DOMINGO
Libro

Un país que vive en crisis

¿Es posible otra Argentina?

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En La última encrucijada de editorial Planeta Jorge Liotti, presenta una radiografía de la Argentina y se pregunta si el país sigue siendo el mismo o si ya adquirió una fisonomía diferente. | Juan Salatino

Pocas veces existió un consenso tan generalizado para señalar que la Argentina se encuentra sumergida en un largo proceso de estancamiento político, económico y social. La dirigencia, los académicos, los empresarios, los gremialistas y la mayoría de la sociedad coinciden con ese diagnóstico impreciso, pero terminante. A diferencia de otros momentos del país, en los que las razones del deterioro parecían residir exclusivamente en los errores del gobierno de turno y, en consecuencia, la solución pasaba por generar una alternancia, esta vez hay una sensación de declive estructural. Esa montaña rusa de breves períodos de bonanza con irremediables depresiones posteriores ha dejado lugar a un plano inclinado descendente sin encontrar desenlace. La crisis abandonó su componente excepcional para mimetizarse como un estado natural del país, probablemente porque se trata de un declive por acumulación, lo que la convierte en más profunda y oscura. Las disrupciones anteriores parecían tener soluciones posibles a partir de un cúmulo de medidas políticas y económicas puntuales que permitían revertir rápidamente el caos. Pasó con los picos de hiperinflación de 1989 y 1991, que derivaron en la convertibilidad; también tras la salida del estallido de 2001-2002, con una brusca devaluación y la pesificación asimétrica. Sin embargo, cada uno de esos procesos desestabilizadores fue dejando un sedimento que hoy parece haber congelado el desarrollo económico, trabado los mecanismos de articulación política y agravado el panorama social hasta un nivel inédito. Esta vez no se trata de apelar a una medida monetaria o financiera; la crisis es multidimensional y sistémica, y en consecuencia mucho más compleja de resolver. Este diagnóstico apesadumbrado encuentra al país en los cuarenta años del regreso de la democracia, un logro histórico para la Argentina en materia institucional. Su principal mérito reside no solo en haber aventado definitivamente el riesgo de nuevos golpes militares, sino en haber naturalizado la realización de elecciones con alternancia en el poder, garantizado las libertades individuales y los derechos fundamentales, y sorteado graves crisis sociales y económicas por los mecanismos previstos en la Constitución. Por eso se trata de la conquista más importante de la Argentina en este tiempo. Es el único plano en el que la nación escaló definitivamente un peldaño para no volver a descender. Por eso la recuperación de la democracia, y su conservación a lo largo de estas décadas, se transformó en el principal factor de cohesión identitaria del país, el último gran propósito colectivo compartido.

Sin embargo, el aniversario de este año tiene un sentido de revalorización histórica que está teñido por la sensación agria que prevalece en la mirada retrospectiva. Como si el gran logro republicano de estas décadas quedara eclipsado por la imposibilidad de verlo materializado en desarrollo, progreso y bienestar. Es una consolidada percepción de extravío, falta de perspectiva y desánimo que es auscultada en todas las mediciones desde hace bastante tiempo. Un informe de la consultora Isonomía buscó resumirlo en cinco conclusiones fundamentales, a partir de un conjunto de trabajos que realizó en los últimos meses de 2022: “Primero, hay un récord de pesimismo sobre el futuro, un término que, si bien debería tener un sentido intrínsecamente positivo, hoy tiene un significado negativo, a tal punto que el 56% responde que ‘lo peor está por venir’. Segundo, la gente no ve que las elecciones puedan mejorar la situación, aunque gane el candidato que ellos apoyan, lo que implica un descreimiento en que la alternancia en el poder permita resolver los problemas. Tercero, todos entraron en modo crisis. El 91% de los consultados califica de esta manera la situación actual del país, cuando antes era un término asociado a 2001. Cuarto, ningún dirigente, ni del oficialismo ni de la oposición, tiene un nivel de aprobación que llegue al 50%, cuando siempre los que lideraban los sondeos superaban el 60%. Esto marca un fuerte descrédito en la dirigencia. Quinto, cambió la autopercepción social: en los últimos 15 años un 70% de la población se identificaba como de clase media, aunque en los hechos había una proporción menor, y el 20% como de clase baja, aunque en realidad había más. Ahora, en cambio, hay solo un 50% que se percibe de clase media en la Argentina porque creció la autopercepción de la pobreza. Es una pobreza emocional”.

