DOMINGO
Inseguridad: el temor tiene causas concretas

Una ‘sensación’ colectiva

En El sentimiento de inseguridad, Gabriel Kessler hace un recorrido histórico con el fin de reflexionar sobre una preocupación de vieja data. Entre algunos aspectos necesarios para el análisis, considera que vivir en barrios menos protegidos, de mayor vulnerabilidad social y, en especial, tener baja confianza en la policía son el origen de esa certeza de estar a merced de otras personas. Hablar de esta cuestión también es describr nuestra sociedad.

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Inseguridad: el temor tiene causas concretas. | ilustración: #joaquintemes

En la Argentina, la inseguridad se ha convertido en el centro de las preocupaciones públicas, ámbito en el que compite solo con la cuestión socioeconómica. Este tema de conversación habitual y de debate entre especialistas ha sido colocado en el tope de las demandas políticas y se revela omnipresente en los medios y asociado a un mercado de seguridad cada vez más sofisticado. Si uno se dejara guiar por la semblanza que trazan las encuestas recientes, debería concluir que, luego de la estabilización de la economía en 2004, el desasosiego generado por el delito superó por primera vez al provocado por el desempleo, y a partir de entonces siguió un curso en general ascendente. El movimiento que se produjo tras el secuestro y asesinato del joven Axel Blumberg hizo resurgir y congregar un primer núcleo de oposición y de movilización colectiva en el momento de mayor popularidad del por entonces presidente de la nación, Néstor Kirchner. Por otra parte, antes de las elecciones legislativas de junio de 2009, la preocupación por la inseguridad estaba emplazada como principal demanda y emergió también en los primeros sondeos realizados apenas fue electa presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Su irrupción no ha sido inesperada ni repentina: sosegados los temores de amenaza a la democracia, desde mediados de los años 80 la preocupación se ha ido expandiendo acompasadamente, penetrando en distintos sectores sociales y centros urbanos.

Tampoco es inédita: hubo otros períodos de inquietud frente al crimen en épocas pasadas. En este sentido, Lila Caimari ha señalado que en distintos momentos de los siglos XIX y XX el delito se ha imaginado en oposición a un pasado tranquilo en el que el temor era insignificante. Y, sobre todo, no se trataría de una excepcionalidad local: la preocupación es muy intensa en América Latina, en 2008 ha aparecido como el principal problema de la región y, con sus oscilaciones, en las dos últimas décadas ha estado presente en la mayoría de las regiones del planeta.

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Aunque la cuestión está instalada en el espacio público, no están definidas su legitimidad, su lógica ni sus consecuencias. (...)

A decir verdad, no es sorprendente que el sentimiento de inseguridad esté emplazado sólidamente. Hasta el presente se ha ido conjugando una serie de condiciones para que el tema emerja. Las tasas de delito se incrementaron dos veces y media desde mediados de los años 80. El sentimiento de inseguridad se conforma en gran medida en comparación con el pasado y, así las cosas, si los homicidios siguen siendo comparativamente bajos respecto de otros países de la región, han superado sus umbrales históricos. Es cierto que las muertes ocasionadas por el uso indebido de medicamentos son casi diez veces mayores que las producidas en ocasión de robo, que también son mayores las ocurridas en accidentes viales, y que las 5 mil o 6 mil muertes anuales por cardiopatías chagásicas serían evitables con la erradicación de la vinchuca, por citar tan solo algunos casos presentes en los medios en los últimos tiempos; sin embargo, se trata de temas de mucho menor impacto público. Lo que sucede es que las reacciones sociales que generan las distintas causas de muerte nunca han sido un reflejo de su magnitud ni resultado de una evaluación de las probabilidades de sufrirla o de un cálculo de riesgos; juicios morales, atribución de responsabilidades y huellas de temores pasados, entre otras cuestiones, hacen que algunas muertes resulten más insoportables que otras, y contribuyen a que algunos problemas públicos cobren notoriedad mientras que ciertas cuestiones, quizá más perjudiciales, ni siquiera se plantean. Tampoco han estado ausentes otros factores tradicionalmente correlacionados con el sentimiento de inseguridad, como la desconfianza y el temor a la policía, la violencia institucional y la insatisfacción con la Justicia. A su vez, todo el régimen de representación del delito en los medios ha ido cambiando: la inseguridad es una sección cotidiana en los noticieros; la profusión de imágenes, la cámara en el lugar del hecho, la actualización constante del delito en los diarios online van enhebrando una trama sin fin de situaciones, datos y noticias. La preocupación ya no parece ser solo de las grandes urbes; pequeñas y medianas ciudades ya no estarían al margen de lo que es calificado como un flagelo. La inseguridad ha pasado a ser un problema público nacional: cada lugar puede señalar sus “focos peligrosos”, amalgamando, de forma escandalosamente estigmatizadora en ciertos medios de comunicación, determinados asentamientos precarios con delincuencia.

