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Desencontrarse para encontrarse

Tiene trabajo, novio, casa propia. Todo lo que ‘debería’ alcanzar. Y sin embargo, quiere irse. La historia de una paciente que descubrió que el problema no era su vida, sino quién la había escrito antes que ella. | Por Dalina De Cicco, Lic. en Psicología

Lic. Dalina De Cicco
Lic. Dalina De Cicco | CONTENT PERFIL

Emilia ingresa al consultorio. Tiene unos veintis. Cuando entra, siento olor a tabaco. Fresco. Como si hubiera sido testigo de ese último cigarrillo. Los ojos le brillan y el borde enrojecido, después de llorar, dibuja un delineado rosa.

Se sienta. Mira al piso.

“Ay Dali, yo sé que mi vida acá va bien… pero no puedo quedarme”.

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Tiene un trabajo estable, un novio y su propio departamento. Una vida “esperable”.

“No me falta nada… y eso es lo que más me confunde”.

Durante años fue “la rebelde” de la familia. La que iba en contra, la que desordenaba lo esperado. Hasta que dejó de serlo.

Se acomodó. Hizo todo “bien”. Logró esa versión que tanto le habían marcado. Y, sin embargo, algo empezó a hacer ruido.

“Es como si mi familia ya supiera todo de mi antes de que yo haga algo. Siento que todos ya saben qué esperar de mis decisiones.”

Porque no es solo lo que hizo. Es la voz que la acompañó siempre.

“Vos siempre igual, eh”. “Siempre rebelde”. Siempre dando letra”.

Un narrador constante, adelantado, que le dice quién es antes de que pueda descubrirlo por sí misma.

Y entonces, ¿cómo equivocarse? ¿Cómo probar? ¿Cómo elegir si ya hay una versión escrita de antemano?

Irse empieza a tomar otro sentido.

“No quiero irme para hacer algo distinto… quiero poder elegirlo yo”.

Ahí aparece el desarraigo. No como escape, sino como posibilidad.

Como una raíz que, aun en tierra firme, empieza a ahogarse. No porque falte, sino porque no hay aire. Porque el suelo sostiene, pero también fija.

Y las raíces, para crecer, necesitan espacio.

“Me da miedo irme pero más miedo me da no saber quién soy sin las predicciones de mi familia”.

Y quizás de eso se trate.

De irse lo suficiente como para que el silencio reemplace a las voces.

Como para que el error sea propio.

Como para que la elección también lo sea.

Porque a veces una no se va para cambiar de vida, sino para, por primera vez, poder vivirla sin un narrador de fondo.

Dalina De Cicco | Lic. en Psicología (MN 79148)
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