INTERNACIONAL
Una metáfora de su pensamiento

El ajedrez de Peter Thiel

Su lectura del mundo lleva a Peter Thiel a pensar la política global como una partida de ajedrez entre fuerzas del progreso y del control. Su confrontación intelectual con el Papa León XIV, sumada a sus referencias a Tolkien, la inteligencia artificial y la guerra tecnológica.

Los jugadores de Ajedrez, Frederich August Moritz Retzsch
Los jugadores de Ajedrez, Frederich August Moritz Retzsch | Dominio Público

Peter Thiel ha sugerido que el Papa León XIV representa lo que él llama “el Anticristo”. El Papa, en su encíclica, ha criticado duramente el aceleracionismo de Thiel. Quizás Peter Thiel, aficionado experimentado al ajedrez, vea finalmente la civilización como un tablero en el que se enfrentan las fuerzas del bien contra las del mal.

Thiel ama el ajedrez desde hace décadas. En 2010 protagonizó una interesante conversación televisiva en la cadena francoalemana Arte junto a Garry Kasparov. El encuentro tenía una carga simbólica especial. Kasparov había sido el representante de la humanidad en aquella célebre batalla contra Deep Blue en 1997, cuando una computadora derrotó por primera vez a un campeón mundial vigente. De algún modo, Kasparov fue el delegado de la inteligencia humana cuando la disputa se dio sobre el tablero de 8x8.

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Durante aquella conversación, Kasparov sostuvo que el ajedrez había funcionado durante siglos como la prueba máxima de inteligencia. Recordó cómo las computadoras terminaron imponiéndose gracias a una capacidad de cálculo superior. Sin embargo, advertía que el futuro probablemente residiera en la combinación entre capacidades humanas y capacidades artificiales. Lo interesante es que Thiel utilizó ese debate para desarrollar una preocupación mucho más amplia.

Según su visión, el verdadero problema no es que las máquinas avancen demasiado rápido sino que la civilización avance demasiado lento. Thiel expuso que, después de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y especialmente tras la aparición de las armas nucleares, Occidente desarrolló una cultura obsesionada con la prevención del riesgo. Organismos regulatorios, burocracias estatales y políticas de protección habrían terminado creando una red de restricciones que desalienta la innovación. Por eso defiende una postura aceleracionista: asumir mayores riesgos en ciencia, energía nuclear, exploración espacial e inteligencia artificial para evitar lo que considera un estancamiento civilizatorio.

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Entre sus aperturas preferidas aparece la Defensa Siciliana, una de las respuestas más agresivas contra el peón rey. La Siciliana busca posiciones desequilibradas, acepta riesgos tempranos y privilegia la iniciativa por encima de la seguridad. Una analogía con el pensamiento político y tecnológico de Thiel.

Pero el ajedrez no es la única pasión intelectual que ayuda a descifrarlo. Existe otra referencia constante en su universo: la obra de Tolkien. Lo llamativo es que el creador de la Tierra Media, partícipe de la Primera Guerra Mundial, sacó la conclusión histórica opuesta .

En El Señor de los Anillos, la segunda parte de la trilogía se titula, casualmente, Las Dos Torres. Allí aparece Sauron, el gran antagonista de la Tierra Media, representado por el ojo que todo lo ve. Una de las herramientas que utiliza para ejercer su influencia son precisamente los palantíri, piedras mágicas capaces de observar acontecimientos a distancia y comunicarse entre sí.

No hace falta demasiada imaginación para advertir por qué Thiel eligió ese nombre para su empresa especializada en análisis de datos, inteligencia estratégica y vigilancia que lo convirtió en una de las figuras más influyentes del complejo tecnológico-militar estadounidense.

La referencia continúa con Anduril, otra iniciativa vinculada a su ecosistema empresarial. El nombre proviene de la espada de Aragorn. La empresa desarrolla sistemas militares autónomos, drones y tecnologías de defensa impulsadas por inteligencia artificial. Curiosamente, buena parte de la discusión contemporánea sobre el uso militar de la IA pasa justamente por compañías asociadas a la visión tecnológica que Thiel impulsa.

Lo fascinante es que Tolkien probablemente habría estado en desacuerdo con muchas de estas ideas. El escritor británico concibió la Tierra Media durante una convalecencia provocada por una fiebre contraída en las trincheras. Su obra está atravesada por una profunda desconfianza hacia la industrialización de la guerra, la mecanización y el avance tecnológico deshumanizado. Los ejércitos de Sauron suelen interpretarse precisamente como una metáfora de ese poder maquinal que amenaza con destruir el mundo natural.

Thiel, sin embargo, extrae de esa misma obra una conclusión opuesta. Allí donde Tolkien veía una advertencia contra el exceso de tecnología, él ve una advertencia contra quienes intentan frenarla. Greta Thunberg, los movimientos ambientalistas y buena parte de las regulaciones contemporáneas representan para Thiel un peligro porque podrían terminar justificando formas cada vez más centralizadas de control político. En El Señor de Los Anillos, son justamente los Ents, árboles vivientes, quienes derrumban la torre de Saruman, donde se encuentra el palantir.

Durante los últimos meses, mientras profundizaba su vínculo con la Argentina —donde se reunió con Javier Milei, adquirió una residencia y participó de encuentros con empresarios locales— volvió una y otra vez sobre un tema que lo obsesiona: el Anticristo.

En marzo de este año viajó a Roma para desarrollar esta tesis en una serie de conferencias privadas. Según su interpretación de ciertas profecías cristianas, el Anticristo del siglo XXI no aparecería como un tirano evidente ni como un dictador militar. Se presentaría, por el contrario, como alguien dispuesto a salvar a la humanidad de amenazas existenciales como la guerra nuclear, el cambio climático o una inteligencia artificial fuera de control. El riesgo es que, en nombre de esa protección, termine justificando la creación de una autoridad global cada vez más centralizada.

Resulta difícil no encontrar allí un eco de la discusión que mantiene actualmente con León XIV. Mientras Thiel advierte sobre un Leviatán regulatorio mundial que frene el progreso científico, el Papa ha alertado sobre los peligros éticos de una inteligencia artificial desbocada.

Quizás por eso el ajedrez sea una metáfora tan adecuada para comprender a Peter Thiel. El tablero obliga a pensar en largo plazo, a aceptar sacrificios y a calcular consecuencias que pueden tardar decenas de movimientos en manifestarse. Nada está garantizado. Nada está completamente resuelto.

Existe una pintura famosa que resume esta tensión. Se trata de Checkmate, de Friedrich Moritz Retzsch. En ella aparece un joven disputando una partida de ajedrez contra el Diablo por el destino de su alma. El demonio parece haber ganado. El muchacho observa el tablero con desesperación mientras una figura angelical contempla la escena.

La leyenda cuenta que el gran maestro Paul Morphy —aunque otras versiones atribuyen la observación a Wilhelm Steinitz— vio el cuadro en una galería y comenzó a estudiar la posición. Tras unos minutos exclamó que el Diablo estaba equivocado: las blancas todavía disponían de una combinación ganadora que nadie había advertido.

Quizás esa sea la mejor enseñanza de toda esta historia. Frente a magnates tecnológicos, algoritmos cada vez más sofisticados, armas autónomas, inteligencias artificiales y profecías apocalípticas, siempre puede existir una jugada que todavía no vimos. Como en el ajedrez, la partida rara vez está decidida de antemano. Y la creatividad humana sigue siendo, al menos por ahora, una pieza capaz de cambiar el resultado del juego.