En paralelo, el mercado de la seguridad, la vigilancia privada y el control electrónico, entre otros servicios, ha conocido un crecimiento exponencial y diversificado. Así, no es solo que el temor ha coadyuvado a que una parte de los estratos medios haya abandonado las ciudades para establecerse en urbanizaciones privadas, sino que el paisaje urbano mismo ha ido cambiando al dividirse entre zonas seguras e inseguras, lugares con resguardo y lugares desprotegidos, y se ha plagado de dispositivos, guardias privados y carteles de sitio vigilado que recuerdan a quien los observa que en el entorno acecha una amenaza. Causas indirectas que en otras latitudes se han relacionado con el crecimiento del temor al delito tampoco han estado ausentes en nuestro caso: el fin de ciertas certezas metanarrativas, la erosión del rol del Estado y, por supuesto, la crisis del mundo del trabajo y el incremento de la desigualdad social, diversos cambios en la vida cotidiana y en las relaciones de género.

En definitiva, ante el panorama que arrojan las tasas de delitos, los medios, el mercado de la seguridad, cabe preguntarse: ¿el sentimiento de inseguridad es la causa de una creciente demanda de discursos y servicios o es en parte efecto de tal despliegue? No es fácil dar una única respuesta contundente, pero sin duda se produce una configuración especial en la que cada elemento interactúa con los otros en una suerte de retroalimentación del sentimiento de inseguridad. (...)

Delito y ciudad aparecen asociados desde los comienzos de la modernidad. El crimen se ha considerado un mal de las ciudades, y a pesar de que investigaciones longitudinales históricas han cuestionado la relación entre crecimiento urbano y crimen,25 distintas teorías han utilizado algunas características de la vida urbana para explicar las causas del delito: contactos frecuentes, posibilidad de anonimato, hacinamiento, mayores oportunidades de delinquir por la cantidad de bienes y personas. Las perspectivas de corte económico también estudiaron las escalas necesarias para que ciertos mercados ilegales florecieran, como el de la droga, y concluyeron que estos solo pueden prosperar en la densidad urbana. (...)


El afianzamiento

de la ‘inseguridad’

 Una vez comenzada la recuperación económica, en 2003, la nueva fase que llega hasta el presente estará signada por la consolidación de la inseguridad como problema público central y sección fija en los medios. En 2004, algunas encuestas marcarían un hito simbólico: por primera vez la inseguridad ocupa el primer puesto entre los problemas nacionales, superando al desempleo. A partir de entonces, el temor y la preocupación por este tema seguirán en aumento y en cada encuesta será recurrente el pesimismo, al no vislumbrar avances significativos. En la televisión, varios noticieros nacionales abren sus emisiones con el “saldo de inseguridad” de la jornada; la cuestión alcanza a todas las secciones de los diarios –policiales, política, sociedad– y a menudo ocupa la portada. Se instala así el debate sobre si los medios “reflejan” lo que realmente sucede o más bien lo exageran. La pregunta es compleja puesto que encierra un ideal de transparencia mediática, una demanda de que la selección de noticias se guíe por su frecuencia estadística.


Distanciamiento y proximidad

El temor al delito no es privativo de ninguna clase social. Las tendencias no son muy definidas y cambian según el país y las ciudades. En la Argentina, los datos sugerirían que en la Ciudad de Buenos Aires sería más intenso en los estratos más desfavorecidos, mientras que en el conurbano bonaerense y en Mendoza no habría contrastes significativos. En los países centrales también las evidencias son dispares, aunque en conjunto se inclinan más por la hipótesis de que hay un mayor temor en los estratos más pobres. Esto se explicaría, sobre todo, por factores ambientales, como el hecho de vivir en barrios menos protegidos, la mayor vulnerabilidad social y, en especial, la baja confianza en la policía; por variables psicológicas, como la sensación de impotencia, de estar a merced de otras personas más poderosas, y una tendencia al fatalismo, y, por último, por razones económicas ligadas a la mayor dificultad de reponer lo eventualmente robado (...)

