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IDEAS / Opinión
jueves 24 enero, 2019

Un espejo

En Venezuela el orden constitucional e institucional está quebrado y esto también sucede, en menor medida, en Argentina.

venezolanos reunidos en la plaza del teatro colon Foto: Noticias argentinas
jueves 24 enero, 2019

En Venezuela no hay división de poderes. El problema de la falta de división de poderes es que los poderes en una República se contrapesan y controlan entre sí, pero en Venezuela, como está todo el orden constitucional e institucional quebrado, estos poderes en vez de controlarse entre sí, compiten entre sí. Y ese es un problema que también la Argentina, en menor medida, tiene.

Los poderes en vez de controlarse y contrapesarse, "negocian" entre sí, se "encuentran", hacen "política" juntos: corporativamente. Se barre todo "formalismo" institucional, porque en rigor tampoco hay genuina "burocracia" (en sentido hegeliano) Así pasamos de la división de poderes de una república, a los gobiernos de clase: de una división horizontal democrática pasamos a una vertical, "autoritaria". Son los de "arriba" que gestionan, sean jueces, legisladores, ministros, o empresarios (todos de un mismo sector social): conforman todos un mismo sector "político" ("amigos"), contra otro (los de abajo, con sus líderes "populistas"). El fin de la república en Venezuela es un espejo en el que conviene mirarnos, porque Argentina transita hace tiempo el mismo camino, agravado hoy, con un congreso silenciado y una prensa acrítica, que no agencia debate político alguno y con partidos que no cumplen el rol constitucional asignado. No hay genuino diseño institucional, de pesos y contrapesos, de República. No hay República ni en Venezuela, ni en Argentina. No hay poderes independientes que se contrapesen y controlen entre sí. Hay nepotismo, amiguismo. Hay poderes cooptados en ambos países: familiaries, sobrinos, amantes, amigos, son todos funcionarios en el Congreso, en el Ejecutivo, en la Justicia.

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En Venezuela, como en Argentina, el empleo público es un capital político: una forma de clientelismo vergonzante. En una república, el acomodo no es la forma principal de ingreso al Estado. En Argentina y Venezuela, dos pseudo repúblicas, el "acomodo" político o familiar es la principal vía de acceso al empleo público. Y los servicios de inteligencia, en un país como en otro, cooptan y condicionan cada vez más el accionar del Estado, sobre todo de las causas judiciales, que debieran ser "independientes“. Esta falta de "independencia“ en la Justicia es un problema que Argentina y Venezuela comparten, al punto de que nuestro presidente quiso designar por decreto a dos ministros de la Corte Suprema, lo cual es inconstitucional. Todo esto se hizo en nombre de las "instituciones".

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Son problemas que la política en cuanto tal no puede resolver, porque la doctrina de pesos y contrapesos, esencial para cualquier república, está quebrada. Por eso es absurdo, en este escenario, pedir "diálogo", como pide Bachelet o Guterres, jefe de la ONU: porque los canales de ese diálogo están quebrados. No existen. No hay canales para que ese "diálogo" sea posible. Son las instituciones de la democracia que no están. Esas burocracias, además de estar institucionalmente impedidas, están conformadas por funcionarios que en su mayoría no están preparados para el cargo: son "amigos", amantes (como el caso de la mujer de Julio Cobos, o el peso en la Justicia del actual presidente de un club de fútbol, íntimo amigo del Presidente Macri, ex presidente del mismo club), militantes, "cuadros", no funcionarios en el sentido republicano (hegeliano) moderno. Hablando con propiedad, son elefantes sin burocracia. Esto es: "ineficiencia". Amigos no preparados. Por eso el Estado "no funciona". No es eficiente, porque el amiguismo orada al Estado.

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Respuesta aparte merece la postura pueril del gobierno argentino, que está más preocupado por lo que piense o no el kirchnerismo que por definir una posición propia que coadyude a encontrar un camino no autoritario en Venezuela. Como en cada tema que toca, en el gobierno argentino prima siempre la superficialidad y el marketing interno. Dos síntomas de atraso.  


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