La falta de amor suele ser un vacío original: el afecto no llegó a nacer, las expectativas no coincidieron desde el principio o nunca se construyó un proyecto en común. El desamor, en cambio, es un proceso mucho más doloroso y complejo porque habla de algo que estuvo ahí, que latió con fuerza y que, con el tiempo, se fue desgastando.
El desamor habita en las historias que sí existieron. Es la transformación de una complicidad profunda en una convivencia desconectada. Ocurre cuando los acuerdos se rompen en silencio, los pequeños gestos se vuelven invisibles y el vínculo deja de ser un refugio para convertirse en un territorio donde las personas se sienten solas estando juntas. No ocurre de golpe; se construye en el descuido cotidiano, cuando dejamos de registrar al otro y de nutrir la relación.
Imaginemos a dos personas que supieron construir una complicidad inquebrantable, celebrando cada logro mutuo con entusiasmo. Hoy, en cambio, comparten la mesa en absoluto silencio, atrapados en una rutina donde hablar se limita a coordinar horarios y pagar cuentas. Mantenerse unidos por inercia solo erosiona el afecto genuino que alguna vez los unió.
Reconocer el desamor no implica buscar culpables ni juzgar al otro por lo que ya no siente. Entenderlo como la etapa final de un ciclo desgastado nos permite soltar la exigencia de "remar" algo que perdió su sentido. Aceptar que algo cambió no es fracasar; es darle lugar a la verdad para transitar una despedida madura.
Para transitar este camino de forma saludable, es necesario poner en práctica algunas actitudes como diferenciar el presente del recuerdo, aceptar el desgaste sin buscar culpables para dar lugar a analizar la dinámica vincular, comunicar el distanciamiento desde el propio sentir, y priorizar la tranquilidad emocional, por mencionar algunas.
Comprender en qué terreno estamos parados nos devuelve la claridad necesaria para cuidar de nosotros mismos.

Lic. Florencia Bondaz
MN 76158
Ig: @psi.florenciabondaz