lunes 26 de septiembre de 2022

Una semana de negociación política con el Fondo Monetario Internacional

Hace medio siglo, las autoridades de entonces en Argentina estaban enfrascadas en una historia que luego se haría muy repetida: negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI). El gobierno, encabezado por el dictador Alejandro Lanusse, estaba muy interesado en una rápida resolución de la tratativas para nuevas condiciones del acuerdo con el Fondo y para destrabar préstamos de la banca privada, y para ello decidió apostar a una gestión más política que económica. Así fue que despachó a Washington y Nueva York una comitiva de altos funcionarios en una misión que combinó desde Nixon a Alejandro Orfila, pasando por Kissinger, Rockefeller y el gobernador texano que había estado junto a Kennedy cuando lo asesinaron, todos bajo la imponente sombra que hacía Juan Domingo Perón desde España. El autor de este artículo observó las idas y venidas de esta misión en primera línea y aquí comparte algunos de sus más interesantes detalles.

10-09-2022 23:55

Desde hace décadas, la Argentina insiste en buscar salvatajes del FMI. A veces es más fácil hacerlo a través de gestiones políticas que económicas, y esta fue una de ellas. Hay que tener en cuenta que la cantidad requerida en aquella oportunidad, que hoy pareciera muy modesta, no lo era hace cincuenta años.

El 2 de febrero de 1972, el entonces ministro de Justicia argentino, Ismael Bruno Quijano, viajó a la ciudad de Washington por disposición del presidente de facto, el general Alejandro Lanusse, con la misión de intentar destrabar varias gestiones de diversa índole efectuadas ante los organismos internacionales, como el Banco Mundial y el FMI, más la banca privada, además del otorgamiento de un crédito por parte del Fondo, por la suma de 1.000 millones de dólares (suma que hoy sería equivalente a unos 7.100 millones), ya que tales tratativas no habían tenido hasta el momento éxito alguno. La delegación encabezada por el entonces presidente del Banco Central, Carlos S. Brignone, había tenido que dejar Washington DC rumbo a Europa, previo paso por Nueva York, sin haber logrado modificar dicha situación de estancamiento. 

La respuesta de Orfila fue inmediata y su colaboración amplísima, generosa y eficaz. Sus contactos, vitales

Así las cosas, y con buen criterio, Lanusse comprendió que agotadas las gestiones económicas, había que intentar la vía política, por lo cual designó a quién consideraba el operador más adecuado para el caso. (De paso, Quijano también debía lograr que se produjera la conversación telefónica que Lanusse había pedido tener con el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, y sobre la cual tampoco había noticias).  

En ese entonces, quien esto escribe era consejero del Servicio Exterior, parte del gabinete del canciller Luis María de Pablo Pardo como asesor de prensa. Pero, atendiendo a un especial pedido de Quijano, había sido incorporado temporalmente como asesor a su propio gabinete, lo que me permitió, en tal carácter, ser su único acompañante en dicha misión.

Dadas las últimas dificultades que hemos venido teniendo en las negociaciones con el FMI, más allá de las diferencias en cuanto a las  circunstancias que median entre la situación económico-financiera de nuestro país en 1972 y la actual, cincuenta años después, consideré que no dejaría de ser interesante e instructivo describir una gestión de tal naturaleza.

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FOTO: Biblioteca del Congreso.

 

Es que a través de ella queda claramente demostrado que, cualesquiera sean los datos de carácter económico y financiero que puedan ser invocados por los funcionarios de los organismos internacionales de crédito para trabar una negociación, es insoslayable -como prioridad absoluta- plantear ante el gobierno de Estados Unidos los fundamentos políticos de la tratativa que se esté llevando a cabo con tales instituciones, porque es totalmente absurdo pretender ignorar el grado de influencia de Washington en sus decisiones, tomadas la mayoría de las veces con un total desconocimiento -cuando no indiferencia- de las situaciones de los países sobre los cuales ellas recaen.  

A tal efecto, me voy a permitir describir -aún resumidamente- todos los pasos de lo que fue aquella gestión llevada a cabo por Quijano. 

