miércoles 14 de abril del 2021
DOMINGO LIBRO
28-02-2021 03:32

La salud de Francisco

Nelson Castro revela la historia de las dolencias que a lo largo de los siglos afectaron, no siempre "naturalmente" a los pontífices. El Papa argentina revela sus miedos y sus achaques.

28-02-2021 03:32

Corría 1957. Me hallaba cursando el segundo año de seminario en el Seminario de Devoto. Ese invierno había habido una fuerte epidemia de gripe que afectó a muchos de los seminaristas. Entre ellos estaba yo. Pero lo cierto es que mi caso evolucionó de una manera más tórpida. Mis otros compañeros se recuperaron en pocos días y sin ninguna secuela. En cambio yo seguí padeciendo un cuadro febril que no cedía. En aquel momento había en el seminario un hermano que había sido maquinista de locomotora y al que le habían asignado tareas de enfermero, enfermero que manejaba los casos con una regla bastante curiosa. Para los dolores daba Cafiaspirina. Para los cuadros digestivos de tipo diarreicos, daba sulfas. Y para las afecciones de la piel daba tinturas a base de yodo. Así que yo tomé las aspirinas como él me lo indicó pero sin obtener ninguna mejoría. La fiebre seguía. 

-Ante esta situación, el director del seminario me dijo: ‘No estás bien. Te voy a llevar al Hospital Sirio Libanés para que te examinen y te hagan los estudios que correspondan para así saber qué te está pasando’. Así que, a la mañana siguiente, me subió a su auto y me condujo al hospital. Allí me vio el director, doctor Apud, quien, al saber de mi cuadro clínico, llamó al doctor Zorraquín, un destacado neumonólogo que, luego de revisarme, ordenó estudios de laboratorio y radiografías de tórax. En aquella época no había tomografía computada ni resonancia nuclear magnética. Al ver las radiografías, el especialista encontró tres quistes en el lóbulo superior del pulmón derecho. Había también un derrame pleural bilateral que me producía dolor y dificultad respiratoria. Por lo tanto, luego de analizar minuciosamente mi caso, procedió a la realización de una punción pleural para extraer el líquido. Tras ello, comenzaron a tratarme y, para el mes de octubre, cuando ya estaba recuperado, me anunciaron que debían operarme para extirpar el lóbulo afectado porque existía la posibilidad de una recaída. Naturalmente, yo acepté la operación. Fue un momento difícil.

-Cómo lo vivió? ¿Pensó que podría tener cáncer?

-Tenía 21 años. A esa edad uno se siente omnipotente. No es que no estuviese preocupado, pero siempre tuve la convicción de que me iba a curar. La operación fue una gran operación. La cicatriz de la incisión quirúrgica que me hicieron va desde la base del hemitórax derecho hasta su vértice. Fue una intervención cruenta. Según me contaron, se trabajó con el separador de Finochietto [se trata de un separador intercostal a cremallera que se usa en las operaciones torácicas] y se debió hacer mucha fuerza. Por eso, al recuperarme de la anestesia, los dolores que sentí fueron muy intensos.

-El posoperatorio también fue doloroso. Me dejaron un drenaje que estaba conectado a una canilla para que la presión negativa que se producía al abrirla generara un efecto de aspiración. Eso me producía un dolor muy fuerte, al igual que los lavajes con ampollas de suero que me hacía el cirujano cada mañana durante las curaciones. Eso fue lo más difícil. Mi mamá y mi papá sufrieron mucho. Estaban muy angustiados. Cada vez que llegaba al hospital, mi mamá me abrazaba y se ponía a llorar. Yo trataba de reconfortarla, pero le pedía una sola cosa: que me dijera la verdad de lo que tenía. ‘Por favor, no me engañes. Si tengo algo malo, no me lo ocultes’, le decía con firmeza.

-La evolución fue buena pero lenta y el alta me la dieron hacia fines de octubre o comienzos de noviembre. Para completar la recuperación, me enviaron a Tandil. El clima seco y el aire de la serranía me hicieron muy bien, así que al regresar a Buenos Aires ya estaba completamente curado.

