“La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza”, era el lema del Partido en la genial novela de George Orwell, "1984". La crítica del autor inglés al estalinismo mostraba cómo un gobierno totalitario empuja a la sociedad a aceptar ideas absurdas y contradictorias para terminar dominando las subjetividades del pueblo.
La salida de Marco Lavagna del Indec, porque quería que se aplicara una fórmula de medición de la inflación más actualizada, y la creación de una suerte de Ministerio de la Verdad, llamado Oficina de Respuesta Oficial, son apenas ejemplos más evidentes de los tantos acumulados en estos más de dos años. Y el periodismo es una de las principales víctimas del avance de la tendencia autoritaria en el Gobierno, de la que los comunicadores “amigables”, como los llama Marcelo Longobardi al prime time de los canales de noticias, son testigos complacientes y hasta aplaudidores.
Hoy Javier Milei necesita que la sociedad crea un relato tan épico como ficticio. Esta dependencia de la narrativa es aún mayor que la del kirchnerismo, porque inclusive estos gobiernos, por lo menos al comienzo, durante algún tiempo, tenían logros objetivos que mostrar en relación con la calidad de vida de la población y los niveles de consumo. Si bien logró bajar la inflación, se percibe que las condiciones de vida empeoran, se reduce el empleo y la cantidad de empresas, además de que los salarios se erosionan rápidamente. A medida que no llega la tierra prometida que auguraban los libertarios, crece la necesidad de una narrativa que debe silenciar o desacreditar a todos los que la cuestionan.
Cuanto más tiempo pase sin que la mayoría de la sociedad perciba resultados concretos de sus esfuerzos, la necesidad de construir realidades alternativas crece. El gran acierto de Milei fue prometer un futuro radiante después de cruzar un desierto simbólico poblado de espinas; en la medida en que el viaje a esa tierra prometida se alargue, el combustible de la esperanza se irá agotando y la necesidad de construir oasis ficticios será cada vez más imprescindible.
Como señaló Orwell cuando escribió "1984", la tendencia de entonces a construir una realidad paralela era atributo del estalinismo, pero podríamos extenderla a todo tipo de regímenes antidemocráticos.
Stalin ordenaba retocar fotos oficiales para borrar a dirigentes caídos en desgracia: el comisario Yezhov literalmente desapareció de imágenes junto al líder, como si nunca hubiera existido. En la Camboya de Pol Pot, escuchar radio extranjera podía costar la vida: el régimen buscaba que la única realidad posible fuera la del oficialismo, incluso vaciando ciudades para romper redes de información.
En el siglo XV, Luis XI de Francia controlaba imprentas y perseguía panfletos críticos porque temía que “la palabra impresa” debilitara su autoridad. Y en la Rumania de Ceaușescu, los diarios publicaban cosechas ficticias y multitudes inventadas para sostener la ilusión de prosperidad. En todos los casos, el gesto es casi teatral: manipular lo que la gente ve y oye para gobernar también su imaginación. No es una casualidad que el jefe de Gabinete sea el vocero. Es decir, que conducir el Gabinete sea construir el relato.
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Hannah Arendt reflexionó mucho sobre la relación entre mentira y política, sobre todo en su ensayo “Verdad y política” (1967). Su idea central no es que la política sea simplemente mentirosa, sino que existe una tensión estructural entre el poder y los hechos.
Arendt distingue entre verdades de hecho (lo que ocurrió) y opiniones. Para ella, las mentiras políticas son peligrosas cuando no buscan solo ocultar algo puntual, sino reemplazar la realidad por un relato conveniente. Advierte que cuando el poder logra erosionar la confianza en los hechos, la sociedad pierde un suelo común: ya no se discute qué pensar, sino qué es real.
Una de sus formulaciones más citadas resume esa preocupación: el resultado de la mentira coherente no es que se acepte la mentira como verdad, sino que se destruya el sentido por el cual distinguimos verdad y falsedad. En ese punto, dice Arendt, la política deja de ser disputa de opiniones y se vuelve manipulación de la realidad, algo característico de los regímenes totalitarios.
Milei ubica a los hechos dentro de la grieta. Si cuestionás algo del Gobierno, en realidad estás favoreciendo al kirchnerismo. Esto sucedió inclusive con uno de los hombres más ricos del país, Paolo Rocca. Luego de perder la licitación del gasoducto con la empresa india, el titular de Techint planteó una crítica a la apertura de las importaciones que está llevando adelante el Gobierno.
Milei, además de ponerle el mote de Don Chatarrín, planteó que Rocca fue parte de una conspiración para desestabilizar su Gobierno durante el año pasado. El Presidente no mostró ninguna duda para semejante acusación. Sabe que difícilmente mucha gente crea eso. El mensaje es más profundo: no tiene que ver solo con Rocca. El subtexto de la acusación de Milei connota que, si siendo el hombre más importante de la industria es acusado de complot por solo hacer una crítica, nadie está a salvo. No importa si es verdad o mentira la acusación, importa si se está con el Gobierno o en contra.
