INTERNACIONAL
La batalla por el ártico

Groenlandia, el nuevo bastión estratégico de Occidente contra el avance de Rusia y China

El acuerdo de defensa permanente entre Estados Unidos, Dinamarca y el gobierno autónomo groenlandés redefine por completo el tablero geopolítico del Ártico. En respuesta al acelerado deshielo polar, que abre codiciadas rutas comerciales y enormes reservas de minerales críticos, el pacto blinda la región frente a la creciente influencia china y rusa. No afecta la soberanía de la isla, pero una cláusula clave determina que ningún adversario de EE.UU. o de Occidente podrá establecer bases o desplegar tropas en el territorio, o ejecutar inversiones comerciales.

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| AFP

En el escenario geopolítico contemporáneo, el Ártico se ha convertido en el epicentro de una nueva y silenciosa conflagración global. Esta pugna enfrenta a las principales superpotencias del planeta –con Estados Unidos a la cabeza, y contendientes de peso sistémico como Rusia y la República Popular China– por el dominio de una región que dejó de ser una vasta extensión helada e inaccesible para transformarse en el tablero más codiciado del siglo XXI.

En el centro neurálgico de esta disputa se encuentra Groenlandia, cuya posición geográfica, recursos y valor estratégico motivaron la concreción de un acuerdo de seguridad de alcance histórico y vigencia indefinida entre EE.UU., Dinamarca y el gobierno groenlandés.

Por qué Groenlandia. La revalorización geoestratégica del Ártico responde fundamentalmente a los efectos del cambio climático, que acelera el retroceso de las masas de hielo polar. Este fenómeno abre un abanico de oportunidades comerciales y militares que alteran los ejes tradicionales del poder global.

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El deshielo progresivo facilita la apertura de trayectos marítimos alternativos, como la Ruta del Mar del Norte y el Paso del Noroeste. Estas vías acortan drásticamente los tiempos de tránsito y transporte de mercancías entre Asia, Europa y América del Norte, reduciendo la dependencia de puntos neurálgicos clásicos como el Canal de Suez o el Canal de Panamá.

Por otro lado, el suelo y el lecho marino árticos albergan gigantescos yacimientos de hidrocarburos (petróleo y gas natural) aún no explotados, así como reservas críticas de minerales y tierras raras esenciales para la transición energética, la industria tecnológica y la manufactura de equipos de defensa.

Desde una perspectiva táctica, la región polar constituye la ruta más corta para el tránsito de misiles balísticos intercontinentales y bombarderos estratégicos entre Norteamérica y Eurasia. Quien controle el espacio ártico domina el sistema de alerta temprana y la capacidad de proyección de poder hemisférico. En este tablero, potencias rivales como Rusia y China han incrementado de forma notable su presencia e influencia.

Moscú ha venido militarizando intensamente su franja costera norte mediante la reactivación de antiguas bases soviéticas y rompehielos de propulsión nuclear. China, que se autodefine como un “estado cercano al Ártico”, busca expandir su Ruta de la Seda Polar mediante inversiones científicas y comerciales.

Para Washington y la OTAN, permitir vacíos de poder en Groenlandia equivaldría a ceder una ventaja crítica frente a Beijing y Moscú.

En qué consiste el acuerdo. Para blindar la región frente al avance de competidores externos, EE.UU. buscó sellar un entendimiento de seguridad de carácter permanente, que obviamente comprende a la OTAN, la alianza militar del Atlántico Norte.

El acuerdo no altera la soberanía territorial ni transfiere la propiedad de la isla a la administración estadounidense, como en su momento pretendía Donald Trump. Groenlandia conserva su condición de territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, manteniendo intactas sus instituciones democráticas y su derecho a la autodeterminación.

El entendimiento ha sido concebido para perdurar en el tiempo de manera permanente, estipulando expresamente que continuará en vigor incluso si Groenlandia decidiera en el futuro avanzar formalmente hacia su independencia política de Copenhague.

El eje central del pacto radica en una cláusula de exclusión estricta: ningún Estado considerado adversario de Estados Unidos, ni potencias ajenas a la arquitectura de seguridad occidental, podrá establecer bases militares, desplegar tropas o ejecutar inversiones en áreas “sensibles” de la isla sin la autorización explícita de Washington.

“Este acuerdo garantiza que China y Rusia no puedan tener una base en Groenlandia, que no puedan enviar tropas al territorio y que existan mecanismos para impedir inversiones en sectores sensibles”, explicó un funcionario del Departamento de Estado.

Aunque EE.UU. mantiene una presencia militar histórica en el territorio —ejemplificada por las operaciones de la Base Espacial Pituffik bajo los términos de un tratado previo de 1951—, el nuevo marco institucional redefine profundamente el alcance de sus capacidades defensivas.

El pacto faculta a Washington para expandir de manera significativa su infraestructura defensiva y ubicar un mayor volumen de fuerzas en enclaves estratégicos de la geografía groenlandesa.

Se garantizan a perpetuidad plenos privilegios de movimiento, operaciones tácticas y derechos de sobrevuelo para las fuerzas estadounidenses y aliadas en todo el flanco ártico y el sector norte del Atlántico.

Dinamarca y Groenlandia dijeron que el acuerdo equilibra las exigencias de defensa colectiva de la OTAN con el respeto institucional al reino. “Esperamos que un largo período de incertidumbre sea sustituido por un acuerdo vinculante que refuerce la seguridad en el Ártico y el Atlántico Norte”, afirmó el Canciller danés, Lars Lokke Rasmussen. Y remarcó que el pacto es “importante” ante un entorno de seguridad que cambió.