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Donde el patrimonio vuelve a sentarse a la mesa

Buenos Aires cambia todo el tiempo. Cambian las formas de vivirla, los usos de sus edificios y también la arquitectura con la que cada época deja su marca. A comienzos del siglo XX ocurría algo parecido: la ciudad crecía, miraba a Europa y empezaba a poblarse de grandes residencias particulares que expresaban nuevas formas de prestigio, sociabilidad y vida urbana.

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En ese contexto, sobre la calle Florida, Juan Gregorio Peña y Adela Blayer encargaron al arquitecto belga Julio Dormal la construcción de su residencia familiar. El Palacio Peña comenzó a levantarse en 1896 y fue inaugurado en 1902, antes incluso que algunas de las grandes residencias que luego se volverían emblemas de la Belle Époque porteña. Dormal, quien años después tendría a su cargo la finalización del Teatro Colón, proyectó una vivienda de estilo academicista francés, con una riqueza material que todavía hoy se reconoce en cada ambiente.

La casa combinaba la vida privada de la familia con una intensa actividad social. En la planta noble se distribuían los salones de recepción, el comedor y el gran hall; arriba se encontraban los aposentos privados. Había también un pasaje para carruajes, una barbería y un jardín de invierno. Entre esos ambientes se destacaba el Salón de las Pinturas, creado para alojar la colección de arte de Juan Gregorio Peña, algo que no todas las familias de la época incorporaban con ese protagonismo a sus residencias.

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Más de un siglo después, buena parte de esa organización sigue siendo reconocible. Tras casi cien años como sede de la Sociedad Rural Argentina, el edificio inició una nueva etapa con una puesta en valor que llevó catorce meses. El criterio fue recuperar tanto como fuera posible de la construcción original. Molduras, vitrales, pisos, carpinterías, arañas, techos, fachada, tapicerías y revestimientos fueron restaurados con la participación de especialistas y trabajadores de oficios que hoy son cada vez menos frecuentes.

La primera impresión ayuda a entender el resultado. Apenas se atraviesa la entrada aparece el Gran Hall, un espacio de doble altura dominado por la escalera de honor. Al levantar la vista, un gran vitral cubre el cielorraso. A partir de allí, la casa se abre en una sucesión de salones que conservan proporciones, materiales y detalles de otra época, pero que volvieron a tener uso.

Ahí aparece una de las ideas centrales de Casa República. El Palacio Peña no fue recuperado para quedar detenido como una pieza de museo ni únicamente para ser recorrido. Hoy se puede tomar un café, almorzar, atravesar sus salones, observar sus vitrales, conocer su historia, realizar eventos sociales y habitar un espacio que conserva su identidad sin renunciar a una función contemporánea. Incluso varios ambientes mantienen usos cercanos a los originales: el comedor sigue siendo comedor, otros salones sociales hoy reciben mesas y el antiguo pasaje de carruajes funciona como espacio de exhibición.

Conservar, entonces, no supone negar las transformaciones de la ciudad. La arquitectura, como cualquier expresión cultural, cambia junto con la sociedad. Nuevas formas de construir y habitar aparecen con cada época. Pero existen edificios cuya riqueza histórica, material y arquitectónica merece encontrar una manera de seguir formando parte de la vida urbana. En el Palacio Peña, preservar no significó inmovilizar, sino volver a darle uso.

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La propuesta gastronómica suma otra capa. Casa República busca funcionar como una puerta de entrada a distintas regiones del país a través de platos, productos y materias primas argentinas. La intención federal atraviesa la carta y también explica el nombre del proyecto: una casa que aloja una mirada sobre la República Argentina desde su gastronomía, su cultura y sus territorios.

Quizás sea esa combinación la que explica parte del atractivo actual del lugar. El Palacio conserva una forma de construir y de pensar los espacios que pertenece a otra época, pero no por eso quedó fuera del presente. Sus salones vuelven a recibir gente, sus puertas están abiertas y alrededor de sus mesas ocurren nuevas historias. Preservarlo no fue dejarlo quieto, sino encontrar una forma de que siguiera vivo.

Nicolas de la Cruz
Canciller de Casa Republica
Florida 460. Caba.
@casarepublica.ar
@palacio.casarepublica