Otro ejemplo de esto son los motes y acusaciones a los artistas. "Lali Depósito", "María BCRA" para referirse a Lali Espósito o María Becerra son insultos que intentan probar que las posiciones críticas de estas jóvenes artistas se explican por los shows públicos en los que ocasionalmente actúan y son pagados por el Estado. La realidad es que ambas cantantes llenan todo tipo de eventos, inclusive estadios. No necesitan del Estado, son dos casos exitosos de un negocio privado.
Sin embargo, no importa que nadie lo crea. Lo concreto es que se entienda que toda crítica ubica al artista en el lugar del enemigo. El enemigo nunca puede ser algo por convicción o de manera honesta. Opina lo que opina porque es parte de un status quo injusto y decadente en el que se le roba al pueblo a través de sus impuestos para pagarle “con la tuya” a gente que no quiere trabajar.
Volviendo a los temas del Indec y la Oficina de Respuesta Oficial, podríamos decir que el objetivo de fondo es más profundo y siniestro que discutir números de inflación o noticias periodísticas. Milei busca crear una realidad paralela, una realidad libertaria, en la que los datos se ajusten siempre a las necesidades del Gobierno. La oposición se puede quedar con su verdad kirchnerista o de casta y la adhesión a una verdad u otra depende de si se es oficialista u opositor.
Se dice que en la guerra la primera víctima es la verdad. Evidentemente, en la batalla cultural de los libertarios también. La verdad es necesariamente sacrificada para poder instaurar una narrativa de los hechos cada vez más alejada de la realidad.
La Oficina de Respuesta Oficial busca “corregir” a los “periodistas mentirosos y pauteros”. De nuevo, ningún periodista puede ser crítico del Gobierno sin que esté pagado por la oposición para emitir opiniones con el objetivo de mantener un orden injusto.
La columna de Luis Costa, publicada en el Diario Perfil y en Perfil.com, titulada “La oficina de la Verdad”, analiza la “Oficina de Respuesta Oficial” no como un intento de imponer una verdad cerrada, sino como una estrategia de interacción política. Desde una mirada sociológica, sostiene que comunicar no es solo transmitir información, sino sostener vínculos mediante respuestas que mantienen vivo el diálogo, aunque sea conflictivo. La cuenta oficial funciona como una máquina de réplica permanente que traslada debates periodísticos al terreno político, alimentando a su público con confrontación y continuidad discursiva.
Costa argumenta que la oposición suele leer el fenómeno en términos morales, verdad o mentira, sin comprender su lógica funcional: generar pertenencia, movilizar emociones y reforzar identidades. En este esquema, la “información” importa menos por su veracidad que por su capacidad de conectar con un público específico. El enojo de los críticos, concluye, termina siendo parte del mismo circuito comunicacional que la estrategia busca activar.
En otra de las columnas de Perfil.com, Sebastián Plut analiza la creación de la Oficina de Respuesta Oficial del Gobierno desde una mirada psicoanalítica, usando el concepto freudiano de “desmentida”: reconocer una realidad mientras se la niega. Sostiene que el organismo nace atravesado por contradicciones discursivas, como combatir la desinformación con más información, afirmar que no busca imponer una mirada mientras define qué es verdad, y advierte que podría derivar en persecución simbólica, censura indirecta o banalización del debate público.
Plut cuestiona la lógica del texto oficial, sugiere que intenta fijar una versión estatal de la verdad y vincula ese gesto con riesgos autoritarios. Concluye que el documento encarna justamente la desmentida que pretende combatir: un discurso que se contradice a sí mismo mientras afirma defender la verdad.
Según su columna en La Nación, Martín Martínez Yebra planteó que Milei necesita controlar todo lo que pueda el humor social para poder aplicar rápido las reformas que busca llevar adelante. Desde el entorno del Presidente plantean que tienen una “ventana de oportunidad” hasta que el malhumor social se haga sentir con mayor fuerza y las condiciones políticas cambien.
También en el Diario Perfil y en Perfil.com salió la columna de Pablo Helman, titulada “Las paradojas de Eubúlides de Olivos”, muy recomendable. En la nota se cita una genial frase de Jorge Luis Borges: “La mentira política es el arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables y hacerlo a buen fin”. Esta afirmación refiere a una concepción de la mentira política en Maquiavelo.
