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El perdón no es una deuda. Por Romina Raschi

No toda herida debe concluir en absolución. A veces sanar no significa perdonar, sino dejar de traicionar la propia verdad para satisfacer la conciencia de los demás.

El perdón no es una deuda. Por Romina Raschi
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Durante siglos se presentó el perdón como la cima moral del ser humano. Sin embargo, convertirlo en una obligación puede ser otra forma de violencia: después de sobrevivir al daño, la víctima también debe liberar a quien lo provocó. Tal vez haya llegado el momento de reconocer que existen actos perdonables y otros frente a los cuales decir «no» también puede ser una forma de dignidad.

El perdón no es una deuda. Por Romina Raschi

Nos enseñaron que las buenas personas perdonan. Que el rencor enferma, que la evolución comienza cuando absolvemos y que ninguna herida debería resistirse al tiempo. Así, el perdón dejó de ser una posibilidad íntima para convertirse en una exigencia moral. Y muchas personas, todavía sangrando, aprendieron a pronunciar un «te perdono» que jamás había nacido en ellas.

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Pero no todos los daños tienen la misma estatura.

Hay errores cometidos sin intención, palabras que se precipitan y arrepentimientos capaces de asumir sus consecuencias. Frente a ellos, el perdón puede ser un acontecimiento extraordinario: no borra lo ocurrido, pero impide que una equivocación se convierta en destino.

También existen traiciones planificadas, humillaciones sostenidas, abandonos imperdonablemente crueles y violencias que parten una vida en dos. Pedirles a quienes las padecieron que perdonen para demostrar que han sanado equivale a imponerles una última injusticia: obligarlos a ofrecer paz a quien les declaró la guerra.

No perdonar también puede ser una forma de paz

No perdonar no significa construir una casa dentro del odio. Se puede abandonar el resentimiento sin absolver al responsable. Se puede seguir adelante sin reconciliarse. Se puede recuperar la alegría sin cambiarle el nombre a aquello que fue devastación.

Sanar no siempre consiste en abrir la puerta. Algunas veces consiste en cerrarla definitivamente y comprender que ningún mandato espiritual, familiar o social tiene derecho a exigirnos que vuelva a entrar quien destruyó la casa.

El perdón verdadero, cuando llega, no necesita amenazas ni calendarios. No nace del miedo a ser considerado cruel, inmaduro o resentido. Nace de una libertad interior que nadie puede imponer. Y si no llega, también debe existir espacio para esa verdad.

Quizá la evolución no consista en perdonarlo todo, sino en dejar de mentirnos. En distinguir entre el error humano y la crueldad elegida. En comprender que la compasión no exige amnesia y que la bondad no obliga a renunciar a la dignidad.

Porque hay heridas que encuentran alivio en el perdón. Pero otras comienzan a sanar el día en que dejamos de esperar una disculpa, recogemos nuestra vida de entre los escombros y pronunciamos, sin culpa y sin pedir permiso, la palabra que finalmente nos devuelve a nosotros mismos: basta.

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