INTERNACIONAL
opinión

Una visión ateniense de la democracia estadounidense

12_07_2026_independencia_estados_unidos_afp_g
INDEPENDENCIA. EE.UU. celebró sus 250 años de independencia el 4 de julio. | afp

Tras el 250º aniversario de Estados Unidos, sentí la curiosa necesidad de resistirme a mi habitual inclinación por los análisis económicos y geopolíticos de las afirmaciones a favor o en contra de Estados Unidos. En su lugar, me dejé llevar por una visión emotiva, personal y, de hecho, ateniense, de la potencia hegemónica mundial cuyo desarrollo y cuyas acciones nos han marcado a todos.

Mi primer recuerdo de Estados Unidos como factor en mi vida se remonta a una calurosa tarde de principios de junio de 1968. Poco más de un año después de que un golpe de Estado respaldado por la CIA hubiera sumido a Grecia en una dictadura fascista, mi madre y yo paseábamos junto al antiguo estadio renovado donde se habían celebrado los primeros Juegos Olímpicos modernos en 1896. De repente, un repartidor de periódicos rompió la calma anunciando a voz en grito que un estadounidense había muerto. A mi madre se le llenaron los ojos de lágrimas. “Era nuestra última oportunidad”, dijo.

El estadounidense fallecido era Robert F. Kennedy, en quien mi madre había depositado, con razón o sin ella, muchas esperanzas, no solo para nuestra liberación aquí en Grecia, sino también para la paz mundial. Aquello sería mi curso intensivo sobre la importancia de Estados Unidos para todos nosotros, así como sobre sus contradicciones internas.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Por supuesto, ya había habido noticias de última hora sobre asesinatos de estadounidenses que nos habían destrozado el alma, en particular los de Martin Luther King, Jr. y Malcolm X. Y en los años que siguieron, las noticias mostraban a diario los horrores de Vietnam y las intrincadas tramas del Watergate. Sin embargo, todo ello se veía contrarrestado por las críticas estadounidenses a todo ello, conmovedoras, matizadas y estéticamente sofisticadas.

¿Hay mejor manera de comprender la locura criminal de la guerra de Vietnam que Apocalypse Now, de Francis Coppola? ¿O mejor denuncia de la corrupción endémica en California que Chinatown, de Roman Polanski? ¿O del Watergate que Todos los hombres del presidente, de Alan Pakula? ¿O una mejor descripción del uso de la CIA como arma que Los tres días del cóndor, de Sydney Pollack? ¿O un mejor retrato de la peligrosa cara oculta del país que El padrino, de Coppola, o Taxi Driver, de Martin Scorsese?

A medida que fui creciendo y empecé a leer libros difíciles, fueron los autores estadounidenses quienes me abrieron ventanas desde las que pude vislumbrar las estimulantes perspectivas de contradicción de Estados Unidos. La teoría de la clase ociosa, de Thorstein Veblen, me permitió comprender mejor el capitalismo estadounidense que cualquier texto de economía, ya fuera convencional o polémico. Las uvas de la ira, de John Steinbeck, me hizo comprender la atrocidad de la Gran Depresión y apreciar el posterior New Deal, de una forma que ningún economista ha logrado igualar jamás.

En cuanto a la música, el rock ‘n’ roll fue mi puerta de entrada al rhythm and blues, que a su vez me enseñó en qué consistía realmente la libertad estadounidense –o la falta de ella. ¿Podría haber un mejor resumen de cómo el concepto dialéctico de libertad de Hegel se fusionó con el sur de Estados Unidos que la frase de esa espléndida canción de blues interpretada originalmente por Ray Charles y más tarde por Solomon Burke: “Ninguno de nosotros es libre si uno de nosotros está encadenado”?

Años más tarde, las esculturas de Donald Judd en Marfa, Texas, me ayudaron a darme cuenta de la importancia de la industria manufacturera a la hora de forjar la huella cultural de Estados Unidos. Fue allí donde reconocí por primera vez cómo los artefactos de la industria estadounidense –la factualidad sin adornos de sus materiales industriales– habían moldeado nuestra comprensión del entorno y la interacción entre la luz y el volumen, incluso aquí, en Europa.

Aquellos eran tiempos en los que una introspección creativa colectiva se extendía por todo Estados Unidos, impregnada de la posibilidad de una catarsis. Como explicaba Aristóteles en su Poética, la tragedia nunca tuvo que ver con el entretenimiento; era un tribunal cívico.

Esto es lo que hacían los escritores, músicos y cineastas estadounidenses: sometían a juicio sus ansiedades más profundas. Reconocían que los auténticos héroes trágicos –como Edipo, Antígona y Prometeo– no son intrínsecamente buenos ni malos; al igual que la mayoría de los estadounidenses, actuaban de acuerdo con su propio y profundo sentido de la justicia, con una “verdad” que se sentían obligados a defender.

Su tragedia radicaba en que el universo –o, más probablemente, la polis– convertía sus acciones en fuerzas opuestas y aplastantes. Al ser testigos del sufrimiento resultante, la propia compasión y los terrores reprimidos del público se purifican y se disipan. Ese es el momento de catarsis que, al final, se le negó a Estados Unidos.

Lo que privó a los estadounidenses de su catarsis fue el violento cambio de la economía, que pasó de ser una productora de excedentes a generadora de déficit, simbolizado por el “choque de Nixon” de 1971, que acabó con el sistema de Bretton Woods. En la década de 1980, las películas y los libros que me encantaban fueron sustituidos por paradigmas de chovinismo burdo como Rambo, Top Gun y El fin de la historia de Francis Fukuyama.

Por supuesto, la capacidad de autorreflexión no se perdió por completo. El momento catártico de Estados Unidos se vio sofocado porque sus élites lograron convertir los déficits estadounidenses en una fuente de fuerza inmensa y tosca. Mientras el capital extranjero vertía con entusiasmo beneficios y rentas en la ciudad de Nueva York, Wall Street, de Oliver Stone, capturó el consiguiente auge de los Gordon Gekko.

La película de Stone llegó al inicio de una era en la que la estabilidad del poder estadounidense ha ido acompañada de una precariedad económica en constante expansión –un proceso que ha empobrecido a muchos en Estados Unidos y en el resto de Occidente, al tiempo que ha permitido a los propietarios de un capital sustancial denominado en dólares hacerse fabulosamente ricos–. Durante más de cuatro décadas se ha librado una guerra de clases global contra los trabajadores de todo el mundo, y en Estados Unidos en particular, lo que ha impedido una resolución purificadora de la tragedia estadounidense.

Más bien al contrario. La financiarización y, más recientemente, el auge del capital en la nube, las grandes tecnológicas y la inteligencia artificial, están consolidando la división dentro de la sociedad estadounidense que acabó dando lugar a la presidencia de Donald Trump. En consecuencia, Estados Unidos está generando ahora un poder bruto y sin sentido, así como una inestabilidad que crece exponencialmente. La posibilidad de catarsis que caracterizó a Estados Unidos en su bicentenario resulta difícil de imaginar medio siglo después, en detrimento de todos nosotros.

Yanis Varoufakis, exministro de Hacienda de Grecia, es líder del partido MeRA25 y catedrático de Economía en la Universidad de Atenas.

Project Syndicate