Entre muchas otras peripecias que debió afrontar poco después de zapar del puerto mexicano de Tuxpan y antes de arribar a las costas de Cuba –hace ya cincuenta años–, el yate Granma casi se hunde. Sin embargo, los 82 hombres que iban sobre su cubierta apenas cabían porque el pasaje sólo estaba previsto para veinte.
Con todo, y pese a la fuerte tormenta tropical que se había desatado mientras zarpaban, el pelotón de ochenta guerrilleros arrancó su travesía con el fin de destronar al dictador Fulgencio Batista y a cargo de un entonces joven abogado llamado Fidel Castro.
Por esos días agitados y repletos de conspiraciones, el líder del ataque al Cuartel Moncada, que vivía desde hacía más de un año exiliado en México, tuvo que acelerar sus planes de partida porque un soplón estaba pasando datos a la policía.
Fue entonces como el líder cubano convocó sin previo aviso a todos sus hombres –que venían entrenando en zonas urbanas y selváticas, y aún se encontraban dispersos en distintas casas de seguridad–, y poco después de la una de la madrugada del 25 de noviembre de 1956, desde el oriente mexicano, zarpó en el yate que llevaba las luces apagadas y tenía a sus guerrilleros agazapados.
El yate era un viejo barco a medio reparar, con capacidad para unas veinte personas. Se lo habían comprado, unos meses antes, por 15 mil dólares a un ciudadano estadounidense en la localidad de Tuxpan, en el estado de Veracruz, que prácticamente quería regalarlo.
A poco de comenzar la travesía, sus tripulantes iban mareados y muertos de frío, ya que estaban hacinados en el pequeño bote, que además cargaba armas, gasolina, agua y comida.
El mismo Fidel sostuvo que tuvo que dejar a varios hombres en tierra porque no entraban en el Granma. La leyenda dice que entonces quedaron afuera los ancianos y aquellos milicianos que estuvieran un poco excedidos en kilogramos. Con todo, Castro adujo que la primera selección fue a partir de la experiencia y el entrenamiento pero como aún quedaban quince hombres en igualdad de condiciones, optó por los más delgados para que el barco albergara a más.
“Los escogimos por el peso y el tamaño. Los más chiquititos de toda la tropa fueron al final escogidos y se quedaron tres o cuatro gordos. Esos no vinieron, y después no había quién los convenciera de por qué no los habíamos traído”, contó.
Entre los expedicionarios estaban Raúl Castro –hermano menor de Fidel y actual presidente en funciones de Cuba–, Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara, que, con la prisa, se olvidó de llevar suficientes medicamentos para su asma. “La orden de partida nos llegó de golpe y todos tuvimos que salir de México tal como estábamos, en grupos de dos o tres. Teníamos un traidor entre nosotros, y Fidel había ordenado que no bien llegara la orden había que salir con lo que se tuviera a mano”, recordó por entonces el médico rosarino.
Los primeros dos días se la pasaron vomitando por el movimiento de las olas, y sacando con cubetas el agua que se filtraba al interior del yate. Durante la travesía se desviaron de ruta, el Che tuvo un fuerte ataque de asma y el piloto, Roberto Roque, cayó al agua tratando de divisar la luz del faro de Cabo Cruz, en la costa del sur de Cuba. “La noche antes de llegar un compañero, en una noche oscura, muy oscura, cayó al agua. Y aquello nos obligó a nosotros a estar entre media hora y tres cuartos de hora buscando tesoneramente a ese compañero hasta que apareció”, contó Castro en 1963.
Al final, el viaje que iba a durar tres días se demoró poco más de siete. Para colmo de males, el gobierno de Batista recibió un telegrama que anunciaba la próxima llegada y los estaba esperando con sus tropas armadas. “La travesía del Granma fue una suma de accidentes. Llegan a una zona de Cuba distinta a la que pensaban y no ya como un grupo de gente que llega a sumarse a un levantamiento, porque ya había sido sofocado, sino a armar una guerrilla rural”, sostuvo el escritor y periodista Paco Ignacio Taibo II, autor de una biografía del Che.
A punto de quedarse sin combustible, desembarcaron el 2 de diciembre en medio de un pantano y a unos dos kilómetros del lugar previsto, la playa de Las Coloradas. “Más que un desembarco esto es un naufragio”, diría Juan Manuel Márquez, el segundo jefe de la expedición.
Dos años después, los guerrilleros triunfaban sobre la Sierra Maestra y los altos del Escambray, en pleno centro de la isla, y con la victoria de la columna que el Che llevaba adelante en Santa Clara. Esa navidad de 1958, el dictador Batista partía al exilio, el 1 de enero triunfaba la revolución y comenzaba a escribirse otra historia.