viernes 09 de diciembre de 2022
ELOBSERVADOR PLUMA Y TRIBUNA

Sarlo, Walsh y las cartas abiertas de los intelectuales

A partir del premio a Beatriz Sarlo, que ella misma recibió en 2011, Norma Morandini reflexiona acerca del papel de quienes influyen con sus ideas sobre la sociedad.

16-06-2013 05:14

La merecida distinción de la Pluma de Honor con la que la Academia Nacional de Periodismo distinguió a Beatriz Sarlo ofrece una oportuna reflexión en torno a esos hombres y mujeres que trabajan con las ideas e influyen sobre la sociedad y la política. Si ella reúne en sí misma lo que en nuestro país vive separado, el periodismo y la Academia, el premio tiene efectos simbólicos porque permite ensayar algunas ideas en torno a qué entendemos como intelectual en un país dominado por las desconfianzas culturales entre el periodismo y la universidad. Yo misma, la primera vez que ingresé en una redacción, recibí el consejo de “no le digas a nadie que saliste de la universidad”; más tarde, ya en la televisión, toda vez que invitaba a un intelectual recibía la crítica: “Hablan para su capilla, nadie les entiende”. Así pude reconocer en esa desconfianza lo que en realidad son prejuicios e ignorancia. En cuanto los académicos creen que todos los periodistas son chapuceros, los periodistas observan a los intelectuales como vanidosos que comunican mal. Dos generalizaciones que como verdades a medias remiten a los preconceptos. Si bien es cierto que no todos los universitarios pueden definirse como intelectuales y buena parte habla más para sus pares, no son pocos los periodistas de televisión que caen en la tentación de subordinarse al índice de audiencia y priorizan lo interesante sobre lo importante. Buscan antes concitar atención a cualquier precio eludiendo la responsabilidad inherente al derecho de opinión. Menos aún estudian, para compensar con preparación la fugacidad del medio televisivo. Y así vivimos, con prejuicios e ignorancia. Si en el inicio de la democratización la prensa ocupó uno de los primeros lugares entre las instituciones de mayor credibilidad social, con escasa influencia de la universidad en el debate público, hoy, los que se presentan como intelectuales, los profesores universitarios, desprecian públicamente a los periodistas a los que denuestan como esclavos corporativos.
Como aquí se trata de establecer la vinculación entre la libertad de pensar y la relación con el debate público, sustento de la democracia, tomo prestada la observación del profesor Terry Eagleton, para quien el intelectual suele tener un registro más amplio, más ambicioso. En el mejor de los casos, son como Sartre o Sontag, en el peor, pedantes diletantes. De modo que no todos los académicos pueden ser considerados intelectuales, pero aquellos escritores, periodistas, dramaturgos, teóricos de la comunicación o analistas de la opinión pública cuyas ideas se relacionan con la política y la sociedad influyen en el debate público pueden ser considerados intelectuales. Son los que hablan, discuten, no siempre escriben, pero hacen del decir un instrumento de influencia y reconocimiento.
En la Argentina, tal como sucedió en la Europa de la posguerra, los períodos de convulsión o normalidad condicionaron la mayor o menor influencia de los intelectuales en la vida política. Para la dictadura, los periodistas como los académicos fueron igualmente subversivos, denigrados y perseguidos por “zurdos”, el estigma ideológico que sobrevivió en la democracia, al punto que los intelectuales de izquierda hasta hace no tanto tiempo estuvieron ausentes del debate político televisivo. Si el intelectual de proyección pública es el que le da a su época el lenguaje con el que después se la entiende, esa participación tardía tal vez explique por qué en nuestro país, lejos de interpelar o dialogar con el poder, una parte de los intelectuales sean hoy los mejores propagandistas del gobierno sin visión crítica en torno a la corrupción o las persecuciones ideológicas que se registran dentro mismo de algunas universidades y la censura dentro de las redacciones amigas. Esto es, la violación de los derechos humanos, que no son patrimonio ideológico de nadie, tal como brilla en su misma definición de universalidad. No porque sean, como describe Pierre Bourdieu, “los portavoces de una ‘clase universal’, pero sucede que por razones históricas tienen intereses universales”.

Cartas que vienen y van. Nadie como Rodolfo Walsh, por su martirio como por su valentía, ostenta entre nosotros esa condición del intelectual comprometido con esos valores universales, la verdad y la libertad. La carta abierta de Rodolfo Walsh a la dictadura en su primera línea denuncia la censura de prensa, la persecución de intelectuales, el allanamiento de su casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que los combatió… que lo obligan a la “expresión clandestina” después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años. De modo que prensa, escritura y libertad siempre van juntas. La carta de Walsh coincide en el tiempo y contrasta por su soledad con otras denuncias grupales en contra de las tiranías: la “Carta 77”, escrita por un grupo de intelectuales checoslovacos para romper la mordaza impuesta por el régimen comunista, exigió al gobierno que respetara los tratados sobre derechos humanos firmados por los jerarcas comunistas. El texto, entre cuyos autores estaba Vaclav Havel, fue firmado por 240 intelectuales que padecieron persecución, pérdida de trabajo y cárcel. Entre ellos Havel. Pero esa “carta” desencadenó el movimiento democrático que llevó a un intelectual a la presidencia, como sucedió con Havel, quien inspiró a otros movimientos democráticos en Europa del este o ahora en China. En 2008, el escritor y disidente político Liu Xiaobo redactó junto a otros la “Carta 08” para reclamar reformas sociales, democracia y derechos humanos. Un documento moderado que lo llevó a la cárcel condenado a once años de prisión por “agitación subversiva”. El permanece en la cárcel, y en diciembre de 2010, cuando la Academia de Suecia lo distinguió con el Premio Nobel de la Paz, la medalla y el certificado del premio fueron colocados en una silla vacía porque el gobierno impidió a sus familiares salir de China. Un hombre condenado por la palabra, el insumo base de un intelectual para reclamar por la verdad y la libertad.
Si la Carta Abierta vernácula remite en su nombre a aquella valerosa carta de Walsh, confunde que en tiempos de democracia, lejos de interpelar o dialogar con el poder para ampliar los derechos, la palabra siga enfática para continuar condenando las violaciones del terrorismo de Estado y se calle frente a las violaciones de los qom, el clientelismo político, la depredación ambiental por el extractivismo, las valijas de la corrupción o los desaparecidos de la democracia.
Por eso interpreto como simbólica la distinción de Beatriz Sarlo, cuya sola mención es sinónimo de intelectual. Ella puede ser brillante como erudita, sin pedanterías. Por escribir en los diarios y expresar sus ideas en los programas periodísticos de la televisión ha contribuido al verdadero debate de las ideas, sin subestimar la capacidad de discernimiento de las audiencias masivas, a las que no pretende adoctrinar. Ella honra la bella descripción de Karl Mannheim para quien los intelectuales son personas que “vuelan libremente”, con lo que pueden tener una mirada panorámica que en general está vedada para los otros. En estos nuevos tiempos democráticos en los que la Constitución consagra la libertad del decir y la inimputabilidad de la opinión, ser un intelectual no es una cualidad mental sino una función social de la mayor relevancia democrática porque al fortalecer el debate público ratifica lo que, al menos como definición, sirve de fundamento a la universalidad de los derechos humanos, la libertad y la igualdad.

*Escritora y senadora. Recibió la Pluma de Honor de la
Academia de Periodismo en 2011.

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