-¿Le quedó alguna alteración de la función respiratoria?

-La verdad, no. La recuperación fue completa y nunca sentí ninguna limitación en mis actividades. Como usted lo ha podido ver, por ejemplo, en los distintos viajes que he hecho y que usted ha cubierto, nunca debí restringir o cancelar algunas de las actividades programadas. Nunca experimenté fatiga o falta de aire [disnea]. Según me han explicado los médicos, el pulmón derecho se expandió y cubrió la totalidad del hemitórax homolateral. Y la expansión ha sido tan completa que, si no se le advierte del antecedente, solo un neumonólogo de primer nivel puede detectar la falta del lóbulo extirpado.

"¿Es verdad que usted tiene un solo pulmón?", le preguntó un cardenal durante el cónclave que lo ungió

El asunto del pulmón estuvo a punto de jugar un rol clave en el intento de los adversarios del entonces cardenal Jorge Bergoglio de impedir su elección. Quien dio cuenta de esto fue el arzobispo de Tegucigalpa, cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga: “Ciertamente, no puedo decir qué sucedió dentro de la Sixtina durante el cónclave, pero puedo decir esto: cuando la figura del arzobispo de Buenos Aires comenzó a emerger como el nuevo posible papa, ellos comenzaron a moverse para frenar el plan de Dios que estaba a punto de concretarse. Alguien que estaba apoyando a otro cardenal papable, en efecto, difundió el rumor en Santa Marta de que Bergoglio estaba enfermo ya que le faltaba un pulmón. Fue en este punto donde yo tomé coraje. Hablé con otros cardenales y les dije: ‘OK, voy a ir a preguntarle al arzobispo de Buenos Aires si estas cosas son realmente ciertas’. Cuando fui a verlo, le pedí perdón por la pregunta que estaba a punto de formularle. El cardenal Bergoglio se sorprendió mucho, pero confirmó que aparte de un poco de ciática y una pequeña operación en su pulmón derecho para la remoción de un quiste cuando era joven, él no tenía ningún problema de salud de importancia. Su respuesta fue un verdadero alivio: el Espíritu Santo, a pesar de los obstáculos de las camarillas, estaba soplando sobre la persona correcta”.

El destacado periodista Gerard O’Connell recogió otro testimonio de valor sobre las intrigas alrededor de la afección pulmonar de Francisco. Corresponde al cardenal español Abril Santos y Casteló, quien contó que él también se acercó a Bergoglio y le formuló la misma pregunta al final del almuerzo. “¿Es verdad que usted tiene un solo pulmón?”. El arzobispo de Buenos Aires lo negó y le explicó que en 1957, cuando tenía 21 años, se había sometido a una cirugía para la remoción del lóbulo superior de su pulmón derecho a causa de tres quistes y que, desde entonces, ese pulmón funciona con total normalidad.

Tierra, trabajo y techo, las tres T del pensamiento papal

Sin alternativas

-Padeció usted una delicada afección en la vesícula. ¿Cómo fue?

-Ocurrió cuando era superior provincial de los jesuitas. Era la hora del almuerzo y yo estaba pasando la sopa. De repente, tuve un dolor agudo y muy fuerte en la espalda que me paralizó. Por un instante no me pude mover. Tuve que dejar de hacer la tarea que estaba realizando y sentarme. Ante semejante dolor, tomé la determinación de ingerir un calmante. Yo creía que se trataba de un problema muscular. Pero lo cierto es que las horas pasaron y el dolor no cedió. Decidí entonces acudir al médico. Me vio un clínico que me hizo una serie de estudios para evaluar principalmente la vesícula y los riñones. En esos estudios, en principio, no apareció nada anormal. Se pensaba que podría tener cálculos –litiasis– en alguno de los riñones o en la vesícula, pero los estudios resultaron ser negativos para esas patologías. Como el dolor no cedía, el clínico decidió derivarme a un cirujano quien, luego de examinarme, indicó la realización de una colecistografía para una evaluación más minuciosa de la vesícula. Desafortunadamente, el estudio tuvo que ser suspendido porque en la mitad experimenté una reacción alérgica al yodo.