En las observaciones de sus focus groups aparecieron menciones muy claras de “cómo les impacta la situación económica tocando fibras emocionales. La palabra sufrimiento sobrevuela constantemente en personas que nunca antes estuvieron siquiera cerca de sentir algo así. Son en general familias de la histórica ‘clase media’. Por eso es más profundo que el impacto de la inflación. No es numérico el tema, es sencillamente emocional”. Entonces concluyen: “En 2001 el país explotó política y económicamente. Y entre 2021 y 2022 hubo una implosión en términos de falta de expectativas: la idea de que lo que viene es peor. Y ni siquiera hay un responsable al que puedan tirarle piedras. Son todos responsables”. Un retrato opaco del estado de ánimo de la Argentina actual, de un país que ha perdido la capacidad de imaginar el futuro.

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Hay indicadores económicos que le dan sustento empírico a esta afirmación. En los últimos cuarenta años la Argentina creció en promedio un 1,4% anual y solo 0,4% per cápita, lo que marca un estancamiento inédito en la historia del país, mientras que su aporte al PBI global es de solo el 0,64%. Estos datos contrastan con la curva de crecimiento del resto de la región (solo Venezuela tuvo peor performance) y del mundo, es decir que el país retrocedió en un período en el que la economía internacional se expandió. La inflación acumulada resultó ser la segunda más alta del mundo, con un promedio anual del 58%. La pobreza pasó del 16% en 1983 al 42% en el segundo semestre del año pasado. El poder de compra del salario es diez puntos inferior al de hace cuatro décadas, y la tasa de desempleo se duplicó en ese lapso de tiempo. La productividad del país está en el segmento de las más bajas del mundo (puesto 83 entre 141 países, según el World Economic Forum) y no evoluciona desde el inicio de este siglo. Mientras tanto, el gasto público aumentó 16 puntos en la última década y ya representa el 42% del PBI, su nivel histórico más alto. Esta breve revisión de datos macroeconómicos expresa la profundidad y la amplitud del estancamiento que actúa como escenografía ineludible de la percepción generalizada de crisis.

Este cuadro fue abordado en los últimos años en distintos informes que buscaron hacer aportes intelectuales para postular un debate por fuera de la coyuntura, pero no lograron ningún efecto concreto. En general ese tipo de trabajos son consumidos por las urgencias habituales. Uno de los más importantes fue el que elaboraron en 2017 los exministros Jorge Remes Lenicov y Dante Sica por los entonces 33 años de democracia. Lo subtitularon “Economía fragmentada y deuda social”, y describieron allí con notable precisión los problemas de empleo, inflación, deuda externa, gasto público, productividad, educación e inserción en el mundo. Entre otros aspectos resaltaron que, “si bien la Argentina ha logrado avanzar institucionalmente, no consiguió desarrollar su economía ni mejorar las condiciones de vida de sus habitantes”. En la síntesis inicial remarcan que “los problemas sociales han empeorado” y que “la informalidad laboral, que rondaba el 22% en 1980, comenzó a subir y desde hace varios años se encuentra en el 33%”.

Parte del espíritu de ese trabajo fue retomada por el mismo Remes Lenicov en otro informe de 2021, que llamó “El desencuentro entre la política y la economía”. Allí volvió a desglosar indicadores económicos desalentadores para concluir: “Por este comportamiento, la sociedad fue perdiendo su confianza en las instituciones de la república y en sus representantes. Se habla, no sin razón, de crisis de representación y de incapacidad de los gobiernos para gestionar las demandas insatisfechas de amplios sectores sociales, cuyo nivel de vida se fue deteriorando en comparación con otros países que hace algunas décadas eran parecidos o de menor desarrollo que la Argentina. Esto se agrava porque en nuestro país existe memoria de que hasta mediados de los años 70, si bien con dificultades políticas y económicas, había existido una importante movilidad social y satisfactorias condiciones de vida para la mayoría de la población”.

Una crisis por acumulación

Carlos Gervasoni, director del departamento de Ciencia Política de la Universidad Di Tella, identifica tres procesos de resquebrajamiento en distintos momentos de los últimos cien años, que confluyen como capas superpuestas en el presente. Un intento por evitar una explicación simplista de “cuándo se jodió la Argentina”, parafraseando al escritor Mario Vargas Llosa. No hay un punto de inflexión; hay declinación y acumulación. Por eso es más complejo.

