Que la Argentina, sus gobernantes y administraciones económicas en general (ni hablar de sus
habitantes), tiene una aptitud sorprendente para las crisis es tan cierto como que la economía
tiene ciclos y contraciclos.
Si alguien despertara hoy, después de un largo sueño iniciado en diciembre de 2001 o
principios de 2002, le costaría creer que la realidad es lo que es y no lo que la lógica podía
proyectar hace poco menos de cinco años.
Este juego de contrastes se verifica en distintos períodos de la historia reciente del país
que tantas veces mataron y tantas veces revivió.
¿Por qué entonces no pensar que el problema no está en la dificultad sino en las causas que
la originan y que la raíz de esta historia pendular no está en los momentos críticos sino en los de
bonanza?
Para no confundir: las crisis no tienen la culpa. La culpa la tiene el crecimiento. El
problema no es cómo se manejan los tiempos críticos sino qué se hace y se deja de hacer en los
momentos con viento de cola, cuando el escenario internacional favorece y los ciclos económicos
empujan las potencialidades.
El tema no pasa sólo por medidas monetarias o modelos productivos sino por la actitud, por
cómo se gestiona. Más aún, en las buenas épocas, muchas veces es el propio escenario regional y
mundial el que hace gran parte del trabajo. Como cuando uno se hunde y sólo necesita aguantar la
respiración, aflojar el cuerpo y dejar que la corriente lo devuelta a la superficie, a la ínea de
flotación.
Algo debe haber para que exista tanta capacidad de producir bomberos, de moverse con toda
naturalidad entre las llamas apagando incendios. El problema es que hacen los bomberos cuando nada
se quema. ¿Se hace prevención, se construye, o sólo se espera hasta el próximo incendio?
En cualquier actividad, la habilidad exenta de inteligencia y método se parece más a una
destreza circense que a una capacidad real y más perenne.
Más allá de que cada administración siempre tuvo y tiene una parte de la biblioteca, desde
Adam Smith a Keynes, que la justifique, les ha pasado a todos, o casi todos.
Ocurrió en los ¹80, cuando la crisis empujaba y Sourrouille y cía. sacaron del botiquín de
primeros auxilios el Plan Austral, que se agotó en sí mismo y se fue desgajando hasta derivar en la
hiper. Le pasó a Cavallo y cía. en los ¹90, cuando aún sabiendo que la magia de la Convertibilidad
tenía vida finita, se prefirió la ficción de sus beneficios temporarios antes que el sacrificio de
construir un camino más sustentable. Podría decirse que no pasó lo mismo en los breves tiempos de
De la Rúa quien, como se sabe, no tuvo a su favor a él mismo ni a la merluza.
Se podría seguir hacia atrás en la historia. A todos les resulta tentador aferrarse a las
estadísticas que, como magníficamente explica en su columna Juan Carlos de Pablo, pueden ser datos
de la realidad pero no necesariamente son la realidad misma. Se prefiere la foto, lo que da rédito
hoy, y no el mediano y largo plazo.
Si no se asume que lo que sirvió hasta hoy puede no servir mañana o pasado, si no se prevé
que la actualidad es cambiante y dinámica y que hay que ser arquitecto y no bombero para cambiar la
realidad, se corre el riesgo de que sea la realidad la que nos cambie.
Entonces, no alcanzará con echarle la culpa al Tequila, a Rusia, Indonesia o quién sea. Una
vez más, el futuro nos encontraría escribiendo el manual de excusas y recortando gastos en café y
fotocopias.
El problema no es cómo se manejan los tiempos críticos sino qué se hace y se deja de hacer
cuando hay viento de cola.