Algo que me llamó poderosamente la atención a lo largo de mi experiencia clínica es que las consultas más frecuentes se ubican en torno a la necesidad de “entenderlo todo”, o, en otras palabras, la intolerancia a la incertidumbre. Nada puede quedar por fuera de nuestro control, como si la situación excediera al sujeto y no existiera ningún sostén que enmarque el accionar del Otro.
A su vez, es notorio el aumento —en la existencia o, al menos, en el reporte— de los trastornos mentales en los últimos años. Sería imprudente, sin embargo, adjudicar este fenómeno a una causa única. Sabemos que el malestar psíquico no responde a una sola causa, sino a una lógica multifactorial. En este sentido, el presente artículo propone explorar un doble efecto que, de forma dialéctica, impacta en el bienestar subjetivo.
El primero de estos efectos es la ausencia de sostenes simbólicos. El sostén simbólico otorga sentido a las acciones del sujeto, es decir, permite nombrar la experiencia. Funciona como una estructura que organiza la realidad, disminuyendo la angustia que puede significar una existencia sin sentido ni horizonte. A su vez, opera como un tejido que nos sostiene frente a lo desbordante y como lugar de identidad y pertenencia: ideales, proyectos, discursos compartidos. Instituciones como la religión, la escuela o los clubes han cumplido históricamente ese rol. Hoy, entre los avances científicos y los accionares cuestionables de dichas instituciones, su autoridad se ha visto debilitada. A este fenómeno podemos llamarlo “pérdida de lo simbólico”.
Ahora bien, este efecto no es único. Viene aparejado de otra experiencia social: la invalidación de la experiencia junto con una exigencia de sentido individual. “¿Cómo lo vas a sufrir si tenés todo?”, “tenés que saber quién sos, qué querés, por qué te pasa lo que te pasa”. La sociedad supone que, satisfechas ciertas necesidades, no debería haber sufrimiento. Sin embargo, cada vez más estas necesidades no están siendo satisfechas para todos, en un contexto de aumento de la pobreza y la indigencia a nivel mundial.
A su vez, elijo refutar la idea de que somos únicamente sujetos de necesidad: somos sujetos de deseo. Cuando se impone que “deberíamos estar bien”, se estigmatiza el padecer y se rechaza la duda.
La consecuencia que emerge de este doble efecto es una sociedad que exige sentido mientras debilita los marcos que históricamente lo sostenían. ¿El resultado? Sobrepensamiento, búsqueda compulsiva de certeza, trastornos de ansiedad y padecimientos ligados a la pérdida de sentido.
Resulta crucial, entonces, la creación, construcción y fortalecimiento de instituciones inclusivas, integrales y abarcativas que sean un espacio comunitario de escucha, actividades, sostenes y pertenencias, para que, de forma gradual, se desarme este doble efecto que genera gran impacto en las subjetividades actuales.
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