En ese ejercicio, Gervasoni observa una convergencia de efectos de una crisis centenaria, que encuentra su simbología en el golpe de Estado de 1930; una crisis de largo plazo, que los economistas ubican a mediados de la década del 70, con el fin del ciclo de sustitución de importaciones, y una crisis de corto plazo, que abarca los últimos doce años de estancamiento económico ya adentrados en el siglo XXI. Estructura y coyuntura enlazadas indisolublemente en una radiografía que refleja una fractura expuesta.

Según el planteo del politólogo, la Argentina había articulado a principios del siglo pasado algo parecido a una matriz productiva basada en su capacidad agroexportadora, que tenía un impulso comercial alentado por su relación con Gran Bretaña, la potencia de la época, aunque declinante. La ola de inmigrantes europeos –una de las más masivas y mejor asimiladas– hizo un aporte decisivo al dinamismo laboral de esta etapa. Al mismo tiempo, “ciertos principios liberales se habían establecido. Aunque para algunos se trataba de una república oligárquica, para los estándares de la época no estaba mal”. A eso se sumó el sufragio universal (masculino) y el establecimiento de una democracia prometedora con los primeros gobiernos radicales. Naturalmente, hay miradas de otros historiadores que ofrecen un retrato menos benévolo de la época, pero lo cierto es que el país, que parecía ilusoriamente destinado a ser otra Australia u otra Canadá, una pradera fértil desarrollada y democrática, se interrumpió con el golpe militar de 1930.

Allí no solo se sembró la semilla de la inestabilidad institucional, sino que al mismo tiempo se produjo un freno económico que se manifestaría en los años posteriores. En ese momento se extraviaron las incipientes premisas democráticas y también la matriz productiva agroexportadora que había apalancado a la Argentina durante ese período. Por supuesto que influyó el contexto internacional, marcado por el derrumbe de Wall Street, el declive de Gran Bretaña (potencia complementaria a la Argentina en términos productivos, reemplazada por una potencia competidora, como Estados Unidos) y la inestabilidad global. Pero lo cierto es que, a partir de entonces, el país no pudo adaptarse a los cambios globales del siglo XX y traspapeló su rumbo.

A eso se sumó después el debate sobre los efectos del surgimiento del peronismo y sus primeros diez años de gobierno, otro hito que los historiadores señalan como central en el proceso de redefinición del país, porque representó el ascenso de un modelo populista, legitimado democráticamente en un gran caudal de votos, a partir de la consolidación de derechos sociales y laborales que hasta entonces no estaban contemplados. Ese primer peronismo fue la respuesta argentina ante los cambios mundiales que se produjeron en la composición social y en el aparato productivo, como parte de las transformaciones de posguerra; fue la adaptación local de procesos que de algún modo se hubiesen dado, porque las dinámicas urbanas y la estructura laboral habían mutado desde principios de siglo. Así se estresarían los límites de una economía que, aunque en ascenso, no estaba preparada productivamente para responder a esas nuevas demandas, lo que abriría una tensión entre desarrollo y distribución que continúa hasta ahora.

El segundo punto de quiebre real se produjo a partir de 1974, momento que marca el final del ciclo de crecimiento económico del país de los 60, con la disolución del esquema de sustitución de importaciones. Es necesario aclarar, como lo hace el sociólogo Santiago Poy, que el modelo vigente hasta entonces en realidad funcionó en términos sociales y económicos, pero no políticos, ya que el período quedó signado por una gran inestabilidad institucional, los regulares golpes de Estado, la proscripción del peronismo y el germen de la violencia que ya empezaba a emerger.

“Hay un consenso bastante general de que a partir de ahí la Argentina ya no creció tanto y se empezó a parecer más a un país en desarrollo que a un país desarrollado. Hasta ese momento había tasas de crecimiento todavía positivas en general, baja pobreza, bastante igualdad; era una sociedad relativamente integrada. Desde entonces, y después con el Rodrigazo, la violencia política y las consecuencias del gobierno militar, se inició un declive económico y social de la Argentina, que pasó a convertirse en uno de los pocos países en donde la pobreza creció radicalmente, y en donde se mantuvo tan alta la inflación (ningún otro en el mundo ha estado tantas décadas sin poder resolver ese tema)”, reseña Gervasoni.

