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ESPECTACULOS / Entrevista
sábado 1 septiembre, 2018

Ricardo Darín: "No soy un santo ni nada que se le parezca"

El actor estrena Todos lo saben, film que hizo con Javier Bardem y Penélope Cruz y habló de todo con Perfil.

Ricardo Darín. “No puedo creer que se haya generado tanto odio hacia mi persona.” Foto: Aballay
sábado 1 septiembre, 2018

Nadie podrá negar que 2018 fue un año intenso para Ricardo Darín. A los reclamos públicos de Valeria Bertuccelli y Erica Rivas por supuestos destratos durante las temporadas teatrales de Escenas de la vida conyugal, que continúa con giras junto a Andrea Pietra, se sumó su debut como productor cinematográfico con El amor menos pensado, donde compartió cartel con Mercedes Morán y que ya lleva convocados a 650 mil espectadores. Por si resultara poco, fue invitado por la Academia de Hollywood a incorporarse como miembro, y ahora suma el estreno de Todos lo saben, el film del dos veces ganador del Oscar Asghar Farhadi –que no habla español, aunque Darín recalca que con una mezcla de inglés, español y persa se entendieron muy bien, apoyados en el entusiasmo por el cine–, por el que el argentino regresó a la competencia oficial del Festival de Cannes, y donde trabajó junto a dos afectos con los que nunca había compartido elenco: Javier Bardem y Penélope Cruz. “Somos amigos, entre otras cosas porque en muchos aspectos pensamos parecido o igual; no en todos, y eso a la hora del trabajo es un handicap con el que contás”.

 —¿Qué diferencias ves entre el cine español y el argentino?

—Las diferencias pueden tener que ver más con métodos de trabajo. Al principio, lo que me llamó la atención era algo sindical, te diría. Tiene que ver con que cada área es responsable de lo suyo y casi es una especie de sacrilegio que alguien de un área se meta en otra. Yo tuve varios choques así, porque nosotros estamos más acostumbrados a meternos en todo, hasta que alguien con muy buena leche me previno y me dijo: “Se te agradece mucho, pero si hay un cable tirado, dejalo, que se ocupen los que se tienen que ocupar”. De todos modos, de ellos me llamó la atención el respeto. Ellos tienen un gran respeto por tu arte, en todo sentido. Se respetan mucho entre sí. Los españoles en general son más… Iba a decir “educados”, pero no sé si es eso. Son más respetuosos. Te das cuenta en el trato, tanto en la intimidad como en lo público, en la calle. Te das cuenta en la no invasión del espacio ajeno. Son mucho más prudentes.

—¿Vivís una parte del año en España y otra en Argentina?

—Vivo acá. El tema es que me tocó, ya sea por teatro o una producción cinematográfica, quedarme allá. Con el correr de los años, se me hizo más llevadero. Antes me costaba mucho.

—¿Extrañabas?

—Sí. Porque más allá de que Flor (N de R: Florencia Bas, su esposa) y los chicos, sobre todo cuando eran más chicos, me podían acompañar en las vacaciones escolares, yo me tiraba tres o cuatro meses solo. Solo con mis compañeros, pero solo: ellos estaban acompañados. Es duro eso al principio. Hoy ya no es así porque nos hemos acostumbrado. Mi hijo a esta altura vive más allá que yo, tiene la relación con su novia. Es como llegar a un lugar que no te es desconocido, llegás a otra casa tuya. Pero yo vivo acá.

—¿El barrio de Madrid ya lo empezás a sentir tuyo?

—Sí, totalmente, porque ya conozco a los vecinos, conozco a la gente del bar de la esquina. Conozco al rumano de no sé qué, al vietnamita que está a la vuelta, a la tailandesa que… Allá yo vivo en los alrededores de la Plaza Mayor, que es una zona de tracción de todo.

Detrás de todo gran hombre

—¿Cuál es la relación de tu mujer, Florencia Bas, con tu carrera? ¿Qué responsabilidad tiene?

—A ella le debo mucho en todo sentido, no solo en mi carrera. En mi vida, le debo. Ella es la que hace todo lo que yo no hago. O sea, ella hace todo, porque yo solo hago mi trabajo. Flor hace todos los otros trabajos. Es una gran administradora, si no me hubiera cruzado con ella yo muy probablemente en este momento, a pesar de haber generado y facturado, podría tranquilamente no tener un mango donde caerme muerto.