Para Maquiavelo, la relación entre mentira y poder no es un problema moral sino político: el gobernante debe priorizar la conservación del Estado por sobre la virtud privada. En El Príncipe, sostiene que un líder eficaz no puede atarse siempre a la verdad si eso pone en riesgo su autoridad. La política se rige por la virtud, capacidad de adaptarse a las circunstancias, y por la comprensión de que los hombres juzgan más por apariencias que por hechos.
Por eso, el príncipe debe saber “ser zorro y león”: fuerte para intimidar y astuto para engañar cuando sea necesario. La mentira, entonces, no es un fin en sí mismo, sino un instrumento estratégico dentro de una lógica donde la estabilidad del poder justifica el uso calculado de la simulación. Maquiavelo no celebra el engaño por cinismo, sino que describe un realismo crudo: gobernar implica moverse en un terreno donde la verdad pura puede ser políticamente suicida, y donde la imagen pública resulta tan decisiva como la acción real.
En Davos, Milei anunció la muerte de Maquiavelo y de alguna manera se presenta como parte de la nueva política, la pospolítica, como podríamos decir. En ella, no se oculta la verdad o se miente para gobernar como estrategia. Se crea una realidad paralela que debe ser aceptada a pesar de que se crea que es falsa. Apoyar al Gobierno implica relegar la libertad de conciencia y opinión. “La ignorancia es la fuerza”, como decía el Partido de 1984.
Sin embargo, como decíamos al comienzo de esta columna, esto no tiene nada de nuevo. Lo hicieron todo tipo de gobiernos autoritarios desde el medioevo. Lamentablemente, los intentos antidemocráticos por controlar los hechos y la verdad misma nunca vienen solos. Siempre se acompañan de medidas de represión que vulneran los derechos y garantías constitucionales. En esta ocasión, no es la excepción.
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El gobierno de Milei impulsó una reforma profunda del sistema de inteligencia nacional mediante un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) que modifica la Ley de Inteligencia Nacional (25.520) y reorganiza la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE), poniéndola en el corazón de la estructura de espionaje del Estado argentino.
Una de las medidas más controvertidas es que, por primera vez desde la recuperación de la democracia, agentes de inteligencia pueden proceder a detener personas sin orden judicial previa en el marco de actividades que consideren relacionadas con la seguridad, delitos flagrantes, auxilio judicial o la protección de instalaciones y personal. Si bien el decreto exige notificar “inmediatamente” a la Policía o fuerzas de seguridad, no requiere control judicial previo.
Organizaciones de derechos humanos y agrupaciones civiles han denunciado este cambio como un peligro para las libertades individuales y un posible paso hacia una “policía secreta”. Más de 20 ONG, incluyendo entidades como Amnesty International Argentina y el CELS, advirtieron que la falta de criterios claros para aplicar estos poderes puede derivar en detenciones arbitrarias sin garantías jurídicas básicas, atentando contra el debido proceso y abriendo la puerta a persecución e intimidación política y social.
La reforma se inserta en un plan más amplio del Ejecutivo para modernizar y fortalecer el sistema de inteligencia, reorganizando agencias, creando nuevas estructuras como una Agencia Nacional de Contrainteligencia y una Agencia Federal de Ciberinteligencia, y reduciendo la transparencia de las actividades de la SIDE bajo argumento de sensatez y seguridad estratégica.
El Gobierno, por su parte, defiende estas modificaciones como necesarias para enfrentar desafíos globales, amenazas externas y riesgos emergentes en entornos digitales y geopolíticos, y asegura que la reforma está alineada con “estándares democráticos”, aunque esta versión oficial contrasta con las críticas de juristas y legisladores que señalan que el DNU elude el debate parlamentario y amplía discrecionalmente el poder ejecutivo sobre inteligencia.
En conjunto, la tensión gira en torno a este punto clave: al dotar a los servicios de inteligencia de facultades de detención sin control judicial previo y ampliar su rol operativo, el Gobierno trastoca un principio fundamental del Estado de derecho. Mientras para el Ejecutivo esos cambios son herramientas para una inteligencia “moderna y eficiente”, para sus críticos representan un debilitamiento de las garantías constitucionales y un posible retroceso en términos de control democrático y protección de libertades individuales.
“Qué Ves”, de Divididos, aparece en 1993 en La era de la boludez, el disco que consolidó al trío como heredero del espíritu de Sumo, pero con una identidad propia: más cruda, rítmica y con una mirada crítica sobre la Argentina de los 90. La banda, compuesta por Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Federico Gil Solá, componía en un clima atravesado por el desencanto social, la cultura del consumo y la sensación de que la realidad se volvía cada vez más espectacular y superficial. En ese contexto nace la canción que parece haber sido escrita para esta columna. El Gobierno acusa a sus detractores de que “no la ven”. Divididos parece contestarle con su estribillo: “Qué ves cuando me ves, cuando la mentira es la verdad”.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
TV/FF