Gestiones en Washington D.C. y en Nueva York

Jueves 3 de febrero - 17 horas

Quijano entrevistó al entonces subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental (el encargado de los temas latinoamericanos en el ministerio de Exteriores norteamericano), Charles Meyer, en compañía del embajador Carlos Manuel Muñiz, que llevaba muy poco tiempo en la ciudad de Washington, lo que motivó que Lanusse, para evitar su desgaste apenas iniciada su misión, no lo hiciera jugar en este asunto un papel principal sino el de un acompañamiento personal y logístico, no menos importante, pero sí menos riesgoso para el caso de un eventual fracaso.

Asistió también a esa reunión el jefe de la oficina para Argentina, Paraguay y Uruguay del Departamento de Estado, William Stedman. Meyer, por su parte,  recibió a Quijano con singular cortesía, preguntándole por Lanusse y  recordando con afecto su estada en Buenos Aires durante la misión Finch.

En primer término, de modo claro, categórico y enérgico, Quijano les manifestó en tono de formal protesta el desagrado del gobierno argentino por la demora de la Casa Blanca en responder al pedido de comunicación telefónica entre Lanusse y Nixon. Y ya en un tono más personal, le dijo a Meyer que no podía concebir una demora de cinco días para dar a conocer una respuesta, sobre todo, estando él de por medio, ya que había efectuado manifestaciones de inequívoca amistad a funcionarios argentinos, entre los cuales él mismo se contaba.

Biblioteca del congreso 20220910
FOTO: Biblioteca del Congreso.

 

Meyer se disculpó en el tono y en la forma más satisfactoria, aduciendo no haber podido estar directamente en el manejo de este asunto, por cuanto durante esos días había tenido que ausentarse de Washington DC en varias oportunidades.

Durante la reunión fue notorio que Stedman estaba visiblemente preocupado, lo cual nos hizo suponer que debió ser uno de los funcionarios que demoró el trámite de la gestión, tal vez por alguna falla de nivel.

Seguidamente, y a modo de contraposición, Quijano hizo referencia a la inmediata atención por parte de Lanusse al pedido de Nixon para que la Argentina acompañara con su voto en la ONU a la posición norteamericana en el problema de China. Dicho esto, y sin solución de continuidad, Quijano enmcarcó la conversación en el tema de fondo, que era confirmar el esquema de solución política tendiente a la institucionalización del país y a otorgar continuidad a dicho proceso.

Ya dentro de ese contexto, y sin más, Quijano solicitó el urgente apoyo de los funcionarios norteamericanos ante los organismos internacionales y la banca privada, para que facilitaran las gestiones comenzadas por el presidente del Banco Central. Precisamente, Brignone ya le había hecho saber a Quijano que los funcionarios estadounidenses también se oponían al paquete de medidas económico-financieras adoptadas por el gobierno argentino y que, además, no auspiciaban el plan de créditos solicitados.

Sobre este punto, Quijano volvió a recalcarle a Meyer la contraposición de las dos actitudes: por un lado nuestra firme decisión de colaborar con el gobierno de Estados Unidos y, por el otro, la oposición de los funcionarios norteamericanos ante los organismos internacionales a nuestro paquete de medidas y al plan crediticio. 
Meyer -evidentemente molesto por la situación- le prometió tomar personal e inmediata intervención en cuanto a la llamada telefónica y al apoyo de los funcionarios norteamericanos, expresándole sus disculpas en forma amplia.
Antes de la entrevista con Meyer, el embajador Muñiz le había informado a Quijano que sabía del pedido de comunicación telefónica, pero que no había intervenido para evitarse problemas con los funcionarios del Departamento de Estado, toda vez que no se le había solicitado dicha gestión. Entonces, y no obstante esto último, Quijano le pidió a Muñiz que interviniera directa y urgentemente, a fin de salvar la situación. Muñiz contestó que lo haría de inmediato, y que incluso, llegado el caso, plantearía como señal de protesta la posibilidad de su alejamiento de Washington D.C.

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CAPITAL. Washington, sede del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. FOTO: Biblioteca del Congreso.

 

Eso me recordó la historia de la enorme sorpresa que se llevó el secretario de Estado norteamericano John Foster Dulles cuando nuestro embajador en Washington entre junio de 1958 y setiembre de 1959, César Barros Hurtado, lo amenazó con su renuncia porque, citado para una audiencia, llevaba quince minutos esperándolo.
Ante la insólita amenaza, Dulles, que era un duro, salió inmediatamente de su despacho para recibirlo y pedirle disculpas. A veces, el surrealismo latinoamericano daba resultados.