”Ante este hecho y la persistencia del cuadro clínico, el cirujano me informó que había que operar de urgencia. Y no fue solo eso lo que me dijo, sino también que la operación era muy delicada y riesgosa porque no sabía con qué se iba a encontrar al abrir el abdomen. Comprendí que lo grave de la situación no dejaba alternativa. Le respondí pues que procediera. En ese momento, me encomendé a Dios, que me ayudó a enfrentar la operación con absoluta serenidad.

”Supe luego que la intervención fue realmente difícil y riesgosa, ya que lo que tenía era una gangrena de la vesícula, que afortunadamente fue tomada a tiempo. ‘Un día más y su estado se habría vuelto extremadamente grave’, me explicó después el cirujano. Felizmente, el posoperatorio se desarrolló sin ninguna complicación y me pude recuperar en forma íntegra.

El médico que operó al entonces sacerdote Jorge Mario Bergoglio fue el doctor Juan Carlos Parodi –hoy en día una celebridad internacional en el campo de la cirugía cardiovascular–, que era un destacado cirujano general. El recuerdo de aquella circunstancia permanece vívido en su memoria:

-Un día recibo el llamado del doctor José Di Iorio, que me dice: “Lo tengo al padre Jorge Bergoglio, un hombre notable y muy amigo mío, que empezó hace algunos días a padecer un dolor abdominal intenso acompañado de fiebre, deshidratación y un deterioro de su estado general, por lo que decidí internarlo en el Sanatorio San Camilo”. Ese mismo día, a eso de las diez de la noche, lo voy a ver y me encuentro con un paciente en muy mal estado general. El dolor intenso, la fiebre alta y la deshidratación persistían. Al realizar el examen físico, encuentro que tenía una reacción peritoneal predominantemente localizada en la mitad derecha del abdomen. Le dije entonces al doctor Di Iorio que había que actuar de inmediato, hidratando al enfermo, porque necesitaba ser operado lo antes posible. Así fue como, a las pocas horas, estábamos ya en el quirófano empezando la intervención. 

”En aquella época, la consigna era que a grandes operaciones correspondían grandes incisiones. La era de la cirugía laparoscópica aún no había llegado. Hice, pues, una incisión que se extendió desde la parte superior del abdomen hasta la ingle. No bien abrimos, salió un líquido turbio que no llegaba a ser purulento pero que era indicio de que había una inflamación infecciosa en algún lugar que, yo suponía, era la vesícula. Luego de despegar trabajosamente las adherencias del peritoneo que fui encontrando, llegamos a la vesícula, que presentaba un color negro verduzco, signo de una gangrena o una necrosis sin perforación. Luego de una trabajosa exploración, llegamos al origen del problema: un cálculo que estaba enclavado en el conducto cístico. Con mucho cuidado, entonces, le fui sacando toda la vesícula, cuyas paredes estaban tensas y duras y, luego de terminar la extirpación y de descartar que hubiera cálculos en otras zonas de la vía biliar, me aboqué a terminar de despegar las adherencias intestinales y a limpiar toda la cavidad abdominal, proceso que me llevó más de una hora. Completado esto, la cirugía estuvo terminada. La sutura la reforzamos con capitones para asegurar el cierre de la herida y dejamos dos drenajes. Fue una intervención grande y riesgosa. Afortunadamente, no hubo complicaciones posoperatorias. A los ocho días, el paciente comenzó a levantarse y a caminar y, uno o dos días después de eso, se fue de alta.

”El padre Bergoglio se mostró muy agradecido conmigo y con todo el equipo médico que me acompañó, y recuerdo haberle dicho que para mí había sido un gusto operarlo y tratarlo. El día que se iba me obsequió un libro sobre la vida de San Ignacio de Loyola, que por supuesto leí con mucho gusto. Nunca más volví a verlo hasta que, ya papa, me invitó a visitarlo en el Vaticano. Imposible olvidar lo que me dijo en ese encuentro: ‘Aquel día yo creí que me moría. Y en eso apareciste vos. Eras un médico joven con cara de loco pero, al verte, supe que me ibas a salvar’.