—¿Es cierto que Susana Giménez te hizo comprar tu primer departamento?

—¡Claro! Ella me decía: “No puede ser que tengas la ropa en el auto”. Un día fue y me compró un departamento. Con un poco de plata que yo tenía ahorrada y otro poco que tenía ella. Bastante, que me encargué de devolvérsela puntualmente. Mi primera vivienda fue porque ella se puso firme en que yo no podía alquilar más. Cosa que siempre le agradecí. Pero más allá de eso, no tengo mucha relación real con el sistema ciudadano. No es que desconozca lo material, es que no he sabido manejarme bien. No dejé de mandarme cagadas en ese sentido. Y Flor es un genio. Y lo aprendió, no es que lo traía de cuna. Así como cocinar: al principio no tenía ni idea de cómo se hacía un huevo frito, y hoy es una de las mejores cocineras que yo conozco. Es una mujer muy tenaz: lo que se propone lo consigue.

—¿Opina en relación con tu trabajo?

—Constantemente. Mi primera consulta es siempre con ella. Confío mucho en su criterio. Es una muy buena productora. Tiene un gran sentido común. Al estar un poco despegada de todo esto, tiene objetividad. Además, tiene criterio, es una gran lectora. Lee muchísimo, de todo. Cuando a mí algo me entusiasma, lo primero que hago es decirle: “En cuanto puedas, echale un ojo a esto para ver si estoy equivocado”. Nunca se mete en si algo es o no para mí, lo que hace es una revisión de la historia. Me ha pinchado algunos globos, en alguna que otra oportunidad hice oídos sordos. Algunas las gané y otras las perdí.

—¿Es también así con tu hijo?

—Como él se crio con nosotros, heredó un poco ese impulso de consulta con la madre. Mucho más con ella que conmigo. A mí me cuenta las cosas cuando están más cocinadas. Con ella es más embrionaria. Confía muchísimo en ella. Todos confiamos mucho en Flor.

—¿El mal manejo con el dinero es herencia de tu papá bohemio?

—El caso mío es peor. Lo de él era una filosofía de vida, lo mío es una incapacidad. Mis viejos fueron luchadores en el palmo a palmo. El pregonaba que la propiedad no existe, con justa razón: uno termina siendo prisionero de amarrocar. Yo tengo una incapacidad. Desde chico, cuando empecé a trabajar, y empecé a autoabastecerme y a ayudar a mi vieja y a mi casa, la verdad es que nunca sufrí necesidades. Me tocó una época gloriosa de la televisión argentina. Cuando era pendejo, a los 16 años, a pesar de no ser una figura, se ganaba bien. Lo más difícil era conseguir trabajo, pero si trabajabas se ganaba bien. Había horas extras, dobles citaciones, exteriores: todo eso se pagaba aparte. Hoy eso lamentablemente ya no ocurre más. Un tipo que trabajaba en una telenovela diaria podía vivir bien, mantener a su familia, aun con un personaje que no entrara en todos los capítulos. Eso ya no es así.

De roles y polémicas.     

—¿Cómo ves el medio, ahora que sos productor cinematográfico?

  —Empecé a tener un problema, que en verdad ya lo tuve cuando fui productor de teatro y tenía conflictos con mis eventuales socios. Es medio delicado hablar de esto porque podría parecer que me quiero hacer el bueno. Yo entiendo que hay una cuestión empresarial que, en los mejores casos, trata de ser justa y cuidar mucho el mango. He ido aprendiendo que si algo funciona bien, todos los que lo componemos debemos tener nuestra participación económica en ese éxito. Soy de los que creen que si tenés un grupo de actores y hacés un éxito, no te puede ir bien solamente a vos. Nos tiene que ir bien a todos, para ser felices. He tenido problemas en ese sentido.

—¿Algunos no entendían tus razones?