Volviendo a 1972 y frente a la situación planteada, Quijano decidió recurrir a todos los medios a su alcance a fin de sacudir la burocracia del Departamento de Estado y conseguir los objetivos propuestos. Fue entonces, cuando yo le aconsejé que tomáramos contacto con nuestro amigo Alejandro Orfila, que seguía viviendo en Washington, por su predicamento en los círculos de poder en la capital norteamericana.  

La respuesta de Orfila fue inmediata y su colaboración amplísima, generosa y eficaz. Ese mismo jueves por la noche llamó a su amigo Herbert Brownell (ex fiscal general -o ministro de Justicia- de Dwight “Ike” Eisenhower y muy amigo de Nixon) y por el mismo conducto nos hizo saber que la Casa Blanca no tenía registrado ningún pedido de comunicación telefónica. Así era que Nixon ignoraba por completo tal petición (¡!). En todos lados se cocinan habas.

Viernes 4 de febrero - 11 horas

Nuevamente vía Orfila -a través de su amigo Brownell- nos informamos también de que el embajador de Estados Unidos en Argentina, John Lodge, transmitió el pedido de comunicación telefónica, pero con la recomendación de ser estudiado: es decir que no lo apoyó directamente y dejó la responsabilidad de la decisión a cargo del Departamento de Estado.

A las 11 de la mañana, Quijano se entrevistó con su colega, el fiscal general John Mitchell, acompañado por el embajador Muñiz. En dicha reunión, nuestro ministro desarrolló  el esquema político en términos parecidos a los que utilizó con Meyer, demostrándose Mitchell muy interesado en el proceso (tema Perón e institucionalización democrática). 

Asimismo le entregó copia del decreto creando la comisión encargada de planificar la lucha contra los narcóticos y le adelantó que estábamos estudiando una ley federal de represión en la materia, similar a la de Estados Unidos, ofreciéndole constituir una comité binacional con sede en Buenos Aires para asesoramiento de ambos gobiernos sobre el tráfico internacional de drogas. 

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NIXON. A través de Kissinger, buscó poner a la Argentina en el lugar que pretendía.

 

Me permito recordarle al  lector que estamos hablando de este tema en 1972, cincuenta años atrás.
Mitchell recibió con gran interés todos los temas tratados, sobre todo el de la comisión mixta, adelantándole a Quijano que ya se había solicitado una cosa semejante al Departamento de Estado. 

Como Mitchell, además de amigo personal de Nixon fue el “manager” de su campaña presidencial de 1968 y pensaba renunciar prontamente a sus funciones para encargarse de la nueva que se perfilaba con la llegada de las elecciones de noviembre de 1972, Quijano decidió ahondar el tema del esquema político y le manifestó la preocupación de que hasta ese momento no se hubiera evidenciado la buena voluntad del gobierno norteamericano hacia la Argentina. 

Tampoco, apuntó además el ministro argentino de Justicia, se había cumplido lo establecido en las conversaciones que mantuvo en setiembre de 1971 con Henry Kissinger, quien le había prometido la más amplia ayuda. Y como síntoma de esta actitud de indiferencia por parte del gobierno de Estados Unidos, Quijano le remarcó lo del silencio de la Casa Blanca ante el pedido de comunicación telefónica. 

Mitchell reaccionó de inmediato y le manifestó que enseguida se comunicaría con Nixon. Poco rato después, se recibió en nuestra embajada la confirmación de que la llamada entre los dos presidentes quedaba concertada para el día lunes a las 15 horas. 

También minutos después, de la secretaría de Kissinger nos hicieron saber que, por razones críticas y de último momento, el consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca debía trasladarse a Florida, convocado por su presidente. Sabiendo que estaba programado que Quijano dejara Estados Unidos con la misión Brignone el día sábado, se le ofrecía hablar con el general Alejandro Haig, segundo de Kissinger. 

(En ese momento no podíamos imaginarnos que, un día, Haig sería secretario de Estado y, además, justamente durante la crisis de Malvinas).

Quijano hizo comunicar a la secretaría de Kissinger que, como iba a permanecer en Washington hasta el martes o miércoles, aguardaría su vuelta para entrevistarse: ya había hablado con el consejero de Nixon en 1971 en muy buenos términos de entendimiento mutuo, por lo cual -y con toda razón- no quería tener un interlocutor que no fuera Kissinger.

