Las últimas elecciones parlamentarias en Armenia fueron cruciales. El país elegía entre el partido gobernante con clara posición prooccidental, y la oposición diseminada entre varios actores con una influencia de tradiciones alineadas al pasado caucásico. El primer ministro Pashinyan logró el triunfo, pero la verdadera cuestión gira alrededor de un dilema, si Armenia puede convertir esa versión del sufragio en una forma nueva de soberanía. Entonces se nos plantea una pregunta ¿Qué ocurre cuando una sociedad que todavía procesa la herencia simbólica del mundo soviético debe, simultáneamente, insertarse en un ecosistema global gobernado por tecnologías producidas fuera de ella? Desde esa perspectiva, la victoria de Pashinyan puede entenderse como un acontecimiento todavía inconcluso. No constituye el final de un proceso anticolonial, sino apenas uno de sus capítulos.
Asistimos a una transición en la que los antiguos mecanismos de control territorial se entrelazan con nuevas formas de gobierno algorítmico. El resultado es una condición particularmente compleja: la nación ya no depende de un único centro imperial, sino de múltiples centros que compiten entre sí por definir sus horizontes económicos, políticos y simbólicos, y en esa geometría de poderes encontramos similitudes con Latinoamérica.
El conflicto decisivo del siglo XXI para el Cáucaso Sur quizás no sea entre colonialismo soviético y colonialismo tecnológico, sino entre la capacidad de una sociedad para producir sus propias mediaciones emblemáticas. Ahí es donde la cuestión de la soberanía reaparece bajo una forma completamente nueva. Podría decirse que Armenia habita una doble interpelación. Por un lado, Rusia exige una definición estratégica. Por otro lado, los operadores occidentales también solicitan definiciones, aunque mediante otros lenguajes: democratización, reformas institucionales, integración económica, cooperación regional, aproximación normativa.
Así, Armenia se encuentra sometida a dos demandas simultáneas de identificación.
La multitud que ocupó las calles de Ereván durante las movilizaciones del año 2018 y su Revolución de Terciopelo, movimiento a partir del cual emerge en escena Pashinyan, parecía encarnar una noción de pueblo, ciudadanos comunes que reclamaban la capacidad de nombrar su propio destino. Sin embargo, una lectura desde Franz Fanon, pensador martiniqués teórico de los movimientos de liberación no podría detenerse en ese acto como instancia celebratoria. Fanon fue también uno de los críticos más severos de las burguesías nacionales que, tras conquistar el poder, terminan reproduciendo mecanismos de subordinación. La pregunta que surge entonces es si la victoria parlamentaria de Pashinyan representa una auténtica transformación de las estructuras de dependencia o si constituye una nueva administración de las mismas limitaciones históricas.
La cuestión resulta especialmente compleja en Armenia. El país se encuentra situado en una región donde convergen influencias de potencias mayores: Rusia, Turquía, Irán, la Unión Europea y los Estados Unidos. En este contexto, la autonomía nunca es una condición plenamente alcanzada sino una negociación permanente.
La salida armenia de la órbita soviética no condujo a una independencia plena sino a una nueva inserción en redes globales dominadas por Occidente. En esta lectura, la dependencia cambia de lenguaje; antes se expresaba mediante la planificación centralizada de Moscú, ahora mediante organismos financieros internacionales, mercados globales, agendas y discursos de democratización. La forma cambia, pero persiste la heteronomía. El problema aparece cuando la élite nacional deja de producir significaciones propias y se limita a traducir los discursos de las potencias dominantes.
Desde esta perspectiva, el interrogante sobre Armenia podría formularse de otro modo: ¿quién nombra hoy al pueblo armenio?, ¿lo hace una tradición histórica propia?, ¿lo hacen los imperativos de la seguridad regional, los lenguajes jurídicos globales, los mercados, o lo hace la memoria traumática de la guerra de Artsaj? La respuesta probablemente sea que todas esas instancias compiten entre sí. Cosa que sucede también en los estados periféricos, léase latinoamericanos.
Principio del formulario. Armenia es una de las pocas naciones contemporáneas cuya principal riqueza simbólica parece residir en el pasado. No se trata simplemente de una valoración cultural de la historia. La propia legitimidad nacional se encuentra construida sobre una acumulación de memoria: la temprana cristianización del reino armenio, el patrimonio cultural, el genocidio de 1915, la diáspora y la supervivencia de una identidad milenaria a pesar de las sucesivas dominaciones imperiales.
No estamos simplemente ante una sustitución de un colonialismo soviético por un colonialismo occidental, sino ante una superposición de regímenes de poder. El colonialismo tecnológico introduce algo nuevo; ya no pretende únicamente controlar recursos o territorios, sino también los sistemas de simbolización. Quien controla los gobiernos controla en gran medida los modos de narrar, recordar, clasificar y hacer visible la realidad.
Se trataría menos de una doble dependencia que de una doble filiación conflictiva. La doble filiación describe una situación donde el sujeto político recibe mandatos contradictorios de distintas fuentes de legitimidad. Y quizá eso explique buena parte de las oscilaciones de la estrategia armenia contemporánea.
Armenia continúa situada en una zona liminar entre varios órdenes geopolíticos. No ha abandonado completamente la herencia postsoviética, pero tampoco se integra plenamente en un horizonte occidental. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergey Lavrov advirtió a Armenia con la expulsión de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva si este país sigue incumpliendo el pago del presupuesto asignado, dado que lleva dos años de retraso. A lo que el primer ministro Pashinyan respondió que aquello no le concernía porque el Consejo está habilitado para decidir las expulsiones que cree pertinentes.
La pregunta sigue inquietando: ¿desde dónde habla Armenia cuando habla en nombre de sí misma? O deberíamos afinar la pregunta: ¿puede Armenia pensarse desde sí misma o está condenada a elegir entre lenguajes producidos por otros?
En el siglo XXI los mecanismos de heteronomía son difusos. Los imperativos del mercado global, los discursos geopolíticos, las plataformas tecnológicas, las organizaciones internacionales y las narrativas mediáticas no se presentan como conquistadores. Se presentan como racionalidades inevitables.
La tarea no consistiría en elegir entre Moscú y Bruselas, entre Oriente y Occidente, entre legado y modernidad. La tarea consiste en producir una palabra propia desde una experiencia histórica irreductible a cualquiera de esos polos. Sin embargo, en ese punto el problema se plantearía en cómo existir políticamente sin quedar absorbido por los imperios. Por eso la pregunta ya no es solamente ¿quién gobierna Armenia?, sino ¿quién tiene la autoridad para nombrar lo que Armenia es? No necesariamente la misma fe, ni las mismas instituciones, sino aquello que permite a la comunidad reconocerse como autora de su propio relato. Y en ese relato ¿existe algo que Armenia considere irrenunciable para seguir siendo Armenia?
*Escritora, poeta y ensayista.