El corazón

-Tuvo alguna vez un problema cardíaco, ¿no es así?

-Tuve un problema cardíaco un sábado en que iba a inaugurar una maratón en la Villa 21.

Debe haber sido por el año 2004. Ese día me sentía muy cansado. Después del almuerzo, hice algunas cosas. Me tomé un café y a la media hora, otro. Luego, en un colectivo de la línea 70, me fui para la Villa. Cuando llegué, el padre Pepe [José María Di Paola] me dijo: “Estás pálido; ¿qué te pasa?”. “No sé –le dije–, me siento cansado”.

Circunstancialmente, se encontraba ahí el médico de la salita de primeros auxilios que está al lado de la parroquia de la Villa. “Espere que le tomo la presión”, me dijo entonces el joven médico, que había escuchado la conversación. La presión estaba bien, a pesar de lo cual me dio un comprimido de no sé qué medicamento. Inauguramos las olimpíadas y luego me quedé charlando con el padre Pepe. Entonces, el médico me dijo: “Mire, monseñor, ¿por qué no aprovechamos este intervalo hasta que los maratonistas completen todo el circuito para ir al Hospital Penna, donde lo podremos examinar mejor y le haremos también una serie de análisis?”. Acepté. Cuando llegamos al hospital, estaba esperándome el director. Me agarraron de las pestañas y no me dejaron salir.

-¿Qué le dijeron?

-Según recuerdo, me informaron que tenía un preinfarto –o algo parecido– y que había una estrechez moderada de la coronaria descendente anterior. Me llevaron entonces al Sanatorio San Camilo, donde estuve dos o tres días en observación. Allí comencé ya el tratamiento con el cardiólogo, doctor [Mario Roberto] Kenar, quien incluso vino aquí a controlarme dos veces. Nunca más tuve síntomas cardíacos. Según me dijo el médico, la arteria se recanalizó.

El doctor Jorge Bilbao, médico cardiólogo que fue llamado a examinar a monseñor Bergoglio en aquella jornada, recuerda así ese momento: “Me encontré con un paciente en buen estado general, sin dolores de tipo anginoso. Al examen no presentaba alteraciones del ritmo cardíaco. Le indiqué que había necesidad de hacerle un cateterismo cardíaco. Al principio se negó terminantemente pero, finalmente, terminó de aceptarlo”.

Psicología y sacerdocio

-¿Se psicoanalizó alguna vez?

-Le cuento cómo fueron las cosas. Nunca me psicoanalicé. Siendo provincial de los jesuitas, en los terribles días de la dictadura, en los cuales me tocó llevar gente escondida para sacarla del país y salvar así sus vidas, tuve que manejar situaciones a las que no sabía cómo encarar. Fui a ver entonces a una señora, una gran mujer, que me había ayudado en la lectura de algunos tests psicológicos de los novicios. Entonces, durante seis meses, la consulté una vez por semana.

-¿Era una psicóloga?

-No, era psiquiatra. A lo largo de esos seis meses me ayudó a ubicarme en cuanto a la forma de manejar los miedos de aquel tiempo. Imagínese usted lo que era llevar una persona oculta en el auto, solo cubierta por una frazada, y pasar tres controles militares en la zona de Campo de Mayo. La tensión que me generaba era enorme.

-¿Para qué más le fue útil la consulta con la psiquiatra?

-El tratamiento con la psiquiatra me ayudó además a ubicarme y a aprender a manejar mi ansiedad y evitar el apresuramiento a la hora de tomar decisiones. El proceso de toma de decisiones es siempre complejo. Y los consejos y las observaciones que ella me dio me fueron muy útiles. Ella era una profesional muy capaz y, fundamentalmente, una muy buena persona. Le guardo una enorme gratitud. Sus enseñanzas me son aún de mucha utilidad hoy en día.

-¿Fue difícil para usted hacer este tipo de consulta?