Ese mismo viernes por la tarde, a pedido del presidente del Eximbank, Henry Kearns, Quijano lo visitó en compañía de Muñiz. Kearns manifestó su preocupación por la suerte que correrían los créditos del Eximbank contra Swift. Por su parte, Quijano le explicó  detalladamente cuál era la situación legal de la empresa y las diversas alternativas que tendrían los créditos de acuerdo con las resoluciones judiciales que se tomarían en definitiva.

Connally era ganadero y lo tentaron con una visita a la Argentina, adonde ya había estado, recoriendo Mendoza

También le garantizó a Kearns que el gobierno argentino era absolutamente prescindente en cuanto a las decisiones judiciales y que, por otra parte, no estaba dentro de su política económica la idea de estatizar empresas. Kearns se mostró satisfecho y ofreció firmar un convenio por 100 millones de dólares esa misma tarde. Además, le manifestó a Quijano que era el deseo de Estados Unidos prestar todo su apoyo al gobierno argentino.

Ya en ese momento se advertía que los mecanismos de decisión del gobierno norteamericano habían comenzado a funcionar en nuestro favor. Y ese mismo viernes por la tarde, a última hora, se le informó a Brignone, todavía en Nueva York, que el Fondo Monetario había otorgado “luz verde” con el apoyo de los representantes norteamericanos ante ese organismo.

El sábado 5, Quijano le solicitó a Orfila que asegurase para el lunes la reunión con Kissinger. El futuro secretario general de la OEA contactó a su amigo William Safire, asistente administrativo de Nixon, quien se aseguró de realizar los trámites para que la entrevista con Kissinger no se demorara. 

A Quijano le interesaba apurar la entrevista a efectos de apoyar la gestión que el lunes mismo debía realizar la misión argentina presidida por Brignone ante los bancos privados en Nueva York, antes de partir a Europa.

Lunes 7 de febrero - 17: 30 horas

Quijano entrevistó a Kissinger, acompañado por Muñiz. El norteamericano le pidió disculpas por la demora en fijar la audiencia, explicando  que estaban abrumados de trabajo por el viaje de Nixon a China, y que el viernes anterior - el día para el cual estaba programada la reunión- había tenido que viajar a Florida llamado urgentemente por el presidente, lo cual era exactamente así. 

La reunión fue extremadamente cordial, como deseando disimular la postergación ocurrida. Lo que nos causó gracia, sin dejar de sorprendernos, fue que Kissinger, creyendo -o simulando que creía- que Quijano se había reunido con el secretario de Estado, le preguntó cuánto tiempo había perdido con él. Tal era la pobrísima opinión que tenía sobre William Pierce Rogers y no le importaba hacerla pública entre propios o extraños. Claro está que poco después dejaría su puesto de consejero de Seguridad Nacional para reemplazarlo.  

Quijano le agradeció en primer lugar el apoyo que ya había comenzado a prestarse por parte de su gobierno. Seguidamente le reiteró la firme voluntad de proseguir con el esquema político que le había explicado en el mes de septiembre de 1971, para lo cual se habían iniciado conversaciones con el gobierno de Francisco Franco a través del general Sánchez de Bustamante, y le informó que estas conversaciones proseguirían a un nivel adecuado para conseguir un “estatus” en la situación del ex presidente Perón.  

También le solicitó su apoyo ante los bancos privados, a lo cual Kissinger le contestó que de inmediato se pondría en contacto con el secretario del Tesoro, John Connally, para que se brindara el soporte solicitado. (Connally fue el gobernador de Texas que acompañaba a Kennedy en la limusina cuando se produjo su asesinato). 

Kissinger ratificó además el deseo de Washington de que se institucionalizara democráticamente en el país la llamada “Revolución Argentina” estableciendo un gobierno de orden y progreso que le hiciera cumplir el papel que le correspondía en el continente. También manifestó su interés de que Buenos Aires pudiera ser intermediario entre Estados Unidos y los gobiernos de Chile y Perú. Por último expresó su agradecimiento por la posición de Argentina en el asunto de China, reiterándole a Quijano el interés estadounidense de que nuestro país fuese un “key country” en el equilibrio de poderes en América. 

Finalmente, le solicitó mantenerse en contacto personal y que se comunicara con él ante cualquier problema, estableciendo como nuevo intermediario a su asistente para América Latina, Ashley Hewitt.

Quijano le regaló  en nombre del gobierno argentino un poncho de vicuña que Kissinger agradeció vivamente, pidiéndole que le enseñara cómo se usaba, y en el acto se lo puso. 

