ESPECTACULOS
‘EL ZOO DE CRISTAL’

“Actuar es celebrar el misterio de la condición humana”

Ingrid Pelicori y Walter Quiroz protagonizan el clásico de Tennessee Williams. Hablan de la intensidad del vínculo entre madre e hijo y de la actuación como una entrega absoluta.

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Rol. Ingrid pelicori compone una amanda intensa, desbordada y profundamente humana. | cedoc

Tratando de sostener la rutina cotidiana, en la sala de estar de Amanda Wingfield, su hija Laura y su hijo Tom, se avecinan un estallido y un fracaso. La visita de un amigo de Tom, Jim O’Connor, operará como un catalizador. La complejidad de este perfecto dispositivo teatral que ocurre en hogar del sur de Estados Unidos en la década del 30 es un clásico: El zoo de cristal, de Tennessee Williams (1944-1945).

De las innumerables puestas y versiones, el texto pasado por las manos de Mauricio Kartun evita grandes distancias respecto del castellano rioplatense, aunque sin perder las marcas de usos y costumbres del tiempo y lugar del original.

Dirigido por Gustavo Pardi, pasó por varias salas: Picadero, Centro Cultural Borges, Hasta Trilce. Actualmente está en El tinglado (Mario Bravo 948), los lunes a las 20:30.

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De 2023 a 2026, Agustín Rittano era Tom; ahora es Walter Quiroz. Junto a él, Ingrid Pelicori, descollante. La pica entre sus personajes es un duelo de sensibilidad e inteligencia, mientras sus interpretaciones actorales se alimentan mutuamente. Exquisita, Malena Figó, y en histriónico contrapunto, Martín Urbaneja, completan el elenco.

—¿Cómo son sus personajes y cómo se llevan entre sí?

—INGRID PELICORI: Aunque lo más evidente es que es insoportable, para mí es como el colmo de una madre: ama y sufre desmedidamente, por la incertidumbre frente al futuro de los hijos, sobre todo, de su hija, que tiene dificultades más marcadas. Pese a que ella lo hace de un modo bastante exacerbado, es un tema universal. En las grandes obras, los personajes tematizan cuestiones de la condición humana, con una lupa que agranda. Ella, que ha sido abandonada por el marido, se apoya en su hijo, que es en lo único en que se puede apoyar. Intenta ganar sustento, algo nada fácil, en la crisis de los 30 en Estados Unidos. Pero la presión económica recae toda en el hijo, pobre, que tiene un trabajo que detesta, porque lo aleja de su sueño, que es ser escritor. Ella lo aprecia muchísimo y cree en él como persona, pero necesita tironearlo.

Entran en conflicto. Él es bravo. En el último insulto, ella le dice “egoísta soñador”, como si “soñador” fuera un insulto. La relación es ambivalente.

—WALTER QUIROZ: La unión entre él y la madre es muy profunda. Tom la ama terriblemente. Sí, se puede decir que ella es insoportable, pero es muy genial, porque, a su hija, ella le inventa un zoológico de cristal y le ofrece un fonógrafo. El padre se fue y la madre, que se hizo cargo de estos dos, les ofrece relatos. Aunque Ingrid me lo refuta, yo creo que esa madre sabe todo lo que

va a pasar, desde el comienzo; sabe que él se va a ir, porque es la única forma que tiene para poder ser. Pero ella pone a disposición de estos chicos todo lo que puede, porque los ama. Y es imposible no amar a esa madre. Tom está recordando toda esta historia; ahora que puede hacerlo: se enfrenta al público, a corazón abierto, y con su herida por haberse ido, lo cuenta. Este es el cuento y yo le pongo carne.

—¿Qué aporta, además de sus brillantes actuaciones, esta versión?

—W. Q: Para mí, y nos lo dicen muchas personas, es muy distinta, porque tiene mucho humor: hay algo irreverente en lo que hace Ingrid, y en las creaciones personales de mis compañeros. También hay un enfoque profundo: la cojera de Laura es casi como un trazo grueso para enfocar ahí la discapacidad, la incomunicación, que es casi autismo. Tennessee muestra la renguera de la hermana como una herida: todos son rengos, todos son frágiles y todos están extraviados. Cada uno tienen una discapacidad. Tennessee nos convida, para que nos conectemos con nuestra fragilidad, nuestra discapacidad.

—¿Qué es actuar, para cada uno de ustedes?

—I. P: Actuar es una celebración del misterio de la condición humana; es meterse con eso, celebrarlo y jugar con eso.

Peter Brook recoge la afirmación de un actor oriental: actuar es dar testimonio de lo que uno ha vivido y comprendido. Entonces, lo que uno vivió, observó, imaginó, sufrió, gozó, todo eso nutre ese testimonio, que es la actuación. La técnica, las herramientas ya están incorporadas, no aparecen en primer plano, sino que vienen con todo el combo.

—W. Q: Yo siento que no hay nada que actuar, sino estar disponible, estar en una calidad energética, sensible como en un altar de sacrificio: así me expongo en cada función. Yo soy un bruto de puro instinto, pero cada día puedo habitarme con más respeto a mí mismo. Me respeto, me habito y me entrego a mi tarea. Me comparto de manera genuina y verdadera.

Maestros de la escena

A.M.

Walter Quiroz: “Estoy en un momento bisagra de mi existencia. Recientemente, me recibieron unos monjes budistas de Paramita en Denia (Alicante) y volví. Muchos compañeros se ordenaron en la India, pero el maestro (Lama Rinchen Gyaltsen) me dijo que yo volviera, para hacer teatro. Tuve una vida y una infancia difíciles; ahora estoy disfrutando la vida más que nunca. Soy muy afortunado; me inclino ante mis maestros. Cuando tenía 17 años, tuve la fortuna de tener un genio como maestro, que fue Pino Solanas [en 1990 hizo la película El viaje] y él me llevó a lo de Agustín Alezzo. E Ingrid es una maestra, compañera, iluminada. Hacer El zoo con ella es una ceremonia, es un ejercicio dulce, feliz, lleno de misterio”.

Ingrid Pelicori: “Maestros: Raúl Serrano, Augusto Fernándes. Todos los actores del elenco estable del Teatro San Martín, con quienes compartí muchos años siendo yo muy joven: Elena Tasisto, Juana Hidalgo, Alicia Berdaxagar, Walter Santa Ana, Alberto Segado, Graciela Araujo. Sin duda y sin querer, mi padre, Ernesto Bianco, a quien vi actuar hasta mis 20 años, cuando él murió. Él no me vio nunca a mí, pero descuento que algo mamé de él. Y personas muy significativas para mí en la profesión, como Inda Ledesma y, más acá, Leonor Manso, Cristina Banegas. Con él [Walter], nos conocimos haciendo Espectros, de Ibsen, en el Centro Cultural de la Cooperación. Tenemos un vínculo hermoso, profundo, de cariño, respeto y admiración mutua. Como persona tiene una sensibilidad enorme, como si estuviera en carne viva, y a eso acude cuando está arriba del escenario”.