Mientras una nueva ola de protestas sacude a Irán en medio de la crisis económica y la represión, las mujeres vuelven a ocupar un lugar central en la escena política. Entre la crítica a las narrativas occidentales que buscan “salvarlas” y la experiencia concreta de vivir bajo control estatal, activistas e investigadoras advierten desde el exilio a PERFIL que el conflicto no se reduce al velo, sino a las condiciones mismas de vida.
Las protestas que estallaron en Irán los últimos días de 2025 y que aún permanecen activas no surgieron de la nada. Para la profesora e investigadora de la Universidad de Viena y activista iraní Firoozeh Farvardin son la continuidad de un ciclo que comenzó en 2017, se profundizó en 2019 y tuvo un punto de inflexión con el levantamiento Mujer, Vida, Libertad en 2022. “Lo que vemos ahora es la acumulación de años en los que la vida cotidiana se volvió invivible para una gran parte de la sociedad”, explica.
A diferencia de otros momentos, esta vez las movilizaciones se expanden con velocidad y simultaneidad. “Las protestas estallan en barrios, pueblos pequeños y zonas periféricas sin esperar señales de Teherán ni de las élites políticas. La gente aprendió que la supervivencia depende de actuar donde vive, no de esperar cambios desde arriba”, señala Farvardin, exiliada desde 2022 y radicada entre Berlín y Viena.
El detonante inmediato de las protestas en Irán fue económico: devaluación acelerada, inflación descontrolada y pérdida del poder adquisitivo. Pero el reclamo pronto se transformó en una impugnación más profunda al régimen. “Existe una percepción extendida de que este sistema no ofrece ninguna salida viable”, explica. En ese sentido, advierte que “el desafío actual va mucho más allá del gobierno de turno: apunta al sistema en su conjunto, a la forma en que se ejerce el poder, a cómo se gestiona la economía y a cómo se utiliza el miedo para gobernar la vida cotidiana”.
Durante el levantamiento de 2022, los cuerpos de las mujeres se convirtieron en el símbolo visible de la rebelión. Hoy, esa centralidad persiste, aunque articulada con otros actores sociales. “Las mujeres son parte orgánica del movimiento”, afirma Farvardin y “sus acciones son esenciales para avanzar en estrategias de recuperación de la dignidad, la seguridad y el control del espacio público”.
Parvin Ardalan, escritora y activista feminista, se exilió en 2009 tras la represión posterior a la reelección del presidente Mahmud Ahmadineyad. “La última noche en Teherán fue el cumpleaños de una de mis amigas y compañeras del movimiento de mujeres”, recuerda. “Nos habíamos reunido en un café que se había convertido en nuestro lugar habitual de encuentro”.
Eran días de fuerte presencia en las calles y de intensa movilización. “Las personas que protestaban por los resultados electorales seguían activamente involucradas en manifestaciones y otras formas de resistencia”, señala. La vida social y política se desarrollaba en espacios públicos: “Las reuniones en parques, cafés o cines eran frecuentes”. El uso obligatorio del hiyab seguía vigente, aunque no de manera uniforme. “La diversidad de colores y estilos mostraba cómo las mujeres intentaban empujar los códigos impuestos hacia la elección personal”.
Desde Occidente, la atención suele concentrarse en el velo como símbolo de opresión. Para Farvardin, esa mirada es limitada: “La lucha de las mujeres en Irán no es solo por una prenda. Es contra un sistema que interfiere en cada aspecto de tu vida: cómo te movés, cómo trabajás, con quién te relacionás, cómo existís”. Radicada en Suecia, Ardalan coincide: “En Irán luchamos para cambiar condiciones discriminatorias, pero desde que llegué a Europa he tenido que luchar más contra la imagen que se ha construido sobre las mujeres iraníes”.
Esa lectura dialoga con la reflexión de Carolina Bracco, doctora en Culturas Árabe y Hebrea, quien advierte sobre los riesgos de las narrativas salvacionistas. La figura de la “mujer a salvar”, señala, fue históricamente utilizada para legitimar intervenciones imperiales y reforzar imaginarios coloniales. En el caso iraní, el velo se transformó en un signo totalizante que borra la diversidad de experiencias y resistencias. “En lugar de escuchar a las propias mujeres, se las convierte en símbolos de atraso cultural, despojándolas de agencia y de contexto histórico”, escribió en redes.
La respuesta del régimen iraní a las protestas ha sido brutal. El acceso a internet permanece cortado, hay operativos militares y ejecuciones masivas. Farvardin no duda: “Lo que está ocurriendo es un crimen contra la humanidad”. Agrega que “el uso de la violencia por parte del régimen contra los manifestantes no tiene precedentes”. La presión internacional, advierte, es ambivalente en sus efectos: “La visibilidad puede proteger, pero el apoyo explícito de EE.UU. refuerza la narrativa del régimen de que somos agentes extranjeros”, y aclara: “En este contexto, la postura más difícil –pero también la más vital– es resistir al régimen sin entregar el futuro de Irán a potencias extranjeras que solo persiguen su propia agenda e intereses”.
Para Farvardin, las protestas actuales deben leerse como parte de una lucha más larga. “No es solo contra la represión política, sino contra el colapso económico, la humillación cotidiana y la imposibilidad de una vida digna”, enumera. “Para muchas personas en Irán, la pelea ya no es por ganar; es por poder vivir”.