El inicio de la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania, hace cuatro años, cambió el escenario en Europa, pero también en América Latina. Y es que las relaciones entre Moscú y esta región nunca habían sido tan estrechas como en el siglo XXI.
Desde la llegada al poder de Vladimir Putin, en 2000, el acercamiento político se consolidó a fuerza de visitas de Estado, contactos con organizaciones regionales y no gubernamentales, y una mayor presencia de medios de comunicación rusos. Prueba de estos contactos es que Rusia llegó a convertirse en el país extrarregional con más documentos bilaterales firmados por Argentina: 77 entre 2008 y 2022.
Aquel 24 de febrero de 2022, inicio de lo que el presidente ruso llamó “Operación Militar Especial”, fue un quiebre. Tan sólo en Argentina, la percepción positiva respecto a Rusia cayó de más del 50% a menos del 30% entre 2020 y 2023, y en el resto de Latinoamérica los números fueron similares.
Al mismo tiempo, hubo un declive en las relaciones diplomáticas formales, con embajadas rusas que pasaron a mostrar un perfil notablemente más bajo y gobiernos locales que no quieren aparecer cercanos al Kremlin. Sin embargo, Rusia no ha desaparecido del mapa y aquellas relaciones formales han sido reemplazadas por conexiones informales, por redes de influencia que abarcan espacios alternativos.
En los últimos cuatro años se han creado organizaciones locales que buscan estrechar lazos con Moscú en materia comercial, cultural o académica, y se suma un creciente rol de figuras públicas como periodistas, académicos e influencers.
Por ejemplo, el Centro de Integración y Cooperación de Rusia y América Latina (Cicral) y la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (Adacri) nacieron en 2024.
Y la presencia de Rusia se consolida a través de medios de comunicación, desde RT, su canal de televisión oficial, a los medios locales más pequeños.
Con discursos políticamente ambiguos, Rusia apela a sectores diversos, pero sus principales objetivos son aquellos que pueden identificarse con posiciones de relativa extrema izquierda o derecha. En el primer caso, funciona un relato antiimperialista que explota sentimientos antiestadounidenses tradicionalmente fuertes en América Latina. Ante este público, Rusia se presenta como un contrapeso a la OTAN (relevante especialmente por el reclamo argentino sobre las islas Malvinas, territorio controlado por el Reino Unido, miembro de la alianza atlántica), y un promotor de un mundo “multipolar” en el que EE.UU. pierda influencia. Para el segundo grupo, las derechas, Moscú utiliza cada vez más estas redes para mostrarse como supuesto baluarte de los valores tradicionales, especialmente en lo que respecta a temas LGBT+. Pero también se presenta como un país estricto, estable y socialmente ordenado. El crimen y el narcotráfico parecen no existir en la Rusia represiva de Putin.
El siguiente público objetivo en Argentina son los partidos opositores, principalmente el peronismo, con el que Rusia firmó 63 documentos bilaterales durante los mandatos de Cristina Kirchner y Alberto Fernández. Si Javier Milei se muestra lejano a Rusia, al menos un sector de la oposición busca acercarse, ya sea por ideología o por pragmatismo: para promover un mayor intercambio comercial o simplemente como una forma de diferenciarse ante el electorado.
Las renovadas relaciones descansan también en las conexiones comerciales. Es cierto que América Latina está lejos de ser el principal cliente y/o proveedor de Rusia, pero eso no significa que no le interese. Moscú cuenta con una industria muy desarrollada tanto en el mercado agrícola (particularmente en fertilizantes) como en el sector energético (energía nuclear e hidrocarburos). La relevancia del comercio y la cooperación no radica en los beneficios económicos inmediatos que implican las exportaciones, sino en su impacto político: la consolidación de una dependencia asimétrica a largo plazo en industrias clave asegura una influencia política duradera. Separar comercio y geopolítica parece sencillo y puede resultar pragmático. Tanto es así que casi todo el planeta lo hace. Pero en los regímenes autoritarios, el Estado y las grandes empresas van de la mano.
Un ejemplo claro es el agronegocio de Brasil, que representa el 25% de su PBI y que depende fuertemente de los fertilizantes rusos: 40% del mercado en 2024. Ese mismo año, Rusia pasó a proveerle al gigante de Sudamérica aproximadamente el 40% de sus importaciones de diésel. El desarrollo de estas relaciones estratégicas ha sido fundamental para que este país se negara a sumarse a las sanciones impuestas contra Rusia.
El objetivo, entonces, no es necesariamente ganar apoyo, ni que la mayoría de los latinoamericanos respalden a Putin. La estrategia apunta a lograr cierto grado de neutralidad en la región, fragmentando el consenso occidental y creando un ni-vel de dependencia tal que no se pueda actuar contra los intereses del Kremlin en los foros internacionales. Rusia tan sólo necesita que sectores clave (económicos, políticos, académicos) repliquen sus mensajes por razones ideológicas o pragmáticas. A esto se le llama captura de élites.
Cuando un analista prestigioso repite un relato ruso (“Zelenski es un dictador”, “grupos neonazis controlan Ucrania”), esta credibilidad prestada le da a Rusia una permanencia en el debate que los medios oficiales no pueden lograr. La desinformación selectiva y la construcción mediática para el mercado internacional ayudan a crear una narrativa en el que parece que Rusia no tuviera serios problemas de infraestructura, corrupción, inseguridad, censura o represión. Este relato es fuerte por constancia y por afinidad ideológica de determinados sectores, pero también porque se trata de un país geográficamente lejano al que no muchos latinoamericanos tienen oportunidad de visitar.
La guerra comunicacional busca generar desconfianza en el sistema, explotar las divisiones internas de la sociedad. Vale recordar el lema de RT: “cuestioná más”. No se trata de convencer, sino de confundir. Como quien dice que sí, los rusos pueden mentir, pero todos los demás también lo hacen. Esta es una herramienta extremadamente efectiva en contextos de descontento, y América Latina, con sus desigualdades, falta de infraestructura, pobreza, debilidad institucional y crimen, es una región en donde el descontento sobra. Si esto se combina con la captura de élites que validan los relatos, con aquellos sectores económicos clave en los que Rusia intenta crear dependencia, y con partidos que buscan apoyo económico y político cuando están enfrentados con las instituciones y/o gobiernos occidentales, la estrategia funciona.
A cuatro años del inicio de la invasión a gran escala a Ucrania, la advertencia más urgente que América Latina puede darle al resto del mundo es que el colapso de la confianza institucional, impulsado por gobiernos extranjeros, es un proceso rápido. Esta región es el canario en la mina para las democracias globales porque demuestra qué pasa cuando los relatos autoritarios encuentran un terreno fértil de desigualdad y promesas rotas. Rusia no necesita crear problemas; sólo necesita amplificar los que ya existen.
Cuando los votantes sienten que con la democracia solamente no se come, no se educa, ni se cura, la retórica de orden, estabilidad y “antisistema” de las figuras autoritarias se vuelve casi irresistible, sobre todo si está avalada por redes informales de influencia cada vez más amplias y visibles. Una vez que la sociedad acepta que “todos mienten”, se pierde la capacidad de acción colectiva. Si no hay verdad, no hay rendición de cuentas, y sin rendición de cuentas, el camino queda libre para el autoritarismo.
*Periodista, Máster en Relaciones Internacionales e investigador asociado de Cadal (www.cadal.org). (www.cadal.org)