El escritor Diego Filloy, nieto de Juan Filloy, reflexionó sobre la poesía como un oficio atravesado por la musicalidad, la métrica y la corrección. En diálogo con Osvaldo Quiroga, recordó los consejos que recibió de su abuelo y explicó por qué detrás de un poema aparentemente sencillo puede existir un trabajo profundo sobre el lenguaje.
“Se escribe con el cuerpo”, sostuvo Filloy durante la entrevista en +Perfil. Para el escritor, la literatura no surge exclusivamente de una operación intelectual, sino de una experiencia en la que intervienen también las emociones, las ideas y la propia relación del autor con el mundo.
“La escritura es un trabajo. La palabra se trabaja y no la trabajás solo de una forma intelectual, la trabajás emocionalmente, la trabajás políticamente, la trabajás en todos los ámbitos”, explicó. Desde esa perspectiva, escribir implica revisar, corregir y dedicar tiempo a encontrar la forma adecuada para aquello que se quiere decir.
Las enseñanzas de Juan Filloy
“Estás con la ebullición de las musas”, recordó Diego Filloy que le escribió su abuelo cuando comenzó a detectar su inclinación hacia la poesía. Juan Filloy observó especialmente su facilidad para determinadas formas clásicas y le recomendó estudiar métrica en lugar de limitarse desde el comienzo al verso libre.
“Vos aprendé métrica, vas a tener más tiempo para el verso libre”, fue uno de los consejos que más quedaron en su formación. Diego explicó que aquella recomendación no buscaba imponerle una estructura rígida, sino darle herramientas que luego le permitieran tomar decisiones con mayor libertad.
La musicalidad como parte del poema
“Me sigue algo que me interesa particularmente en la poesía, no digo que sea lo primero, pero es la música, la musicalidad del poema. Incluso la no musicalidad”, señaló Filloy. El ritmo aparece así como una dimensión que puede estar presente de manera evidente o construirse también desde rupturas, silencios y tensiones.
“Eso te da una gimnasia, una propedéutica, que va moldeando tu propia voz”, explicó al referirse al estudio de la métrica. Ese entrenamiento le permitió desarrollar una sensibilidad particular para reconocer estructuras rítmicas incluso dentro de textos que se presentan como verso libre.
“Los Gatos” de Charles Baudelaire fue una de las lecturas que marcó tempranamente esa relación con el sonido. Filloy contó que conoció el poema en francés cuando tenía 13 años y que, aunque todavía no comprendía completamente el significado, “la música” de esas palabras fue suficiente para producirle un fuerte impacto.
El trabajo detrás de la sencillez
“Esta es la típica, esa que dicen: ‘Esto lo hubiese escrito cualquiera’ y yo siempre contesto lo mismo: ‘Y lo hubieses escrito vos, entonces’”, afirmó Filloy. Para el poeta, la aparente facilidad de un texto puede ocultar un proceso prolongado de selección, corrección y búsqueda de precisión.
“Pasa sobre todo con un poema sencillo, a veces la gente piensa que no tiene trabajo y sí tiene trabajo”, sostuvo. La simplicidad, desde su mirada, no significa ausencia de elaboración, sino que muchas veces es justamente el resultado de haber trabajado hasta eliminar aquello que sobra.
“La palabra se trabaja”, había señalado Filloy al definir su concepción de la escritura. Esa idea atraviesa tanto el legado recibido de su abuelo como su propia relación con la poesía: aprender las reglas, escuchar la musicalidad y corregir hasta que el trabajo detrás del texto pueda volverse casi invisible.