—Algunos con razón y otros sin razón. Algunos porque tuvieron codicia exagerada. Otros porque entendían que los riesgos empresariales de alguna manera tenían que cubrirse. Tengo una mirada distinta sobre eso. Te lo voy a sintetizar: yo creo que un maestro tiene que ganar más que un diputado, la gente que trabaja en tu casa haciendo la limpieza tiene que ganar muy bien, no justo lo que diga el reglamento, porque cuando estamos todos bajo un mismo techo, somos iguales. Así deberían funcionar las cosas.

—Decías “van a pensar que quiero hacerme el bueno”. Sin embargo, tu imagen entre el público es tradicionalmente de buen tipo.

—Sí… (menea la cabeza, como diciendo “más o menos”).

—¿Por qué lo decís así, como si no lo fuera?

—No, bueno, porque últimamente he vivido situaciones un poco fuertes.

—¿Cómo te pegó eso, lo que dijeron Bertuccelli y Rivas?

—Mal, muy mal.

—¿Te lo esperabas?

—De ninguna manera. De ningunísima manera. Y no me lo esperaba porque no se condice con la realidad. Vos podés esperar algo semejante si tiene relación con algo que haya ocurrido.

—¿Por qué creés que salió a hablar Bertuccelli?

—No logro entenderlo. Creo ser un tipo observador, atento, pero no puedo creer que se haya generado tanto odio hacia mi persona y yo no me haya dado cuenta. Eso es lo que más me sorprende. Es indiscutible que la única forma en que vos podés difamar a alguien en público por un hecho privado es porque odiás.

—Vos al principio intentaste componer las cosas, ahora hablás de odio. ¿Qué cambió?

—Cometí un error. Esto es odio.

—¿Odio en el sentido de intento de destrucción?

—Intento de destrucción y de daño. Me descoloca. Mi tendencia natural es no involucrarme más en el tema porque me hace daño. La verdad es que no sé qué pasó.

—¿Es jodido trabajar con vos? ¿Sos difícil?

—No, no es jodido. Te doy mi palabra. Esto no inhabilita que alguien se pueda sentir mal por algún detalle. Tampoco soy un santo ni nada que se le parezca. A mí me gusta el trabajo y soy muy atento con mis compañeros. De más, a veces. Me meto con el peinado, con el vestuario, si les da la luz en la cara, trato de no ponerlo de espaldas al público en el escenario. No es difícil laburar conmigo. Puedo ser un poco más metido que lo aconsejable, hasta ahí llego. Puede ser que a alguien le joda que le diga si tal peinado le queda mejor o peor, pero nunca eso puede ser interpretado como un intento de daño. Al contrario, estoy tratando de beneficiar. De la misma forma que me gustaría que lo hicieran conmigo. Y nunca logré esa reciprocidad, salvo en un par de ocasiones. Si tal color te queda mejor o peor porque la luz te da de determinada forma, te lo tengo que decir. No puedo pensarlo y no decirlo, eso sería una traición. Sin embargo, tengo que reconocer que puede ser que algunas cosas mías caigan mal, sí.

—Vos siempre separaste la situación con Bertuccelli, que involucraba amistad, de la de Rivas, donde no la había. Lo que más llamó la atención es que dos personas salieron casi en simultáneo a acusarte de algo similar. ¿Por qué creés que fue así?

—Lo que puedo decirte es que el nivel de dolor o de daño fue distinto por la relación que tenía con cada una de ellas. Una era mi amiga, la otra no. Eso no significa que me haya llevado mal con Erica Rivas, todo lo contrario. Vivimos momentos fantásticos, ella es una gran actriz. Luchamos juntos arriba del escenario. Viajamos juntos. Tuvimos desencuentros, tuvimos discusiones, tuvimos reclamos recíprocos. Cometí errores y le pedí disculpas. Ella también cometió errores y nunca me pidió disculpas. Tampoco era para que desembocara en esto. Lo que te llama la atención, y que le llama la atención a mucha gente, es esta cosa de la simultaneidad. Probablemente, por ahí ande una posible explicación de cómo ocurrieron estas cosas. Yo al principio cometí un error muy grande, visto a la distancia: Valeria pidió que yo le pidiera disculpas públicas. No tendría que haberle pedido disculpas públicas por algo que era privado y ella hizo público.

