Ser el escritor actual más vendido, leído y premiado de Cuba, vivir allí y viajar por el mundo alzando una voz crítica sobre la forma de vida en la isla es la mezcla que define a Leonardo Padura, el autor de una de las sagas policiales más famosas de las letras hispanas –protagonizada por el detective desencantado Mario Conde– y un periodista al que se resiste a abandonar, aunque declare que ese oficio le saca “demasiado tiempo y energía” que, siente, debería dedicar a la literatura.
De visita en Buenos Aires para presentar un libro de crónicas titulado El viaje más largo. En busca de una cubanía extraviada (editado por Capital Intelectual) y cumplir con una nutrida agenda en la Feria del Libro –hoy, a las 16.30, lo presenta en la sala Leopoldo Lugones y luego firma ejemplares–, Padura habló con PERFIL de sus épocas de cronista “sin limitaciones de tiempo ni espacio” en la Cuba de la apertura literaria y artística de los años 80, de la utopía de la Patria Grande latinoamericana y de sus preocupaciones sobre un país al que aspira a ver convertido en “normal”.
—¿Cuál es esa “cubanía extraviada” sobre la que escribe?
—Ese subtítulo es una idea de los editores (risas). Pero en realidad, éste es un libro que trató, en su momento, de hablar de elementos de la historia no oficial cubana –personajes, acontecimientos, lugares– en los cuales se reflejaran de alguna forma los orígenes de un concepto, una condensación de qué es lo cubano. Es el resultado de una mezcla de muchísimos elementos –culturales, étnicos, religiosos– y hay de todo reunido aquí. Y no es que fuera la intención reunirlos, sino la necesidad de hablar sobre ellos lo que generó armarlo en un libro.
—¿Cómo conviven ese cronista y el escritor de ficción?
—Estos reportajes son de una etapa en la que yo me dediqué por completo al periodismo, tanto que no escribí ficción en esos diez años, salvo un par de cuentos por ahí. Y era un trabajo muy absorbente, en el que tuve la posibilidad de hacer un periódico en el que no existían dos condicionamientos básicos del periodismo: el tiempo y el espacio. Tenía todo el tiempo y el espacio que quisiera. Fue un momento de la prensa cubana –y de mi trabajo periodístico y como escritor– que ya después no se repitió. Igual no me he desvinculado del oficio: desde 1995 colaboro con la agencia IPS, soy columnista de la Folha de Sao Paulo, escribo para BBC Mundo. Tengo demasiado trabajo periodístico, que incluso en algún momento voy a tener que cortar, porque es mucho el tiempo y la demanda que requiere. Pero, de alguna manera, me sirve para evacuar determinadas preocupaciones, percepciones que sería inapropiado tratar de incluir en la literatura, a pesar de que mis novelas, en gran medida, pretenden también hacer una crónica de la vida cubana, del pasado pero sobre todo de la contemporánea.
—¿Tener la posibilidad de salir de Cuba y verla desde afuera le ha cambiado esas percepciones?
—Creo que el contraste es una forma de entender mejor lo propio. A mí no me ha tocado sufrir la nostalgia del desarraigo, y al no sufrirlo he tenido que entenderlo para poder expresarlo. Esta sensación de vivir en otro mundo, casi pertenecer a ese otro mundo pero saber que uno tiene un origen diferente, del cual provino y del cual ha sido arrancado de raíz, es una sensación dolorosa. A mí no me ha pasado.
—Y quienes están fuera de Cuba, entonces, ¿convierten ese desarraigo en otra cosa?
—Sí, la forma de combatirlo que han encontrado es vivir en guetos. Todos los cubanos que van a Miami y se insertan allí tratan de conservar las señales de una identidad que, en Cuba, está en constante evolución. Y que en el caso de ellos, los exiliados, cuando evoluciona lo hace alejándose; entonces, lo que tratan de hacer es congelarla para poder sentirse identificados con ella. Por lo tanto, terminan transformándose en otra cosa.
Utopía versus realidad. A pesar de que aclara que “no soy un analista político” y que –como le molesta que “quienes van por una semana a Cuba ya se sienten autorizados a hablar sobre ella”– prefiere no pronunciarse cuando es consultado sobre la realidad argentina, Padura sí arriesga una reflexión sobre la idea de la Patria Grande latinoamericana: “Desde mi percepción de observador, creo que América Latina ha cambiado mucho en los últimos 15 o 20 años y espero que siga cambiando, en un sentido en el que haya más respeto por las personas, más equidad y acceso a las posibilidades acordes al siglo XXI. Es un trabajo que, si se hace en conjunto, es mucho más fácil que de forma aislada. Lo que sí habría que tratar es de pensarlo como un ejercicio de igualdad democrática, porque muchas veces la igualdad se ha peleado con la democracia, y por buscar que todos seamos iguales hemos perdido derechos democráticos. Esa sería mi esperanza en ese sentido”.
—¿Y qué lugar ocuparía Cuba en ese escenario?
—Espero que Cuba ocupe un lugar normal, que deje de ser vista como un ejemplo, porque cada vez que es vista así lo que se hace es desvirtuar lo que realmente ocurre en la isla. Recientemente hablé sobre la sensación de mi generación de desencanto, de cansancio, de falta de expectativas. Y alguien, desde fuera de Cuba, trató de decir que yo no tenía razón si no mencionaba al imperialismo norteamericano en ese desencanto, en esa sensación de desesperanza. Creo que esa persona está sustituyendo sus expectativas propias por las de los cubanos, porque es alguien que no vive en Cuba y no deja de verla desde su perspectiva. Creo que lo mejor que le puede pasar a Cuba es que se convierta en un país normal.
—¿Y va en ese camino?
—No lo sé. Ojalá que sí.