El economista Martín Rapetti hizo uno de los tuits más comentados cuando señaló que el PBI per cápita del país de 2020 era casi el mismo que el de 1974, una tremenda síntesis del estancamiento que siguió a esa bisagra histórica, tanto política como económica. Santiago Poy agrega otro dato comparativo demoledor: hoy el salario real del país es un 30% más bajo que el de ese año. A lo que el sociólogo Juan Carlos Torre le sumó que entonces “solo el 4% de los hogares tenía un ingreso inferior al valor de la línea de pobreza, y en ese mismo año con un coeficiente Gini de 0,34, la distribución del ingreso estaba entre las más igualitarias de América Latina”. Está claro que el impacto de esta etapa ha sido decisivo porque inició un período de declive y de endeudamiento que comprometió severamente la transición democrática posterior.

El politólogo y exjefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina agrega un enfoque adicional al análisis de estas etapas: “Tanto el modelo agroexportador de principios del siglo XX como el de sustitución de importaciones que rigió hasta mediados de los 70 contaron con un gran nivel de consenso interno, duraron mucho tiempo y estuvieron en sintonía con las dinámicas globales de la época. Por eso fueron muy sólidos. Después de eso, ya no hubo consenso, solo oscilaciones, y por eso hoy la Argentina no sabe cuál es su modelo de desarrollo”.

El académico Roy Hora dedica un largo pero muy interesante párrafo de su libro de charlas con Pablo Gerchunoff a graficar ese largo proceso histórico que pasó de la ilusión de la Argentina ejemplar a la Argentina particular, como un caso de estudio especial de declinación. Refleja allí algo de frustración ante lo que luce como un retroceso insondable. “Si nos situamos a fines de la década de 1960 y volvemos la vista atrás, la trayectoria histórica argentina se nos presenta con más luces que sombras. Es, en líneas generales, la historia de una nación exitosa. Las grandes promesas surgidas con la euforia del Centenario no se habían hecho realidad, y tras la Gran Depresión el país fue perdiendo la capacidad de acortar distancias con el selecto club de las naciones verdaderamente ricas. Pero sus progresos eran palpables y nadie dudaba de que era, por lejos, el país más desarrollado de América Latina. Era el más alfabetizado y el de mayor esperanza de vida, el que tenía los salarios más altos y las tasas de desempleo más bajas; en fin, el que más lejos había llegado en la tarea de incorporar a las mayorías a los beneficios de la vida moderna, urbana, de consumo. Algunos de sus conflictos expresaban hondas divisiones políticas. Otros, en cambio, eran el producto de una sociedad dinámica y vibrante que, como otras tantas en el mundo desarrollado, estaba procesando los cambios sociales típicos de las décadas de prosperidad de posguerra. Si las calles estaban dominadas por la protesta de la juventud secundaria y universitaria era porque tenía una clase media de un tamaño inimaginable en Brasil, Colombia o México. Si había conflictos laborales era porque contaba con una organización sindical poderosa. La economía había crecido a lo largo de la década del 60 y, aun cuando no faltaban problemas, también había confianza en la capacidad de superarlos. Los argentinos de comienzos de los años 70 no podían imaginar que, en breve, el país entraría en un período de retroceso económico e involución social muy prolongado, del que todavía hoy no hemos logrado escapar. Este último medio siglo representa un cambio cualitativo respecto de lo anterior. Es difícil encontrar ejemplos de naciones que hayan retrocedido tanto”.

La tercera fase de la declinación, mucho más reciente, es la crisis de crecimiento que exhibió el país en los últimos doce años, un período que se inició en el segundo mandato de Cristina Kirchner, y siguió con Mauricio Macri y Alberto Fernández. Sin detenerse en los desvíos coyunturales (como la caída de 10 puntos del PBI durante la pandemia y la recuperación posterior), la Argentina parece haberse quedado definitivamente instalada en una meseta productiva, sin herramientas para elaborar alternativas. El fin del ciclo especial de las commodities de la primera década del siglo agotó los recursos del Estado y desarticuló un esquema que ya demostraba síntomas de fatiga. Un interesante trabajo que realizó la consultora Ecolatina comparó una serie de indicadores económicos entre mayo de 2011 y mayo de 2023, y los resultados son homogéneamente negativos. A valores constantes, el salario real privado es ahora un 86,8% de lo que fue doce años atrás; el salario mínimo retrocedió un 34%; la jubilación mínima (si se incluyen los bonos y adicionales) está igual que en 2011; la Asignación Universal por Hijo (AUH) está en un 16% menos; la pobreza pasó del 29,4% de la población al 42%, y la inflación anualizada, del 23,8% al 116,6%. Un retroceso en todos los frentes.

