Un ciudadano francés denunció haber atravesado cinco meses de detención y torturas en cárceles de Venezuela, donde fue acusado de espionaje y sometido a tratos inhumanos por parte de agentes de seguridad. Ya en libertad desde noviembre, Camilo Castro, profesor de yoga de 41 años, decidió relatar su experiencia para visibilizar la situación de cientos de personas que continúan privadas de la libertad en el país.
Desde las afueras de París, Castro describió su paso por el sistema penitenciario venezolano como un “calvario” marcado por el miedo, la humillación y la violencia psicológica, aunque también —según señaló— atravesado por gestos de solidaridad entre los detenidos. “Hay días en los que estoy bien y otros en los que todo vuelve de golpe”, relató.
La denuncia del ciudadano francés se produce en un contexto de creciente presión internacional sobre Venezuela. Organismos como Naciones Unidas alertaron sobre detenciones arbitrarias, torturas y desapariciones forzadas, mientras que la Corte Penal Internacional mantiene abierta una investigación por presuntos crímenes de lesa humanidad cometidos durante el chavismo.
Detención en la frontera y acusaciones de espionaje
Castro residía en Colombia y, en junio de 2025, intentó renovar su visa saliendo momentáneamente del país. Al llegar a la frontera venezolana, fue detenido por fuerzas de seguridad y trasladado de manera irregular a distintos centros de detención. Según su relato, hombres encapuchados lo condujeron a un subsuelo en Maracaibo, donde pasó la primera noche en condiciones extremas de insalubridad.
Allí aseguró haber visto restos de sangre en las paredes y elementos que identificó como instrumentos de tortura. Al día siguiente, fue interrogado por un agente de contrainteligencia militar que lo acusó de ser espía y lo amenazó con permanecer años detenido. También denunció haber sido expuesto a sustancias químicas utilizadas para la sumisión durante los interrogatorios.
Posteriormente fue trasladado a Caracas, donde permaneció varios días esposado y encapuchado en un sótano, hasta ser enviado a la cárcel de El Rodeo I, un penal donde se alojan presos políticos y extranjeros.
En El Rodeo I, Castro describió un régimen de encierro extremo: alimentación escasa, enfermedades constantes, falta de higiene y acceso limitado al agua. A esto se sumaban prácticas de hostigamiento nocturno, con traslados forzados, insultos y simulacros de juicio realizados de madrugada.
“El desgaste es permanente. No hay descanso real. Todo está pensado para quebrarte”, afirmó. Según su testimonio, los interrogatorios se repetían durante horas y las acusaciones iban desde terrorismo hasta vínculos con agencias de inteligencia extranjeras.
El francés también denunció la existencia de celdas de castigo donde los detenidos eran sometidos a golpizas, asfixia con gases o insecticidas y otras formas de tortura física y psicológica. En algunos casos, aseguró, participaban no solo soldados sino también autoridades del penal.
Tras recuperar la libertad, Castro inició gestiones en Francia para ser reconocido como víctima. Aunque aún enfrenta secuelas emocionales, afirmó que decidió hablar públicamente para dar visibilidad a quienes siguen detenidos en Venezuela.
Pese a lo vivido, sostuvo que no descarta regresar al país en el futuro. “Es un lugar al que quedé unido para siempre”, dijo, en referencia a una experiencia que, según remarcó, marcó su vida de manera irreversible.
LB / ds