5th de March de 2021
ELOBSERVADOR moral fake
07-09-2019 00:29

Vivir en la sociedad posmortal (la que desea abolir la muerte)

Pensar la finitud, angustiarse ante lo inevitable del ciclo vital, fue un constitutivo moral de los seres humanos. Pero las redes nos brindan otra ilusión: pensar que nada tiene un límite.

Carlos Alvarez Teijeiro
07-09-2019 00:29

Durante siglos, y hasta el presente, la muerte ha poseído suficiente primacía como contenido que viene dando forma a nuestra autoconciencia, es decir, nos ha situado muy precisamente en el mundo como sujetos frágiles y perecederos, finitos. “Oh, mortales”, cantaba el coro de las tragedias griegas, cual poderosa admonición ante el olvido. Y “oíd mortales”, sin ir más lejos, canta el himno de la patria. Somos personas que tienen la desgraciada, inveterada y penosa costumbre de morirse, aunque sea solo una vez en la vida, escaso consuelo.

Los arqueólogos definen los rasgos de una civilización porlos rastros recién descubiertos en sus excavaciones cuando perciben en ellos una cultura mortuoria, una cultura funeraria. La especie humana siempre ha enterrado y rendido culto a los muertos, que no son expulsados por completo de la comunidad de los vivientes, sino que siguen formando parte de ella pero en un nuevo estatuto, el de los antepasados.

Inmortales. Es tal el poder disgregador de la muerte que necesitamos domesticar su violencia indómita para conservar nuestro propio vigor, nuestra propia vigencia. Así, hacemos memoria de los muertos, conmemoramos sus fallecimientos. Algunas culturas les hacen ofrendas, alimenticias incluso. Nosotros, sin ir más lejos, tenemos un día dedicado a los difuntos, el 2 de noviembre, y hasta es posible que los visitemos en el lugar de sus sepulcros, recemos por ellos y les llevemos flores. Es el alegre y festivo Halloween de los anglosajones, al que cada vez estamos más acostumbrados, en una muestra irrefutable del mismo colonialismo cultural al que tanto decimos oponernos en otros ámbitos.

Sin embargo, algo ha cambiado en nuestros días. El avance extraordinario en las tecnologías de la salud y del cuidado nos ha situado en la tesitura temporal de pensar que toda muerte es potencialmente evitable, por lo que la muerte deja de ser un suceso natural que es parte de la vida y se convierte así en un accidente, un incidente o un caso de mala praxis. La técnica parece haber vencido a la muerte, parece haberla domeñado, por lo que la muerte ha dejado de ser un principio que da forma a la autocomprensión; ha pasado de ser una cuestión hondamente arraigada en la existencia para convertirse en algo quirúrgico, higienista y esterilizado por fuera de ella: es la sociedad posmortal.

La firme creencia en la evitabilidad de la muerte es completamente solidaria de la convicción según la cual toda enfermedad es reversible siempre y cuando contemos con las mediaciones tecnológicas precisas. También la enfermedad ha dejado de ser una cuestión vital para volverse un asunto técnico en manos de especialistas expertos, una expertise, una suerte de ingeniería (social) de la salud.

Médicos. La judicialización de la medicina es así un subproducto de la sensibilidad de la época: como resultado final de todos los procedimientos, como resultado terminal, la muerte resulta sencillamente inadmisible, un escándalo de proporciones inauditas que exige ser sufragado. Así, toda muerte posmortal se revela como una potencial indemnización, tan lógicamente exigible como de improbable satisfacción, así de distantes, impersonales, burocráticos, inhumanos, inhóspitos e inexpugnables resultan los sofisticados sistemas expertos a los que hemos confiado nuestra salud. Y su ausencia. La muerte se revela, pues, como un problemático déficit estructural de la medicina, menos un problema para sus víctimas, ya inermes, que para los profesionales de la salud, potenciales destinatarios ahora de todo tipo de querellas.

De alguna manera, la sociedad posmortal constituye la gran refutación planetaria al adagio de los antiguos, “memento mori”, “recuerda que morirás”. Cuanto posee la muerte de estatuto de lo irrefutable y definitivo es desprovisto de su potencia destructora, devastadora, y de ese proceso surgimos emancipados, liberados. Sugar-free, death-free. Sin muerte en los asuntos humanos adquiere la corriente y trivial normalidad de las estrictísimas dietas rejuvenecedoras en los asuntos alimentarios: una irrecusable e inobjetable exigencia de la época que no puede ser desatendida, un nuevo imperativo categórico.

Se trata de la gran elusión, de la elusión por antonomasia: lo ineludible ha sido eludido, enmascarado, obliterado. Por arte de un sofisticado proceso de ilusionismo colectivo, todo presentimiento o presagio acerca del fin ha sido borrado, abolido de la faz de la tierra, una supresión tanto más poderosa cuanto menos rastros, menos huellas ha dejado su artificio.

Presente desnudo. Mágicamente, no quedan trazos de lo que ha desaparecido, de lo que se ha desvanecido, y no hay camino por medio del cual podamos operar su reconstrucción. Es el grado cero de la muerte, allí donde esta se nos vuelve inefable, intangible. Es el tiempo de la necrofobia. Como última frontera del hacer (y padecer) humano, la muerte ha sido colonizada, desprovista del funesto aguijón al que se refería Saulo de Tarso.

El problema es que en ese proceso de volatilización de la muerte ha resultado también exterminado como un daño colateral el sentido de la vida, que tendía a definirse frente a ella como frente a su telón de fondo, su imprescindible contraste existencial.