Si bien América Latina en su conjunto exhibió un freno durante la última década, lo hizo en un nivel menos pronunciado. Esta crisis de corto plazo es la que más impacta en la percepción de insatisfacción actual de la sociedad, que no logra identificar un nuevo “truco” –como el politólogo Luis Tonelli llama a la convertibilidad de los 90 y al modelo sojero de los 2000– para eludir el abordaje de los déficits más estructurales que se fueron acumulando a lo largo del último siglo.

No solo irrumpe en esta imagen de irresolución el estancamiento económico; también impactan los efectos de un proceso político novedoso en la historia democrática del país: nunca en un lapso tan acotado de tiempo se había acumulado una secuencia de frustraciones alternativas como en los últimos doce años. En ese período se produjo la fatiga del modelo kirchnerista, con sus secuelas económicas y sus causas de corrupción; la expectativa y el desencanto con el desembarco de Cambiemos en el poder de la mano de Mauricio Macri, y la ilusión efímera con la gestión de Alberto Fernández que, pandemia mediante, también se frustró tempranamente y quedó envuelto en internas desgastantes.

Todo en apenas doce años; un período demasiado breve que permite un alto nivel de recordación y una evaluación cognitiva que tiende a considerarla como un único proceso frustrante, que afecta el valor de la alternancia democrática como factor regenerador de expectativas. Por eso no sorprende que en una encuesta de las firmas Grupo de Opinión Pública y TresPuntoZero el 44,3% haya respondido en forma negativa cuando le preguntaron si votar a uno u otro partido podía modificar su situación económica. Es decir, cerca de la mitad de los consultados no identificó la herramienta electoral como un vehículo de cambio. No es casual que para la disputa electoral de 2023 los tres últimos presidentes se hayan automarginado tempranamente. Tampoco que por primera vez desde 1983 la Argentina experimente una secuencia de dos ciclos de gobierno cortos sin reelección (uno de Macri y otro de Fernández). La misma raíz tiene el magro desempeño de los oficialismos en las urnas: en los últimos doce años hubo cinco elecciones nacionales, entre presidenciales y legislativas de medio término, y en cuatro de ellas ganó la oposición (2013, 2015, 2019 y 2021, con la sola excepción de 2017). Una prueba evidente de la constante búsqueda insatisfecha de una sociedad desencantada.

El trabajo de Isonomía mencionado antes grafica cuantitativamente este desconcierto ante la pregunta: “¿Cuándo diría usted que comenzó la crisis actual que estamos viviendo?”. El 21% dijo que en 2008, con la pelea entre el kirchnerismo y el campo; el 19% en 2019, con la llegada de Alberto Fernández al poder; el 15% en 2020, con la pandemia, y el 14% en 2015, con la asunción de Mauricio Macri. En definitiva, la gran dispersión de respuestas parece reforzar la idea de que se trata de una crisis por acumulación. No hay consenso sobre su origen; solo sobre su significado actual. No es un episodio, es un estado de situación. Es un fenómeno de otra naturaleza.

Una reconstrucción histórica que hizo la consultora Poliarquía sobre el ánimo social es muy ilustrativa al respecto: en los últimos diez años el optimismo se impuso sobre el pesimismo solo entre mediados de 2015 y principios de 2016, en los meses finales de 2017 y efímeramente en el primer trimestre de 2020. Es decir que si se suman esos períodos, alcanzan apenas a un año de percepción positiva en una década. Un tango interminable, un loop constante que retrata una Argentina circular pero descendente.

☛ Título :La última encrucijada

☛ Autor: Jorge Liotti

☛ Editorial: Planeta

Datos del autor

Jorge Liotti (1969, Corrientes, Argentina) es licenciado en Periodismo de la Universidad del Salvador y máster en Estudios Internacionales de la Universidad de Birmingham (Gran Bretaña).

Es profesor e investigador en la Universidad Católica Argentina, donde ejerció como director de la Licenciatura en Periodismo. Es columnista y editor jefe de la sección Política del diario La Nación.

Previamente trabajó en el diario PERFIL y en la agencia de noticias DyN, además de escribir como corresponsal para los diarios La Repubblica (Italia) y El País (Colombia), y reportar para la radio SBS (Australia).