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sábado 19 octubre, 2019

Gerda Taro, la verdadera historia de la mujer invisibilizada detrás del nombre Robert Capa

Fue la primera fotógrafa de guerra que murió en un campo de batalla. Ella junto a su pareja, el fotógrafo André Friedman, habían creado este seudónimo para vender las fotos más fácilmente.

por Agustina Grasso

Mujeres. Muchas de las fotos más célebres firmadas como Robert Capa son de Gerda Taro. Helana Janeczek fue la responsable de rescatar su curiosa biogragía e historia. Foto: agustina grasso / cedoc

Robert Capa es uno de los nombres con más prestigio dentro del mundo de la fotografía de guerra. En el imaginario, se lo suele asociar a un reconocido fotorreportero. Pero la verdadera historia es acorde a la invisibilización que las mujeres venimos padeciendo desde hace años. La realidad es que ese nombre es ficticio, y detrás de la leyenda hay una mujer poderosa oculta. Gerda Taro, primera fotógrafa de guerra en la historia que murió en un campo de batalla, junto con su pareja, André Friedman, en los años 20 crearon este seudónimo, que representaba a un supuesto hombre estadounidense exitoso porque así podían vender más fácilmente –y a mejor precio– sus fotos. Gerda –alemana, rebelde, inconformista, antifascista–, además de perder la vida, el 26 de julio de 1937, a sus intensos 27 años con su cámara Leica, durante la cobertura de la Guerra Civil Española, perdió también su verdadero peso en la historia. Luego su pareja siguió usando la marca y ella quedó en el olvido.

Hasta que la escritora alemana Helena Janeczek, se enteró casi por casualidad de esta historia y la sacó a la luz en La chica de la Leica, una novela histórica que publicó Tusquets este año. La semana pasada, Janeczek estuvo en Buenos Aires como invitada internacional del Filba, y PERFIL la entrevistó.

—¿Cómo fue que conociste la historia de Gerda?

—Yo estaba en una exposición de fotos de Robert Capa en Milán, por mi novela anterior, y al final había fotos que estaban identificadas como de Gerda Taro. Sus fotos me fascinaron y me interesó su historia. Me compré su biografía y me cautivó narrar lo que significa para una mujer hacer una experiencia directa de la guerra y contarla. Cuando yo publiqué mi novela anterior, me preguntaron por qué una mujer se ponía a hablar de la guerra. Y yo quería contar desde los ojos de una mujer. Y les respondía qué me preguntan si ellos tampoco tenían experiencias en campos de batalla.

—Claro, tu relato me hace acordar al rol que tuvo la ganadora del Bobel Svetlana Alexiévich, quien también reivindica el rol de la mujer en la guerra.

—Tal cual. Es que es algo cultural. La diferencia es que ella trató el tema con mujeres que realmente estuvieron en el campo y me puso muy feliz cuando le dieron el premio.

—La cuestión de la invisibilización de las mujeres en el mundo de las artes solía ser algo normal años atrás. Sin ir más lejos, la historia de la escritora francesa Colette en los años 40, cuyas primeras novelas escribía bajo el nombre de su marido. Gerda se escondía detrás del nombre creado, que es de un hombre, como Robert Capa. ¿Qué se siente traer del olvido a una pionera de la historia?

—Gerda nos cuenta de muchísimas instancias que son feministas. El deseo de ser autónoma, libre, de no conformarse con los estereotipos. La imagen que nos construimos de los relatos de las mujeres que nos permiten una mirada más libre sobre nuestras propias historias. Y en los años 30 había un ambiente de jóvenes revolucionarios que querían experimentar otro tipo de relaciones, fuera de la burguesía. Después, ya en los 50, hubo retrocesos. Con los hombres al volver de la Segunda Guerra se restauran roles de género conservadores.

—Tu libro viene a cambiar el imaginario sobre Robert Capa para verlo más bien como una marca y no como una persona.