Esta ausencia temática –el sentido de la vida– nos deja en una cierta situación de orfandad con respecto a la cuestión de los orígenes y –sobre todo– con respecto a la cuestión del final. Si ignoramos minuciosamente lo que habrá de sucedernos, ignoramos también el significado del camino, las dimensiones vitales del trayecto. Suprimido el telos, la teleología, no nos queda sino un presente desnudo e inhabitable, pues toda habitabilidad forma parte de un proyecto, y todo proyecto supone un porvenir, que ha sido ahora cancelado.

No somos inmortales, desde luego, pero vivimos como si lo fuéramos. La creciente e inusitada afición de nuestros contemporáneos por los deportes extremos, los deportes de riesgo, es un buen ejemplo al respecto en cuanto constituye un desafío, no siempre consciente, a la ley inexorable de la mortalidad. Pero esa ley inexorable es desafiada de muchas otras maneras. Al menos en la mayor parte de los países así llamados occidentales, una buena parte de la población vive en la inexperiencia de las necesidades más básicas, precisamente aquellas cuya presencia más nos acerca a la realidad de la muerte.

Anomalía. En efecto, estar necesitado, muy necesitado incluso, menesteroso, impide que la muerte deje de ser un principio configurador de la autoconciencia, la arraiga en nuestra vida y como un dato, algo dado, sumamente revelador de nuestra existencia, del quién que somos. Esto no ocurre en las sociedades opulentas y excedentarias de bienes y servicios, en las que la muerte parece haber sido extraditada, desterrada lejos de las fronteras del mundo que tenemos en común.

En este tipo de sociedades reina la jovialidad, la alegría de vivir según el modo juvenil, el joie de vivre. Ahí triunfa la juventud como principio de realidad, ya no solo como deseo. O se es joven, o al menos se aparenta serlo, o uno está por completo fuera de la comunidad. Es muy comprensible que en esta tesitura cultural la muerte no tenga cabida alguna, que se la vea como algo tan lejano como casi imposible y que solo pueda comparecer en su forma accidental.

Es lo propio de la sociedad posmortal: la muerte como imprevisto, como algo siempre inesperado y repentino, transgresor, des-comunal, que irrumpe en vidas en permanente estado de juventud, desposeyéndolas de sentido. Por eso la muerte carece de significado en nuestra cultura, más allá de cuanto sostengan al respecto las cosmovisiones religiosas de la existencia. La muerte surge solo como lo inexplicable, como aquello para lo que no somos capaces de encontrar palabras, como lo inenarrable. La muerte ha dejado de ser concebida como una parte de la vida, su parte final, es cierto, pero parte al fin, para ser considerada como una anomalía sistémica y funcional, como lo fortuito por antonomasia. Si merced a los poderosos avances tecnológicos la vida se nos ha vuelto más previsible, controlada y controlable –as tecnologías del yo de las que hablaba Foucault–, en la sociedad posmortal la muerte es el reino de la imprevisibilidad; de ahí que se haya vuelto tan inconcebible como innombrable. El ocultamiento de la muerte –lo exorbitante– como límite ontológico de la existencia es uno de los más grandes programas emancipatorios de nuestra civilización líquida al que se debe la conquista de un yo des-encarnado, volátil y etéreo: infinito, al fin.

Velo de silencio. Sobre la muerte reina ahora un impenetrable velo de silencio, se nos ha convertido en algo numinoso, algo con respecto a lo cual toda meditación resulta extemporánea, en sentido etimológico, fuera del tiempo. Porque en la sociedad posmortal la muerte ha sido expulsada fuera del tiempo de la vida y, en consecuencia, han decaído también las preguntas últimas, las preguntas por el sentido de la existencia. Y no solo han menguado: hemos sido exonerados de darles respuesta. Toda pretensión de certidumbres resulta irrelevante (e innecesaria) por desmedida e impropia.

Sin embargo, de nuestra autoconciencia como mortales pueden seguirse no pocos beneficios y muy vitalistas también. “Cuando se mira de frente a los vertiginosos ojos claros de la muerte”, canta el poeta Gabriel Celaya, algo se nos desvela. Por ejemplo, la celebración de la existencia derivada de la comprensión de que cada momento es único e irrepetible y que merece que le prestemos toda nuestra atención: la vida como efeméride. La asunción de que la vida y los afectos son frágiles, lo que implica que están puestos ahí a nuestro cuidado, a nuestra procura. La necesidad de socorrer a nuestros semejantes, que nos vuelve dadivosos y hospitalarios. El carácter festivo de la realidad. La ética del asombro agradecido ante todo lo que vive y precisamente porque vive. La de la gracia asombrada.

Bien lo sabían Sófocles, Esquilo y Eurípides, los grandes dramaturgos griegos, al dirigirse a sus públicos como “los mortales”, ya se ha dicho. Y el himno de la patria, que comienza con una referencia a la mortalidad, termina también con otra: “O juremos con gloria morir”. Frente a la concepción de la muerte como accidente (casi siempre evitable), se presenta aquí la comprensión de la muerte como límite de nuestro mundo, pero dentro de nuestro mundo todavía, en el más aquí, no en el más allá, es decir, como una realidad intramundana y significativa: allí quizás no quepa esperar gloria alguna ni sonido de trompetas, pero sí al menos la acompañada e infinita piedad de los que nos aman y habrán de recordarnos.

*Profesor de Etica de la comunicación, Escuela de Posgrados en Comunicación, Universidad Austral.

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