INTERNACIONAL
pragmático e implacable

Liderado por el CGRI, se afianza el nuevo régimen de línea dura

05_07_2026_iran_afp_g
| afp

La muerte del Líder Supremo de Irán, el ayatollah Alí Jamenei, ocurrida en el primer día de la guerra contra Estados Unidos e Israel, alimentó las esperanzas de Occidente de que la República Islámica estuviera al borde del colapso. Sin embargo, cuatro meses después, el masivo funeral de Estado pospuesto por el conflicto armado no testifica el fin del régimen, sino su supervivencia.

Según un extenso análisis de The Washington Post, basado en fuentes de inteligencia, el aparato teocrático emergió de la guerra no solo estabilizado, sino liderado por una nueva generación de dirigentes de línea dura más joven, tecnológicamente más hábil y considerablemente más despiadada.

El ascenso de la Guardia Revolucionaria. Detrás de este nuevo diseño de poder no se encuentra la tradicional y debilitada jerarquía clerical de la ciudad santa de Qom, sino el verdadero motor del Estado iraní: el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI). Esta poderosa organización militar y económica aprovechó la coyuntura bélica y el vacío institucional para cercar el núcleo del proceso de toma de decisiones.

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El ascenso de facto de Mojtaba Jamenei, hijo del difunto líder, representa la consolidación final de una dictadura de seguridad donde la Guardia Revolucionaria opera como el titiritero absoluto del país, imponiendo un cordón de aislamiento en torno al heredero y anulando la influencia de las instituciones civiles y del gobierno presidencial.

A nivel interno, este nuevo régimen militarizado ha respondido a la crisis con una brutalidad sin precedentes. Para sofocar cualquier disidencia o intento de sublevación popular aprovechando la coyuntura de la guerra, el CGRI ejecutó una implacable campaña de represión y ejecuciones contra críticos y opositores políticos.

Esta escalada de crueldad sistémica, que analistas de inteligencia comparan con los peores momentos de la revolución, blindó el control territorial a costa del terror social.

Paradójicamente, la retórica maximalista del presidente estadounidense Donald Trump –que incluyó amenazas de destrucción total contra una nación de 90 millones de habitantes– terminó fortaleciendo la narrativa de los sectores más radicales, quienes justifican su tiranía interna bajo el argumento de que el país se encuentra en una lucha existencial por su supervivencia.

Aunque el nuevo liderazgo enfrenta el colosal desafío de reconstruir una economía devastada, la República Islámica demostró una resiliencia inesperada, consolidando un mando cohesionado, pragmático en su estrategia militar externa y ferozmente implacable en su política doméstica.