La casa como refugio y, al mismo tiempo, como lugar de amenaza. Una madre que busca una vida más accesible para sus hijos y descubre que detrás de la aparente tranquilidad de un nuevo edificio hay algo que no termina de encajar. Ese es el punto de partida de Bajo tus pies, el thriller dirigido por el argentino Cristian Bernard que llega a la Argentina con Maribel Verdú como protagonista. Para Verdú, el centro de la película está en “la fragilidad de una mujer que intenta proteger a sus hijos mientras empieza a desconfiar de aquello que debería darle seguridad”. Pero hablar de Maribel Verdú es hablar también de una carrera construida durante décadas sin quedar atrapada en una única imagen. Desde sus primeros trabajos hasta convertirse en una de las actrices españolas de mayor reconocimiento internacional, Verdú atravesó el cine de autores, el thriller, el drama, la comedia y las grandes producciones, trabajando con directores de distintas generaciones y países. El laberinto del fauno y Y tu mamá también fueron algunos de los títulos que ampliaron su proyección internacional, mientras que Siete mesas de billar francés y Blancanieves reafirmaron su vínculo con personajes complejos y películas de fuerte identidad. Hoy, con la experiencia de quien conoce profundamente el oficio, dice buscar algo muy concreto en cada nuevo proyecto: una razón para volver a empezar. “Cuando empiezas eres pura intuición, impulso y también mucha inseguridad, muchas ganas de demostrar”.
—En “Bajo tus pies” interpretas a Isabel, una madre que se muda con sus hijos buscando una vida más accesible y termina encontrándose con una situación cada vez más inquietante. ¿Qué fue lo que más te interesó del personaje y de esa transformación de lo cotidiano en algo amenazante?
—Lo que más me fascinó de Isabel es que es una mujer absolutamente real, vulnerable y reconocible. No es una heroína de acción; es una madre que toma una decisión puramente práctica para darle un respiro económico y emocional a su familia, y de repente el suelo que pisa empieza a ceder. Me interesaba muchísimo explorar ese viaje psicológico: cómo el instinto de protección maternal choca con la duda de si lo que ocurre es real o si el estrés y el aislamiento le están jugando una mala pasada. El terror más perturbador no viene de monstruos lejanos, sino de cómo la normalidad doméstica se va enrareciendo hasta convertirse en una trampa.
—La película trabaja con un miedo muy reconocible: el de no saber realmente quiénes son las personas que viven a nuestro alrededor. ¿Qué crees que hay detrás de ese miedo a los vecinos, a la comunidad y a los espacios que deberían ser nuestro refugio?
—Detrás de ese miedo está la pérdida absoluta de control. Tu casa es el único lugar del mundo donde se supone que bajas la guardia, donde te quitas la armadura y estás a salvo. Cuando la amenaza está justo al otro lado de la pared, o debajo del suelo, esa sensación de seguridad salta por los aires. Vivimos en sociedades donde nos cruzamos a diario con personas en el rellano o en el ascensor sin saber qué pasa detrás de sus puertas cerradas. Esa delgada línea entre la cortesía vecinal y lo siniestro es un terreno fértil para la tensión, porque apela a una paranoia muy actual: la desconfianza hacia el entorno inmediato.
—La película recupera, según sus propios productores, un imaginario cercano a “The Goonies”, “Super 8” o “Stranger Things”, pero desde una perspectiva adulta y familiar. ¿Qué te interesaba de hacer un thriller que parte de elementos tan cotidianos como una casa, unos hijos y unos vecinos?
—Esa mezcla de aventura juvenil con el peso y la gravedad del mundo adulto me pareció un acierto absoluto. En esas historias que mencionas, la mirada de los chavales tiene esa pulsión de misterio y descubrimiento; pero aquí, al anclarlo a la perspectiva de una madre que carga con la responsabilidad de protegerlos, la tensión se multiplica. Partir de lo doméstico —las tareas de la casa, los deberes, la rutina familiar— y meter la intriga ahí dentro hace que el espectador se identifique de inmediato. Si te reconoces en la rutina, el peligro se siente el doble de real.
—Llevas décadas construyendo una trayectoria que atraviesa generaciones, géneros y cinematografías muy distintas. ¿Qué ha cambiado más en tu manera de entender la interpretación desde que empezaste hasta hoy?
—Ha cambiado casi todo, sobre todo la serenidad con la que me pongo delante de la cámara. Cuando empiezas eres pura intuición, impulso y también mucha inseguridad, muchas ganas de demostrar. Con los años aprendes a despojarte de lo superfluo, a escuchar de verdad al compañero y a confiar en que menos es más. He aprendido a disfrutar del proceso sin la angustia del resultado. El oficio se ha convertido para mí en un espacio de juego riguroso, de entrega absoluta y de mucha libertad.
—Has trabajado tanto en grandes producciones como en películas más pequeñas y arriesgadas. ¿Qué tiene que tener un proyecto para que, después de tantos años de carrera, todavía te despierte las ganas de hacerlo?
—Tiene que haber algo que me remueva en la primera lectura del guion, una chispa que me haga decir: «esto no lo he hecho antes» o «quiero defender a este personaje a muerte». Me mueven los directores y directoras que tienen una mirada clara, apasionada y que aman a sus actores. El tamaño del presupuesto me da exactamente igual; he hecho superproducciones gigantescas y películas diminutas con equipos reducidos. Lo determinante es el viaje humano, el equipo y que la historia tenga alma. Si no hay riesgo o emoción, prefiero quedarme en casa leyendo.
—En un momento en el que el cine y la cultura tienen que competir constantemente por la atención del público, ¿qué crees que puede hacer todavía el arte —y concretamente el cine— por las personas y por el mundo en el que vivimos?
—El cine tiene un poder casi sagrado que ninguna pantalla individual puede replicar: sentarte a oscuras en una sala con desconocidos y respirar, reír o asustarte al unísono. En un mundo hiperconectado pero paradójicamente tan individualista, el arte sigue siendo la mayor herramienta de empatía que existe. Nos obliga a ponernos en los zapatos de otros, a mirar realidades ajenas y a hacernos preguntas incómodas. El cine nos rescata de la prisa y nos devuelve la capacidad de emocionarnos juntos.
—Si miras hacia atrás, ¿hay algún personaje, película o momento de tu carrera que sientas que cambió tu manera de mirar el oficio o incluso tu manera de mirar la vida?
—Es difícil elegir uno solo porque cada etapa deja huella, pero películas como El laberinto del fauno o Y tu mamá también marcaron puntos de inflexión enormes, tanto por el alcance internacional como por la profundidad de lo que vivimos rodándolas. El personaje de Mercedes en El laberinto del fauno, por ejemplo, me enseñó el valor del coraje silencioso, de la resistencia sin aspavientos. Y en lo personal, hacer Siete mesas de billar francés o Blancanieves me reafirmó en la idea de que este oficio es un privilegio absoluto que exige generosidad, humildad y un amor incondicional por las historias.