El reloj sigue corriendo en la frontera entre Nepal y el Tíbet, y el escenario que tiene lugar desde el miércoles no hace más que agravarse. Lo que en los primeros reportes asomaba como una brutal crecida de montaña ya se consolidó como una catástrofe monumental que no da respiro a los rescatistas. Con el paso de las horas, las autoridades actualizaron el saldo de la tragedia y confirmaron que la cifra de muertos superó la barrera de los 550, mientras las cuadrillas pelean cuerpo a cuerpo contra el barro bajo la sombra de una nueva amenaza latente.
El conteo oficial hiela la sangre y marca la pauta de lo que verdaderamente ocurrió. La policía nepalí elevó el número de víctimas fatales a 547, a los que se suman cinco fallecidos del lado chino. Sin embargo, el verdadero termómetro del desastre está en la lista de desaparecidos: hay más de 1.500 personas de las que no se sabe absolutamente nada. Entre los 977 buscados en Nepal y los 558 en el Tíbet, figuran cientos de extranjeros, trabajadores y peregrinos que viajaban rumbo al monte sagrado de Kailash.

Los científicos que siguen el fenómeno de cerca con imágenes satelitales terminaron de confirmar el origen de este infierno. La tragedia se desató cuando el lecho rocoso ubicado debajo de un glaciar colapsó por completo, arrastrando una masa gigante de hielo. La fuerza del desprendimiento fue tan violenta que los sismógrafos la anotaron como un evento de magnitud 5,2, liberando un aluvión de agua de deshielo y piedras que bajó triturando valles y pueblos enteros.
Para entender el tamaño del impacto, basta con escuchar a quienes lograron esquivar a la muerte. Karbir Gaire, un empleado de aduanas del pueblo fronterizo de Timure, relató a la prensa local que sintió temblar el suelo justo antes de ver cómo una "tormenta negra" se les venía encima. "Todos empezamos a correr de inmediato y, en cuestión de segundos, estábamos subiendo la colina. Creo que esos 10 segundos nos salvaron", recordó el hombre, que todavía busca a 15 compañeros de oficina. "Fue como una escena de una película de Hollywood. Yo no lo llamo una inundación, fue un tsunami", sentenció.

En la zona cero, las escenas de supervivencia son extremas. Los militares nepalíes lograron sacar a tirones a varios trabajadores que habían quedado sepultados bajo un lodo espeso en el túnel del Proyecto Hidroeléctrico Upper Trishuli-1. En paralelo, los helicópteros no dan abasto: la agencia de gestión de desastres ya evacuó por aire a más de 3.200 sobrevivientes y heridos, trasladándolos de urgencia hacia Katmandú y otras zonas seguras.
El eco de la catástrofe retumbó directo en la Casa Blanca, impulsado por el dato de que hay unos 90 estadounidenses desaparecidos en la región. Desde el Salón Oval, el presidente Donald Trump activó los puentes diplomáticos, asegurando ante la prensa que ya se contactó con los líderes locales para ofrecerles "cualquier cosa que necesiten" en medio de la crisis.
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Alerta máxima y el fantasma de una segunda ola
Cuando parecía que los equipos de rescate ya estaban asentados en el terreno, una nueva alerta roja obligó a recalcular toda la logística. La policía de Nepal recibió informes sobre la rotura de una represa del lado tibetano, un quiebre que se suma al pánico que ya generaba la formación de un inmenso lago artificial creado por el tapón de escombros de la primera avalancha. Este nuevo cuerpo de agua, ubicado a casi 3.000 metros de altura, comenzó a desbordarse y amenaza con arrasar lo poco que quedó en pie.
El miedo a que la montaña libere una segunda marea frenó en seco el avance de las cuadrillas hacia el puerto de Gyirong, un cruce fronterizo clave que quedó bajo el agua. A pesar del peligro extremo, unos 680 brigadistas lograron infiltrarse en las áreas más castigadas cruzando en balsas y, en algunos casos, descendiendo desde drones enviados por la televisión estatal china.
El margen de maniobra se achica, pero la orden es no bajar los brazos en ningún frente. El portavoz de la policía nepalí, Abi Narayan Kafle, buscó llevar un poco de tranquilidad al asegurar que la operación de búsqueda "no va a parar", aunque reconoció que todos los efectivos operan bajo alerta máxima y con protocolos de evacuación listos.
TC/MSS