-No. Yo soy muy abierto y en ese punto tengo una postura muy consolidada. Estoy convencido de que todo sacerdote debe conocer la psicología humana. Hay quienes lo saben por la experiencia de los años, pero el estudio de la psicología es necesario para un sacerdote. Lo que no veo del todo claro es que un sacerdote haga psiquiatría debido al problema de la transferencia y la contratransferencia, porque ahí se confunden los roles y entonces, el sacerdote deja de ser sacerdote para pasar a ser el terapeuta, con un nivel de involucramiento que después hace muy difícil tomar distancia.

"A las neurosis hay que cebarles mate. No solo eso, hay que acariciarlas también"

-Usted me habló varias veces de sus neurosis. ¿Cuán consciente es de ellas?

-A las neurosis hay que cebarles mate. No solo eso, hay que acariciarlas también. Son compañeras de la persona durante toda su vida. Recuerdo una vez haber leído un libro que me interesó mucho y me hizo reír a carcajadas. Su título era Alégrese de ser neurótico, del psiquiatra estadounidense Louis E. Bisch. Es algo que comenté en la conferencia de prensa que di en el vuelo de regreso de Seúl a Roma. Dije: “Soy muy apegado al hábitat” de la neurosis y agregué que, después de esa lectura, decidí cuidarlas. Es decir, es muy importante poder saber dónde chillan los huesos. Dónde están y cuáles son nuestros males espirituales. Con el tiempo, uno va conociendo sus neurosis.

-En general, se las agrupa en neurosis ansiosa, neurosis depresiva, neurosis reactiva y neurosis postraumática. ¿Cuál o cuáles son las suyas?

-La neurosis ansiosa. El querer hacer todo ya y ahora. Por eso hay que saber frenar. Hay que aplicar el célebre proverbio atribuido a Napoleón Bonaparte: “Vísteme despacio que estoy apurado”. Tengo bastante domada la ansiedad. Cuando me encuentro ante una situación o debo enfrentar un problema que me produce ansiedad, la atajo. Tengo distintos métodos para hacerlo. Uno de ellos es escuchar Bach. Me serena y me ayuda a analizar los problemas de una manera mejor. Le confieso que con los años he logrado poner una barrera a la entrada de la ansiedad en mi espíritu. Sería peligroso y dañino que yo tomara decisiones bajo un estado de ansiedad. Lo mismo pasa con la tristeza producida por la imposibilidad de resolver un problema. Es también importante dominarla y saber manejarla. Sería igualmente nocivo tomar determinaciones dominado por la angustia y la tristeza. Por eso digo que la persona debe estar atenta a la neurosis, ya que es algo constitutivo de su ser.

-¿Es obsesivo? 

-No. Y eso es bueno.

-En lo personal, ¿encuentra usted en la oración el alivio del alma que otros buscan, por ejemplo, en el psicoanálisis?

-Para mí, la oración es más que eso, porque la oración pone a la persona en otra dimensión.

-¿Siente que la oración es curativa?

-Sí. La oración permite que Jesús entre en nosotros. Y eso es siempre muy bueno.

"¿Extraña la Argentina? No, no la extraño. Viví allì 76 años. Lo que me aflige son sus problemas."

Las tristezas de la vida

-¿Extraña la Argentina?

-No, no la extraño. Viví allí 76 años. Lo que me aflige son sus problemas.

-Quienes lo conocimos como arzobispo de Buenos Aires lo recordamos con un rostro adusto y de preocupación muy diferente al que le hemos visto desde su ascenso al trono de Pedro. ¿Estuvo deprimido alguna vez?

-Deprimido, no. Triste, sí.

-¿Qué cosas o hechos le producen tristeza?

-Tristezas hay muchas a lo largo de la vida de una persona. Están aquellas que podríamos llamar naturales. Son las producidas, por ejemplo, por la muerte de los padres o de los seres queridos. Pero están las otras que, en mi caso, se produjeron por las difíciles circunstancias por las que debió atravesar la Argentina. Sentí, y siento, tristeza cuando un cura abandona los hábitos. La injusticia me produce tristeza e indignación.

-¿Y pudo manejar esas situaciones difíciles?

