. México, coanfitrión, jugó fuerte la carta local: sombreros de charro, máscaras de lucha libre y el “Cielito lindo” coreado a pulmón. De hecho, según mediciones de la propia FIFA, el Estadio Ciudad de México registró los mayores niveles de ruido de todo el certamen, con 87.000 personas cantando sin pausa durante los noventa minutos de cada partido de grupos; tras la victoria ante República Checa, más de 800.000 personas ocuparon las calles de la capital azteca. Marruecos, por su parte, convirtió a Boston en una extensión del Magreb en los días previos a cada partido de los Leones del Atlas, llevando sobre sus espaldas el orgullo de todo un continente. Japón repitió su clásica combinación de disfraces elaborados, referencias al anime y un comportamiento intachable en las tribunas que ya es marca registrada de sus hinchas.

Brasil, pese a la temprana caída en octavos que dejó a la CBF respondiendo a una avalancha de reclamos de su propia gente, tuvo en las tribunas estadounidenses una hinchada insólita: la enorme comunidad latina radicada en el país la adoptó como propia, multiplicando su aliento en cada una de las tres ciudades donde jugó la fase de grupos. Estados Unidos, como anfitrión, impuso otra lógica de fiesta: porristas, cuenta regresiva, pausas de hidratación convertidas en negocio y pantallas gigantes transformaron los estadios en un espectáculo de entretenimiento a la americana, algo que sedujo al público local pero que generó rechazo entre hinchadas llegadas de otras tradiciones futboleras, que sintieron el ruido del show por encima del ruido del cántico. Entre polémicas por el precio de las entradas, trabas migratorias para hinchas de países como Colombia o Irán, y un clima de show permanente, este Mundial confirmó que la pasión de las tribunas puede convivir, a los tropezones, con la industria del espectáculo que Estados Unidos decidió imponerle al fútbol.

Este mundial pasará a la historia no solo por el fútbol, sino también porque implican el ingreso de la tecnología al mundo del fútbol.

Es cierto que se trató de un mundial que necesitó de mucho dinero a los que viajaron.
Aunque la mayoría tuvo una experiencia que les cambió la vida. El fúbtol como dimensión humana que se comparte entre amigos y familiares. Y en ese contexto, también los argentinos se destacaron entre todos los demás.