—¿Cómo va a ser trabajar con tu hijo en la película que comienzan a filmar en octubre?

—Te juro que no lo sé (se ríe).

—¿Los van a comparar?

—Espero que no. Primero porque sería una falta de respeto para con él, que se ha hecho un camino solo. No ha abrevado en la teta de su padre ni nada que se le parezca. El es mucho más serio que yo. No solo es más inteligente, sino que tiene una preparación muy fuerte. Es mucho más informado que yo.

—¿Te referís a que él estudió formalmente actuación y vos no?

—No, me refiero a la vida. El es intransigente. Yo soy más flexible. Hasta ahora nos estamos llevando bien, lo que no significa que no discutamos. Discutimos. El tiene su temperamento.

—¿Tu temperamento cómo es?

—Yo soy un tipo tranquilo si no se me sale la cadena. No con mi familia, aunque han presenciado alguna situación de esas que me hubiera gustado borrar del disco rígido. Hay cosas que te sacan. Les pasa a muchos tipos que son tranquilos o amables. Cuando les tocan el culo, saltan de la peor manera. A mí me pasaba mucho eso, últimamente tengo más el control.

—¿Qué temas te sacan?

—La falta de respeto, la tocada de culo, la injusticia. Me saca el vivo, el que cree que se las sabe todas y te falta el respeto o le falta el respeto a alguien delante mío. Eso me saca. Porque, además, siempre estuve muy atento a cuáles son los generadores de violencia. Y meterles arena en los ojos a los demás es un gran generador de violencia.

 

Cuadernos y fortunas

—¿Te acordás el escándalo que se armó cuando preguntaste por el origen de la fortuna de los Kirchner? Visto a la distancia, ¿cómo te sentís ahora que salieron a la luz los cuadernos de Centeno, las confesiones de los arrepentidos? ¿Empiezan a responder tu pregunta?

—Por primera vez se empieza a responder. Porque por más que me hablaron nunca respondieron esa pregunta. Me acuerdo que en todo ese embrollo Antonio Gasalla dijo: “No sé para qué pregunta eso, si lo sabemos todos”. Lo que quería en ese momento era que alguien me explicara, nos explicara, cómo era el incremento de los patrimonios de los funcionarios públicos en general. Luego me repreguntaron por los Kirchner, y yo dije que también. En ese momento, lo que hice fue decir en voz alta algo que pensábamos muchos. No solo con respecto a ellos, sino a todo el andamiaje. Estamos empezando a obtener las tristes respuestas.

—¿Qué sentís en relación con esas respuestas y con el clima que se crea?

—No me siento nada bien. Hubiese preferido que alguien me dijera que habían estado aho-rrando con bitcoins y habían hecho movidas muy interesantes en la Bolsa de Tokio, y eso da como resultado que tengan miles de millones de dólares. Eso me hubiera dejado mucho más tranquilo que esto, que saber que todo eso salió de nuestros impuestos y de la confianza de la gente. Esto viene ocurriendo desde hace mucho tiempo. Esto no es patrimonio exclusivo de la década pasada.

—Mencionabas que dijiste en voz alta lo que muchos pensaban. ¿Sentís que todos saben que hay corrupción?

—Sí. Si uno tiene que ser absolutamente sincero, nos hemos acostumbrado a esto. El acostumbramiento tiene una cuestión altamente tóxica, que es que ya lo tenemos metido en el ADN. Lamentablemente, hemos aprendido a convivir con estas anomalías.

—Y a considerarlas normales.

—Claro. Confundimos mucho los términos. “Común” es “común a todos”, “normal” es otra cosa. Siento que es doloroso hacer un mea culpa, pero debemos hacerlo como sociedad.

—¿Creés que afecta a todas las áreas de la estructura social?

—A casi todas las esferas. Tiene que ver con nuestra forma de ser. Nos hemos desapegado de la ley, nos hemos alejado de las normas para convivir en sociedad. Estamos un poco alejados de eso. Levantás la tapa en el gremio que quieras, y lo que encontrás no es bueno.

—¿El mundo del cine es muy distinto?

—En cierto sentido sí. Pero también interviene la parte empresarial. Cuando hay intereses de por medio, se confunden los términos. A veces se pone salvaje.


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