ELOBSERVADOR
pachi tamer, de one dollar dreams

Reciclar esas vidas que la sociedad ve como basura

Un publicista y fotógrafo argentino fundó una plataforma en Instagram desde donde trabaja por cambiar la vida de gente en situación de calle a partir de una foto. Furor en TED y un mundo sin banderas.

Aspecto. Pachi Tamer, con su barba actual y la ropa que usa antes de las charlas.
| Gentileza Pachi Tamer

“Toqué fondo”, pensó Pachi Tamer a principios de 2011, cuando se enteró, en el lapso de pocos meses, que sus padres habían sufrido un accidente –que dejaría a su padre en coma y a su madre postrada por seis meses– y que su mujer le había puesto una demanda de divorcio.

Hasta ese momento, Pachi –nadie lo llama por su nombre de pila, Hugo–, un publicista y fotógrafo nacido en Pergamino, había hecho su carrera en Buenos Aires, después en Londres y Nueva York; y se había establecido en Austin, Texas, para trabajar en una agencia. Allí se casó y tuvo a Elena, entonces de un año y medio. De pronto, se encontró literalmente en la calle: sin casa ni familia y desesperado por la situación de sus padres a la distancia. “Salgo a caminar un día y me cruzo con un homeless. El tipo, de unos 60 años, pero con la salud totalmente deteriorada, me pide plata. Le doy un dólar y me pongo a charlar con él, que me cuenta que tenía una familia y un trabajo y que empezó a inyectarse droga. Veinte años más tarde, seguía en la calle. Ese primer encuentro me hizo dar cuenta de que, en realidad, era una persona muy afortunada. Y más allá de que fue casi una sesión de autoterapia, vi cómo se le transformaba la cara a él por el sólo hecho de tener a alguien que lo escuche por un rato. Le pedí fotografiarlo. Conté su historia a través de mi foto en Instagram, y después la de muchos más como él. A cada uno le daba un dólar. Lo demás nació solo”, cuenta a PERFIL en viaje a un asado con cartoneros en La Plata. Más temprano, estuvo en la Universidad de San Andrés y después, en la villa de San Fernando. Y salió a hacer recorridos con los cartoneros de la cooperativa El Ceibo, como parte de un proyecto de la ONG Doná tu basura que lo trajo a Buenos Aires para el Día Mundial del Reciclaje (ver recuadro).

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¿Y qué es lo demás? Varios caminos con un mismo fin: intentar cambiar el modo en que la sociedad mira al que se ve distinto. En sus palabras, “intentar reciclar a esa gente que vemos como basura, que nosotros mismos descartamos”. Fundó One Dollar Dreams, una plataforma virtual que busca ayudar “de forma concreta”, consiguiendo un trabajo, un techo, una rehabilitación, el reencuentro con su familia. Hasta hoy, lleva subidos tres mil retratos, hizo fotos en seis países –Estados Unidos, El Salvador, Colombia, Uruguay, España y México–, y se convirtió en un conferencista internacional, que viaja para contar sus experiencias. Su charla TEDx en Rosario, el año pasado, está entre las cien más vistas de los últimos cinco meses. En México DF lo esperan tres mil inscriptos para su conferencia en octubre próximo. Está hablando con un director de cine para hacer la película de su vida. Le ofrecieron ser la imagen de una marca de ropa. Y acaban de nominarlo como Mejor Creativo Extranjero en Estados Unidos. “Sería como ganarse el Oscar”, se ilusiona. Todo, compartiendo el tiempo con un trabajo “formal” –es director creativo de una agencia en Austin, “porque lo necesito y también porque me gusta, a pesar de que cuando empecé con los proyectos sociales sentía que era una forma de tranquilizar mi conciencia después de 20 años en publicidad”, dice– y con su otra “gran pasión”, su hija Elena.

Honestidad brutal. “Cuando empecé con One Dollar... creía que la mejor manera de hacerlo era aprovechar los cinco mil seguidores que tenía en Instagram, una red social que hasta entonces me parecía más bien frívola por el contenido”, recuerda. Su primer intento fue “llevar a un tipo a Oktoberfest, porque me había dicho que era el sueño de su vida. Después me fui a Colombia y en Medellín me crucé con Alex, un adicto al paco que lo único que me pidió es que lo llevara a un centro de rehabilitación. Había necesidades mucho más básicas que llevarme a alguien a la fiesta de la cerveza, y esos ‘sueños’ puntuales quedaron relegados”, cuenta. Después llegó un chef de Austin al que ayudé a conseguir los materiales de trabajo y un puesto en un restaurante a cambio de publicidad”.

Hoy siente que el proyecto creció más allá de sus propias expectativas y de la realidad de su infraestructura: “Empecé con las charlas y estoy haciendo todo solo, no me da el tiempo para contestar los mails y mensajes que recibo de todo el mundo. La idea es que esto se transforme en una organización, ramificarla por diferentes países y hacer un seguimiento personal de cada caso, porque la gente es muy escéptica. Uno dona y no sabe adónde va la guita”, se sincera.

Y revela: “Desde que llegué, encontré algunos cuestionamientos de por qué estaba en Estados Unidos y no acá. Pero tengo un par de razones: una, que creo que puedo mejorar más las cosas desde allá porque es un país que me dio la posibilidad de hacer, trabajar y tener recursos para ayudar; pero también porque tengo cosas básicas que creo tendríamos que tener y que acá veo que están un poco desvirtuadas: libertad de expresión, seguridad, posibilidades para mi hija. Es difícil de entender y causa escozor, pero para mí las banderas sólo son trapos de colores que sirven para dividir”.

Una cuestión de aprendizaje

Hablar de basura en términos humanos puede sonar extremo y relativo, pero así dice Tamer que la sociedad –no importa dónde se viva– trata a quienes viven en la calle y, muchas veces, a los cartoneros, que “trabajan recuperando materiales que otros descartan y obtienen de eso una forma de reinserción social”, asegura.

Como parte de las actividades por el Día Mundial del Reciclaje, Tamer habla hoy a las 15 en el Hipódromo de San Isidro, invitado por la ONG Doná tu basura, una organización que promueve tanto la separación de residuos como la concientización social de la importancia del reciclaje.

“Este tema, aquí en Argentina, recién comienza”, dice Tamer. “Tanto desde la ciudad como la provincia de Buenos Aires se está haciendo un comienzo de campaña, esfuerzos para cambiar la estructura que pueda permitir la separación de residuos. Pero falta un vehículo de educación social, que tiene que venir acompañada de una inversión y un desarrollo para que tenga sentido”, desarrolla. Tamer salió en la capital a hacer recorridas con cooperativas que están en funcionamiento, como El Ceibo. “Salimos a hacer el recorrido de recolección, pero es un camino lleno de inconvenientes. No sólo la gente mezcla la basura, sino que las campanas verdes instaladas no tienen un sistema seguro y están vandalizadas, incluso por otros cartoneros. Todo es muy virgen, por eso es clave educar. Esa conciencia comunitaria lleva tiempo y lleva trabajo, más la voluntad propia de ser responsable por nuestra propia ciudad y no caer en la indolencia que nos hace estar siempre en el mismo lugar”.