INTERNACIONAL
señales previas

Cancillería dejó atrás las “medias tintas” con Venezuela y consolidó el giro pro Washington

La reacción oficial del gobierno de Javier Milei tras la captura de Nicolás Maduro confirmó una definición que venía gestándose en silencio: respaldo explícito a Estados Unidos, abandono de la cautela diplomática y una política exterior alineada con la nueva estrategia hemisférica de Washington. “Estamos defendiendo la libertad y la democracia en conjunto con los Estados Unidos. No es momento de tibiezas”, afirmó el canciller Pablo Quirno.

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Festejos. Cientos de venezolanos se concentraron en el centro de la Ciudad de Buenos Aires para expresar su alegría. | Pablo Cuarterolo

La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos no tomó por sorpresa a la Cancillería argentina. Lejos de ser leída como un quiebre abrupto del statu quo regional, fue interpretada como la confirmación de un escenario que el gobierno de Javier Milei ya daba por descontado desde diciembre. Especialmente luego de que el comentarista conservador estadounidense Tucker Carlson amplificara el rumor que circulaba cada vez con más fuerza en los pasillos diplomáticos: la caída del régimen venezolano.

La diferencia, esta vez, fue el tono. No hubo cautela, silencios estratégicos ni nuevas presentaciones ante la Corte Penal Internacional para insistir con el viejo pedido de captura del mandatario venezolano. Hubo respaldo explícito. “Estamos defendiendo la libertad y la democracia en conjunto con los Estados Unidos”, publicó el canciller Pablo Quirno en su cuenta de X tras conocerse la noticia del ataque que sacudió al mundo el sábado. “No es momento de tibiezas, cuando uno pelea por la libertad no hay margen para las medias tintas”. Las frases condensan una definición política que en el Palacio San Martín describen como irreversible, en función del alineamiento total con Washington y Tel Aviv impulsado por el gobierno libertario.

El comunicado oficial de Cancillería fue en la misma dirección. Allí se sostuvo que la captura de Maduro “abre una etapa que permita al pueblo venezolano recuperar plenamente la democracia,” y se reiteró el respaldo a Edmundo González Urrutia y María Corina Machado. Así, el Gobierno caracterizó al chavismo en el terreno del crimen organizado y el narcotráfico, en línea con la retórica de Trump, marcando la diferencia con otros actores de peso regional que no lograron desescalar el conflicto como el brasileño Lula da Silva o la mexicana Claudia Sheinbaum.

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En rigor, la posición argentina no se improvisó. Hace semanas, en voz baja, un sector del Gobierno admitía que, ante una disolución de la cúpula chavista —ya fuera mediante una transición negociada o forzada— la Argentina avanzaría rápidamente en el reconocimiento de nuevas autoridades. Mientras ese escenario no se materializaba, y crecían las acusaciones por “ejecuciones extrajudiciales” contra su socio del Norte por los bombardeos a las presuntas narcolanchas, en Cancillería preferían la cautela antes que la estridencia. Incluso a pesar de que varios dirigentes libertarios afirmaban “de buena fuente” que la captura de Maduro era una cuestión de días.

Para Milei, la salida de Maduro encaja de manera casi perfecta con su narrativa global de defensa de la libertad y de los “valores occidentales”. No es un reflejo aislado. Ya lo había demostrado al respaldar en Honduras al candidato “anticomunista” de su socio del norte, Tito Asfura, pese a su cercanía con el expresidente Juan Orlando Hernández, preso en Estados Unidos por narcotráfico e indultado por Trump.

La definición argentina también se inscribe en un contexto internacional más amplio. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos —conocida como el “corolario Trump” o “doctrina Donroe”— volvió a enfatizar que Iberoamérica es una prioridad geopolítica y una zona de influencia vital, en función de la competencia con otros actores internacionales. Venezuela aparece como el caso testigo: petróleo, migración, crimen transnacional y vínculos con China y Rusia convergen en un mismo tablero.

“En ámbitos militares dicen que el camino hacia Taipéi es Caracas”, sintetizó el analista Andrei Serbin Pont, en relación a la supuesta repartición de esferas de influencia del mapamundi entre Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin. La frase circula en despachos diplomáticos y cobra sentido si se observa la secuencia reciente: días antes de la captura de Maduro, Estados Unidos aprobó una nueva venta de armas a Taiwán, mientras China respondió con ejercicios militares con fuego real. El Caribe, el Indo-Pacífico y Ucrania ya no son escenarios desconectados.

Desde el oficialismo libertario, la lectura busca desideologizar el episodio. “No veo evidencia de que Vladimir Putin ‘ayudara’ a Donald Trump en el sentido clásico. Lo que sí hubo fue una guerra cognitiva a gran escala donde múltiples actores aprovecharon vulnerabilidades internas de Occidente”, explicó Iván Dubois, diputado del Parlasur y presidente de la Internacional Libertaria. “Eso es nuevo. Y no necesita una dictadura omnipotente detrás, alcanza con sistemas políticos frágiles”, agregó. Dubois fue aún más explícito sobre el destino del chavismo: “Y en política, como en la vida, el que las hace las paga. Nadie respalda realmente a un tirano incompetente, ni siquiera Rusia o China”.

Con el caso del gendarme argentino Nahuel Gallo como telón de fondo, con la captura de Maduro la Cancillería dejó atrás las zonas grises. En un orden internacional cada vez más conflictivo, eligió una posición nítida: alinearse con Washington, asumir costos y convertir la política exterior en una extensión coherente del relato libertario. En tiempos de redefiniciones globales, abandonar la histórica neutralidad de la política exterior argentina reabre un escenario incierto cuyos costos todavía están por medirse.