Tengo guardado desde el 30 de septiembre un informe muy detallado sobre la manera en que el gobierno norteamericano y Donald Trump intervinieron en el proceso político y electoral de Brasil. Lo que no tengo tan claro es cuánto influyó finalmente esa intervención en el resultado de la elección.
Hoy es bastante común que los presidentes intervengan, de una manera u otra, en las elecciones de otros países. La pregunta es cuánto importa realmente ese apoyo cuando llega el momento en que los ciudadanos entran al cuarto oscuro.
El caso de Hungría ofrece un ejemplo interesante. Viktor Orbán tuvo un apoyo muy cerrado de Donald Trump y también del presidente Javier Milei y, sin embargo, perdió. Por eso tengo muchas dudas respecto de esta idea de atribuir a un mandatario extranjero una influencia decisiva sobre el resultado electoral de otro país.
Me parece que cuando el votante va a votar mira otras cosas, especialmente la situación económica y social de su propio país. Y acá aparece, además, una advertencia interesante para Javier Milei. Dentro del festejo y del éxito que el Presidente pueda atribuirse por lo ocurrido en Brasil, hay un mensaje indirecto que debería mirar con atención: "Ojo con la clase media". Los oficialismos han perdido las últimas siete elecciones mencionadas en este análisis, con independencia de su signo político.
Es un fenómeno sobre el cual resulta muy difícil ofrecer actualmente una explicación definitiva. Pero, por lo menos, merece una nota al pie. Si los oficialismos pierden independientemente de su orientación política, estamos frente a un asunto que Milei debería observar.
La intervención de Estados Unidos en Brasil
El 30 de septiembre, la publicación francesa Le Grand Continent publicó un informe muy detallado sobre las intervenciones directas de Estados Unidos en el proceso brasileño. Uno de los puntos centrales fue la cuestión de los aranceles. Existe una relación muy estrecha entre el trumpismo y la familia Bolsonaro, especialmente a partir de Eduardo Bolsonaro, que vive en Estados Unidos.
A partir de esa relación hubo intentos muy fuertes del gobierno norteamericano de intervenir sobre lo que estaba ocurriendo en Brasil. Uno de ellos comenzó en julio de 2025 con una ofensiva arancelaria que, en el caso brasileño, no respondía a los clásicos problemas comerciales entre dos países, como cuestiones vinculadas con el balance comercial o algún conflicto económico específico. Fue planteada como una suerte de castigo directo a Brasil en medio del proceso judicial contra Jair Bolsonaro.
La presión incluso alcanzó al juez Alexandre de Moraes, a quien Estados Unidos le retiró la visa y le prohibió ingresar al país. Hubo, por lo tanto, una presión muy fuerte a través de los aranceles para intentar que Brasil atenuara o modificara el proceso contra Bolsonaro.
Bolsonaro, Cerimedo y los intentos de mediación
En toda esta historia también aparece el argentino Fernando Cerimedo, que tuvo intervención en distintas elecciones de la región, entre ellas las de Chile, Argentina y Brasil. Su nombre también apareció vinculado con los acontecimientos que terminaron derivando en la condena judicial de Jair Bolsonaro.
Hubo además un intento de mediación entre Brasil y Trump a través de los hermanos Batista, propietarios del grupo JBS, la gigantesca compañía dedicada al negocio de la carne. El objetivo era intentar detener los aranceles norteamericanos, aunque finalmente esa gestión fracasó.
Estados Unidos terminó, además, catalogando como organizaciones terroristas al Primer Comando de la Capital y al Comando Vermelho, organizaciones vinculadas al narcotráfico y al crimen organizado brasileño.
Todos estos episodios formaron parte de un escenario de presión sobre el gobierno de Lula y de respaldo político al espacio de Bolsonaro.
Brasil y las nuevas zonas de influencia
Todo esto conecta con una cuestión que venimos señalando desde hace bastante tiempo: la idea de las zonas de influencia. Existe una concepción vinculada con Trump según la cual el mundo empieza a organizarse nuevamente alrededor de grandes espacios de influencia. Una zona correspondería a Rusia, otra a China y otra, naturalmente, a Estados Unidos.
En el caso norteamericano, esa zona es América. Y un proyecto semejante resulta muy difícil de imaginar sin tres países fundamentales: México, Canadá y Brasil. Sin ellos, a esta concepción de una nueva doctrina de influencia norteamericana sobre el continente le faltarían patas centrales.
Lo ocurrido en Brasil confirma, por lo menos, que existe una voluntad de influencia norteamericana sobre la región. Después podrá discutirse si esa influencia es positiva o negativa. Eso dependerá del criterio político de cada uno. También hay que diferenciar la influencia histórica de Estados Unidos de la política específicamente desarrollada por Trump respecto de los procesos electorales latinoamericanos. Son dos cuestiones relacionadas, pero no necesariamente idénticas.
Intervenir no significa decidir una elección
El punto central, sin embargo, sigue siendo cuánto puede modificar todo esto el comportamiento de un votante. Estados Unidos intervino. Trump tomó posición. Hubo aranceles, sanciones, movimientos diplomáticos y un vínculo político evidente con el bolsonarismo. Pero de ahí a concluir que esas intervenciones determinan una elección hay una distancia considerable.
Los votantes suelen mirar primordialmente su situación económica, social y personal. Por eso, el resultado de Brasil también debería ser observado desde la Argentina con cierta prudencia. Los presidentes pueden apoyar candidatos extranjeros, intervenir diplomáticamente, imponer sanciones o involucrarse abiertamente en una campaña. Pero finalmente hay un ciudadano que vota.
Y quizás esa sea la parte más importante de esta historia: comprobar que existe una creciente intervención internacional sobre los procesos políticos latinoamericanos no significa necesariamente que quienes intervienen tengan la capacidad de decidir cómo terminan esos procesos.