A la proximidad espacial se yuxtapone una historia de crisis social compartida. La inseguridad sería una de las secuelas de la alteración de la sociedad local como producto de la crisis, el desempleo o la pobreza, tal como la mayoría de los relatos sugiere. Los entrevistados han presenciado cómo ha sucedido esto de una generación a otra en una familia conocida; han visto “cómo empezó todo cuando el padre de los chicos perdió el trabajo”. Los sentimientos y juicios que suscitan, las regulaciones que se precisarían para disminuir el riesgo local, se inscriben en una trama de lazos locales perdurables y en una historia en común. La clase media tiene también una narrativa de la crisis, y aunque no duda en atribuirle el incremento del delito, no vislumbra un efecto similar al que parte de los sectores populares entrevistados describe en su categoría social; esto es, para los sectores medios, la crisis no originaría ningún tipo de conducta reprochable entre sus miembros. (...)

La inseguridad se edifica, en general, “de abajo hacia arriba”. Abundan los debates locales a partir de casos concretos y se discute sobre la propia comunidad: por qué alguien “se fue torciendo”, cuál fue el peso de los factores familiares, de la droga y de la falta de trabajo, si la solución es la presencia policial, la escuela o la religión. Se produce entonces un continuo pasaje entre distintas escalas: desde el caso concreto hasta su causa general, luego al impacto en todo el barrio y, más tarde, a las soluciones globales.

En contraposición, el distanciamiento favorece una mirada “de arriba hacia abajo”, una explicación que contempla procesos sociales o políticos casi sin referencias individuales. Pese a ello, ni la cercanía conlleva de por sí más miramientos ni el distanciamiento conduce automáticamente a posiciones punitivas.

La proximidad puede llevar a la condena moral, porque a pesar de las malas condiciones sociales comunes para todos, un argumento recurrente en el relato de la degradación moral es “mis hijos no roban”, o, por el contrario, se encuentran atenuantes, ya que “en el fondo no son malos chicos”, como se afirma a menudo en el relato de la crisis social. Junto al distanciamiento, es más habitual la duda sobre “quién está realmente detrás del delito”, la apelación a causas estructurales, su relación con la “inseguridad jurídica que viene desde arriba” o incluso la posición reaccionaria extrema de considerarlo “una forma actual de subversión”. La proximidad instala el tema del delito en el espacio público local. Un acontecimiento decisivo suelen ser los casos de muerte en el barrio, a menudo la de algún joven a manos de la policía o de un vecino. (...)


Género y formas del temor

Mientras que entre inseguridad y clase no hay tendencias definidas, los datos sobre un mayor temor femenino han sido una constante en todos los estudios y países. En cuanto a las cifras de un mayor temor en las mujeres, la Argentina no es la excepción. En todas las dimensiones del sentimiento de inseguridad el género marca una importante diferencia. Por ejemplo, con respecto al indicador tradicional, la opción “sentirse muy inseguro solo de noche” aglutinaba en 2005 a un 20% de los varones y un 42% de las mujeres en el Gran Buenos Aires, y al 17% contra el 36% en Mendoza, mientras que las tasas de victimización de ambos sexos eran similares o aun mayores entre los hombres. Si bien las diferencias en la consideración de la inseguridad como un problema importante no eran muy significativas en la Ciudad de Buenos Aires en 2007, en todos los casos el temor de las mujeres era superior al de los hombres con respecto a los delitos específicos según el índice presentado en el capítulo 2.82. A su vez, al examinar los determinantes del temor, luego de la presión ecológica, o sea, vivir en un barrio con más delitos, el género era la variable con un mayor peso explicativo. Por el contrario, se observaba paridad en las acciones defensivas, individuales y colectivas. (...) Al preguntar por distintos tipos de delitos, ha encontrado que las mujeres eran más temerosas solo en aquellos casos donde estaba implícito el riesgo de sufrir un ataque sexual, mientras que en otros el temor era similar en ambos sexos.

Hemos puesto a prueba esta hipótesis en el caso de la ciudad de Buenos Aires y se ha verificado, ya que el temor femenino es mayor en toda una serie de delitos que podría implicar este tipo de amenaza (robo en el hogar, arrebato en la calle) e igual al de los hombres en el caso de la sustracción de un vehículo dejado en la calle.


Los comerciantes y la gestión de la inseguridad

Los comerciantes presentan un caso particular de gestión de la inseguridad. Cada tipo de trabajo precisa de un aprendizaje emocional específico. Alguien que ocupa una posición subordinada en cualquier área debe tener autocontrol sobre las emociones negativas que le infunden sus jefes inmediatos si quiere conservar el puesto. (...) En cuanto a la inseguridad, algunas ocupaciones requieren una mayor decodificación de signos amenazantes, como el caso de ciertos comercios que han sido objeto de distintos robos. Esto modifica las formas clásicas del intercambio comercial: una interacción entre dos individuos anónimos, donde la confianza requerida se limita a la buena fe sobre la mercadería entregada o la capacidad de pago del comprador, se convierte en otro tipo de escena, que exige mayor información sobre la identidad de la contraparte para evitar riesgos.