El mismo día por la tarde, Quijano brindó una conferencia de prensa en nuestra embajada y dio lectura a un comunicado conjunto. Asimismo, y atento a lo que había dicho Kissinger, se consideró conveniente tomar contacto con Connally, a fin de instar al Departamento del Tesoro a apoyar a la misión ante los bancos privados en Nueva York. 

Tal entrevista fue gestionada por Orfila a través de un amigo suyo, un juez federal muy amigo a su vez de Connally.

Martes 8 de febrero:

En horas de la mañana, Quijano habló por teléfono con los más altos ejecutivos del First National City Bank para concertar con ellos una reunión en Nueva York. Se le informó que, el lunes por la noche, Connally ya había comunicado telefónicamente con David Rockefeller, presidente del Chase Manhattan Bank, en su residencia particular, para solicitar su apoyo a la gestión argentina. Es decir que Kissinger ya se había manifestado y que los niveles de decisión del gobierno norteamericano habían entrado a funcionar en forma rápida y eficaz.

En la tarde, Quijano ya tenía concertada una entrevista con el secretario del Tesoro para el día miércoles a las 9:30 horas.

Miércoles 9 de febrero:

A las 9:30 tuvo efectivamente lugar la entrevista con Connally. En esta oportunidad, Quijano no fue acompañado por el embajador, ya que Muñíz tuvo que ausentarse de Washington para estar presente en otra ciudad con motivo de la entrega de unas fragatas a nuestra Marina de Guerra.

La entrevista con Connally tuvo un tono marcadamente cordial. En primer lugar, Quijano le agradeció su apoyo haciéndole conocer que sabía de su gestión ante Rockefeller. Y luego le aseguró la decisión del gobierno argentino de hacer efectivo el proceso de institucionalización democrática del país. Después de escucharlo con suma atención, Connally le expresó su preocupación por la posible peronización de este proceso y por la gravitación de Perón en el mismo. Al respecto, Quijano le dijo que no había peligro de que ello ocurriera (¡!) pues el gobierno estaba tomando los recaudos necesarios para evitarlo (gestiones ante Franco). 

Pero los temores de  Connally estaban referidos fundamentalmente a eventuales procesos de estatización de empresas y al tratamiento a capitales extranjeros. De inmediato, el secretario del Tesoro contó que en la tarde del día anterior había estado conversando con Nixon sobre la Argentina, recordando la estupenda situación de nuestro país hasta la Segunda Guerra Mundial, comparable a la de Italia, y la dificultad de entender qué había ocurrido luego para que nuestro país se paralizara en su progreso y dejara de crecer con el ritmo que todos esperaban.

En tal sentido, Quijano le aseguró que estábamos empeñados en la recuperación total de nuestra potencialidad, y le hizo saber de  nuestra convicción acerca del muy importante rol que nuestro país debía jugar en América Latina como asociado a Estados Unidos, complementario y por ende distinto al de Brasil. Al mismo tiempo, le remarcó que nuestra posición continental no implicaba rivalidad alguna con la de Brasil, dadas las características totalmente distintas de ambos países.

Connally comprendió nuestra  posición y expresó su coincidencia con la misma. Seguidamente manifestó su esperanza y confianza, como también la de Nixon, de que la Argentina lograse todos los objetivos expuestos, no sólo por su propio bien, sino además, en beneficio de América Latina e incluso del propio Estados Unidos. Luego, la conversación cobró un tono muy afectuoso por la expresión de Connally acerca de sus particulares sentimientos por la Argentina, como hombre de campo y criador de ganado. Habló con cariño de una visita que hiciera a Mendoza y expresó su deseo de volver para visitar establecimientos ganaderos, ya que sentía gran admiración por los logros de nuestro país en dicho ámbito.

La entrevista concluyó con la invitación de Quijano a Connally, en nombre del gobierno argentino, a visitar nuestro país, para poder así cumplir  sus deseos. 

Ya en Nueva York, terminadas todas las entrevistas, Quijano recibió en el Metropolitan Club un llamado de Aristóteles Onassis, de quién era abogado, para invitarlo a su isla Skorpios, poniendo para ello un avión a su disposición, pero nuestro ministro agradeció y declinó la invitación porque quería volver inmediatamente a Buenos Aires y poner en autos de todo lo actuado al presidente Lanusse.

*Periodista, escritor y diplomático