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Ilusión de productividad: cuando trabajar más no implica rendir mejor

Lic. Marina Villalba — Psicóloga Clínica y Organizacional | MN 68948 / MP 62.892. Galería de fotos

Ilusión de productividad: cuando trabajar más no implica rendir mejor
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Muchas organizaciones hoy miden productividad por señales visibles: reuniones, disponibilidad, respuesta inmediata. El equipo está conectado, activo, respondiendo. Todo parece indicar que se está rindiendo bien.

Pero hay una diferencia que pocas veces se examina con rigor: la diferencia entre actividad y rendimiento real.

En entornos híbridos y digitales, el trabajo se fragmenta de manera sostenida. Notificaciones constantes, cambios de tarea, multitarea como norma. Lo que la neurociencia cognitiva y la psicología del trabajo vienen documentando hace años es que el cerebro humano no está diseñado para operar en ese nivel de dispersión de forma continua. El costo no es inmediato ni espectacular: es gradual. Se deteriora la concentración profunda, baja la calidad en la toma de decisiones, aumentan los errores evitables.Desde afuera, el equipo funciona. Desde adentro, está operando al límite.

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Esto genera lo que podríamos llamar una ilusión de productividad: la organización mide presencia y velocidad de respuesta, pero no calidad cognitiva. Se reconoce a quien siempre está disponible, no necesariamente a quien piensa con más claridad. Y el costo aparece después, cuando ya es difícil rastrear la causa.

Ilusión de productividad: cuando trabajar más no implica rendir mejor

El desgaste que describe Christina Maslach y la distinción que desarrolló Daniel Kahneman entre pensamiento rápido y pensamiento lento convergen en un mismo punto: cuando la exigencia es constante y la fragmentación es la norma, el sistema de pensamiento reflexivo, el que evalúa con claridad, se agota primero. Lo que queda operando es el pensamiento automático, reactivo, propenso al error. Eso no se resuelve con más motivación, ni con beneficios, ni con un taller de bienestar.Se resuelve entendiendo cómo funciona el rendimiento humano bajo presión sostenida.

Las organizaciones que empiecen a mirar esto, que aprendan a distinguir entre equipos activos y equipos que realmente piensan con claridad, van a construir una ventaja difícil de replicar. No porque exijan menos, sino porque van a dejar de perder rendimiento donde hoy ni siquiera están mirando.

El punto crítico es que este problema no se corrige solo. No alcanza con reducir reuniones ni con promover pausas. Requiere intervenir sobre la forma en que se toman decisiones, se gestiona la atención y se estructura el trabajo real.

Ahí es donde la psicología aplicada deja de ser teórica y pasa a ser estratégica: permite detectar dónde se está perdiendo rendimiento, por qué ocurre y qué cambiar de forma concreta.

Porque en contextos de alta exigencia, no gana el equipo que más hace, sino el que sostiene mejor su capacidad de pensar.

La pregunta ya no es si su equipo está trabajando.Es si su organización está diseñada para que pueda rendir.