-No siempre. La verdad es que, a veces, ellas me manejaron a mí. El sufrimiento es una vivencia muy dura. Uno tiene que entender que es imposible superar ese dolor de un momento para el otro. Hay que comprender que reconocer y aceptar ese sufrimiento es lo que nos va a llevar a la cura. Eso lleva tiempo, y al tiempo no se lo puede apurar.

-De no haber sido elegido papa, su vida sacerdotal se encaminaba hacia su fin. ¿Le producía esa circunstancia tristeza o depresión?

-Por el contrario. Esperaba mi retiro sacerdotal con alegría. Tanto es así que ya había reservado la que iba a ser mi habitación en el hogar sacerdotal del barrio de Flores [se trata del Hogar Sacerdotal Monseñor Mariano Espinosa, ubicado en la calle Álvarez Condarco 581, en la Ciudad de Buenos Aires. La habitación reservada para el entonces cardenal Bergoglio era la número 13]. Era una habitación simple y austera. Es sabido que a mí me gusta mucho confesar, de forma tal que ya me había preparado para ir a confesar a la basílica de San José de Flores. Y así fue como me vine a Roma. Con mi retiro a la vista. No sabía que el destino tenía guardado para mí el hacer realidad la frase de Caminito [famoso tango]: “Desde que se fue, nunca más volvió”.… (...)

El papa Francisco aseguró que no tiene previsto volver a la Argentina

Addendum

En el contexto de la pandemia de covid-19 que empezó a afectar a Italia en febrero de 2020, la salud de Francisco fue motivo de preocupación cuando, el miércoles 25 de ese mes, comenzó a experimentar los signos de un cuadro gripal –estornudos, dolor de garganta y fiebre– luego de pasar parte de ese frío día en la Plaza de San Pedro y la procesión en el Aventino. Por su edad, el Papa pertenece a los grupos de riesgo para contraer esta enfermedad, por lo que se le indicó reposo. Según informó el diario Il Messaggero, la lógica preocupación de sus médicos hizo que, con muy buen criterio, le ordenaran el test para descartar una infección por coronavirus.

“El resfriado diagnosticado al Santo Padre en los últimos días sigue su curso, sin síntomas atribuibles a otras patologías”, señaló la Santa Sede el martes 3 de marzo que, frente a las especulaciones, no terminó de confirmar ni desmentir el dato del periódico. “Francisco celebra diariamente la Santa Misa y sigue los ejercicios espirituales que se realizan en la Divina Casa Maestra en Ariccia”, informó el director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, Matteo Bruni. De todas maneras, algunas actividades oficiales debieron ser canceladas. “Por desgracia, el resfriado me obliga a no participar este año” del rito cuaresmal de Ariccia, en la Casa del Divino Maestro”, afirmó el Papa durante la celebración del Angelus, el domingo 8 de marzo.

Desde entonces, Francisco se ha mostrado en público en diversas ocasiones totalmente curado. El 15 de marzo salió para rezar y pedir por la finalización de la pandemia en la basílica Santa María Maggiore y en la iglesia San Marcello al Corso.

Presidió las ceremonias de la Semana Santa y la Misa de Resurrección, el domingo de Pascua, en un marco nunca visto. Las imágenes del Sumo Pontífice desplazándose por la nave central de la Basílica de San Pedro absolutamente vacía e impartiendo desde su ventana la bendición urbi et orbi ante una plaza totalmente desierta dieron la vuelta al mundo y son ya parte de la historia.

 

☛ Título La salud de los Papas

☛ Autor Nelson Castro

☛ Editorial Sudamericana
 

Datos sobre el autor 

Nelson Castro es periodista y médico graduado con honores en la Universidad de Buenos Aires. 

Editorialista político del diario PERFIL, conductor de televisión y radio, ha entrevistado a numerosas personalidades mundiales y cubierto eventos históricos de relevancia global. 

Ha publicado varias investigaciones acerca de la salud y la enfermedad de mujeres y hombres de poder.

Autor de Secreto de Estado. La verdad sobre la salud de Cristina Fernández de Kirchner,  entre otros libros.

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