—Sí, exacto. Y la pareja de Gerda, André Friedman, era un chico. El era más joven que ella y hacía fotos menos fuertes que las de ella. La muerte de ella fue un trauma terrible para él, que era más frágil que ella. Gerda les sacaba fotos a niños muriendo, tenía fotos muy duras. Cuando tenía la posibilidad de vender fotos con su nombre, ella lo hacía. Cuando los periódicos pedían fotos de Robert Capa porque significaba más dinero y visibilidad, lo vendían con ese nombre. Lo que sabemos hoy es que también vendía fotos con el nombre de Gerda.

—¿Hay fotos que todavía no se sabe de quién de los dos son, no?

—Se ha hecho un grandísimo trabajo de investigación sobre esas fotos y todavía quedan algunas que no sabemos si son de ella o de él. El famoso miliciano podría ser, perfectamente, de Gerda y la foto de la miliciana en el hotel Colón –durante años adjudicada a Capa–, también.

—¿Cómo podrías definir este género que es una novela pero basada en hechos reales?

—Se trata de una obra que está en el marco de lo que es una novela histórica. Todos los personajes son verdaderos. Son novelas de relato real. Mi mano autorial y literaria les aporta ciertas perspectivas, las miradas y climas de época. No pasa por los hechos. Eso es real. Ella es como un fantasma, pero los fantasmas pueden estar muy vivos.

—En el libro contás que Gerda Taro abortó. ¿Cómo fue que decidiste incorporar esto en el relato?

—Sí, y me pareció importante incorporarlo. Es parte de desmitificar a las mujeres. No se suele contar sobre abortos ni partos en los libros biográficos. Se nota que ella fue una mujer con una vida sexual libre, otra muestra de su personalidad autónoma. Es parte de la realidad en el marco de una época en que era ilegal.

—En Argentina, como sabrás, el aborto sigue siendo ilegal. ¿Cuál es tu mirada sobre el tema?

—Yo creo que en todo el mundo se está viviendo una revuelta femenina. Las derechas quieren eludir los derechos de las mujeres, sobre todo en áreas donde se habían logrado progresos. Todas las mujeres saben que el aborto no es una maravilla y no es algo que se desee. Todos los datos nos indican que cuando el aborto es legal, los números de abortos decrecen. No se les puede seguir negando a las mujeres ejercer sus derechos. Lo único que se consigue al no legalizarlo es que las mujeres se sometan a situaciones que ponen en riesgo su vida. El feminismo en Italia (donde ella vive) está renaciendo, no en la misma medida que en Argentina, pero está creciendo.

 

El adiós a una fotógrafa mítica

El 1º de agosto de 1937, un desfile lleno de banderas rojas cruza París: es el cortejo fúnebre que sigue a Gerda Taro (Stuttgart, 1910-El Escorial, 1937, y llamada en realidad Gerta Pohorylle), la primera fotorreportera muerta en un campo de batalla. Ese año hubiera cumplido 27 años. André Friedman (su ex pareja, y con quien Taro “creó” al mítico fotógrafo Robert Capa), en primera fila, está destrozado. Entre los asistentes se encuentran otros amigos de Taro de tiempo atrás: la joven Ruth Cerf, con quien vivió en París tras su huida de Alemania; Willy Chardack, que vio cómo ella prefería a Georg Kuritzkes, empeñado a su vez en combatir en las Bridagas Internacionales. En todos ellos Gerda Taro dejó una huella indeleble. Tanto que, años después, basta una conversación telefónica de Willy y Georg para desencadenar los recuerdos de todos. Así comienza esta obra, rigurosamente  documentada, sobre una figura en la que, en escasos años, cristalizaron la juventud, la alegría de vivir, el talento y el compromiso en un tiempo de crisis económica, de ascenso del nazismo, de persecución y de guerra.

Extracto del libro La chica de la Leica, Tusquets, 2019.


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