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ELOBSERVADOR / bots y trolls inofensivos
domingo 15 septiembre, 2019

En las redes (por ahora) los villanos siguen siendo humanos

Se habla mucho del poder de big data y de las campañas de desinformación para transformar las acciones de los electores antes de las elecciones. Sin embargo, los números y algunas experiencias demuestran que su poder sigue siendo relativo.

Diego Corbalán

REDES. Tanto Mauricio Macri como Donald Trump las usaron y usan intensamente. Para opinar, promover acciones y también para movilizar. Foto: CEDOC.
domingo 15 septiembre, 2019

Hay una suerte de deseo velado entre nosotros, los humanos, de querer responsabilizar a las máquinas por gran parte de lo malo que nos sucede. Lo que no comprendemos es que nosotros somos quienes las creamos y les damos autonomía. En el fondo de este razonamiento siempre estamos los humanos. Sí, siempre. Por ejemplo, los robots virtuales de las redes sociales, los bots, están diseñado por humanos. Ellos (por ahora) trabajan para nosotros. O, mejor dicho: cumplen tareas para aquellos que los crearon y programaron para fines particulares.

Ricos por las fakes. El caso de Macedonia muestra el rostro más humano de lo que para muchos fue un supuesto caso de manipulación robótica de humanos. Hace tres años, en 2016, un pueblo muy lejano de ese país tuvo niveles de ingresos por trabajador mucho más elevados que la media histórica, con haberes que llenaron los bolsillos de cientos de jóvenes del lugar. Se trata de Veles, ubicado en el corazón de Macedonia del Norte, sobre el río Vardar. Con poco más de 55 mil habitantes, su nombre se debe al dios eslavo de la tierra, las aguas, los bosques y la fertilidad.

En pleno siglo XXI, Veles puso toda su historia y su mística al servicio de las fake news. Y mirando hacia los Estados Unidos. En 2016, una investigación de la BBC posó su interés en esa ciudad, como epicentro de la generación de falsas noticias. Ese contenido estaba abasteciendo a sitios de noticias de los Estados Unidos.

Por entonces, un tal Donald Trump quería ser presidente de su país. Lo logró, y dicen que la proliferación de noticias falsas contribuyó y mucho a esa victoria. Sin embargo, en Veles no hubo sofisticadas máquinas reales ni virtuales. Sí hubo una oferta laboral que llegó a ese pueblo macedonio y que tentó a centenares de jóvenes y adolescentes. La propuesta fue más que interesante. Solo había que escribir historias increíbles, llenas de condimentos atractivos a los ojos de los votantes de la derecha norteamericana. Por entonces, trascendió que la paga por la redacción de falsas noticias era muy generosa. Se ofrecían unos 1.800 euros al mes, en un pueblo en donde el salario promedio no supera los 350 euros.

Las manos de los jóvenes de Veles dieron forma a un entramado de noticias basadas en la fantasía propia, con fines políticos. Una creatividad orientada por los contratistas, supuestamente rusos, que pidieron ficción de lo más real posible para convencer a millones de votantes de los Estados Unidos, para que apoyen a Trump.

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¡Manos arriba! El caso de Cambridge Analytica resulta central para entender la manipulación política, a partir de decisiones humanas en las redes. En el documental Nada es privado, de Netflix, se puede observar el largo recorrido de un negocio ilegal. Se trató sin más que de la manipulación de la opinión política de millones de estadounidenses. Para ello, Cambridge Analytica se valió de información privilegiada de Facebook, violatoria de los derechos de sus usuarios.

Accedieron a información procesada que permitía inferir la condición de “indeciso” del votante. Sin embargo, los usuarios de Facebook que fueron analizados no sabían del asunto. Cambridge Analytica, sí. Y obtuvo registros para construir una base de datos de “convencibles”, a quienes se sedujo políticamente para que voten por Donald Trump. Un delito, a todas luces. Y cometido por humanos.

Soldados digitales. Todo lo relatado más arriba compone el marco para entender parte del mundo de la manipulación política, en las redes sociales y en la Web. Pero hay mucho más allá o más acá de esa sofisticada manipulación de datos. Los trolls y los bots son una buena muestra de esos métodos. Ellos trabajan para la influencia política o, en el peor de los casos, para la manipulación del diálogo político.

¿Cómo lo hacen? Instalando discusiones con fines propositivos o destructivos. Potencian logros de gobierno o las miserias de sus rivales; o viceversa. Y para ello, la política se vale de ejércitos de perfiles reales o ficticios en redes sociales. Desde ellos, se propagan mensajes de todo tipo, con fines muy variados. El escenario en el que se suelen desplegar estas estrategias es Twitter. Pero en Facebook e Instagram también se despliegan estas “operetas” digitales. Muchas veces es muy grande la cantidad de cuentas que “trabajan” para una causa. Se las puede contar de a cientos o de a miles. Y operan desde verdaderos o virtuales “call centers”. Todos escribiendo y dialogando con un fin determinado, con un discurso previamente acordado. Esto lo hacen especialmente los conocidos y temidos trolls.

La gran pregunta es qué eficacia tienen para torcer a su favor un debate cualquiera. Es difícil dar una respuesta precisa, aunque el resultado casi siempre beneficia a quien pone en marcha la acción. Esto se debe a que, cuanto más se propague un mensaje, mejores resultados se obtendrán. Lo importante es que lo transmitido se conozca. La única frontera a no traspasar es la de caer en lo evidente, que se note el truco de la operación.

La era de los bots. Más allá de los trolls a sueldo por causas de todo pelaje, hay otros soldados que también tienen protagonismo.Son los bots. Aunque no lo hayamos notado, estamos viviendo en la era de ellos, porque existen desde que hay computadoras, especialmente a partir de internet. Esto implica que los bots, verdaderos robots virtuales, pasen a ser servidores digitales claves para múltiples funciones.

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Y, como en la vida de los humanos, los hay buenos y malos. Entre los buenos, por ejemplo, encontramos los que compilan información cada vez que hacemos una consulta en un buscador Web. En la lista de los malos tenemos a los que indagan en nuestros datos personales, con el fin de apropiarse de información que consideran valiosa. A los bots se los programa para realizar tareas repetitivas que serían aburridas o agobiantes para un ser humano.

En el caso de las redes sociales, por ejemplo, se usan para inflar artificialmente la lista de seguidores de usuarios reales. También se los está utilizando cada vez más para dialogar con humanos, simulando ser uno de nosotros. Hasta hay empresas que promocionan estos sistemas como verdaderas joyas futuristas usadas en el presente.

Los bots, después de todo, están al servicio de los humanos con fines variados.

Un buen antídoto contra los bots consiste en rastrear si las publicaciones que emite son similares a las de otras cuentas. En algunos casos, simplemente replican publicaciones de determinados usuarios. Otros métodos de detección de estos robots virtuales son mediante la identificación de su fecha de creación, la presencia de abundantes números y letras en su nombre o la ausencia de una foto de perfil.

De todos modos, estos filtros pueden fallar en el reconocimiento. Un método complementario y muy eficiente es la geolocalización. Esta permite filtrar gran parte de las cuentas en redes sociales que no dejan ver su ubicación geográfica. También existen programas gratuitos para poder detectar bots, como el caso de Botomer, desarrollado por la University Network Science Institute de Indiana, Estados Unidos.

* Periodista, junto al equipo Scidata.


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