Ayer se aprobó la media sanción en el Senado de la reforma laboral, mientras se desarrollaba un operativo de represión de las fuerzas de seguridad sobre la manifestación, luego de una serie de incidentes. Hubo críticas a las cúpulas sindicales por no llamar a un paro general, a los gobernadores peronistas por intercambiar obra pública por votos para una ley que iría en contra de la doctrina justicialista y a toda la dirigencia opositora.
Sin embargo, hay una pregunta incómoda que intenté hacerles a diferentes entrevistados ayer y que, en general, no encontraba respuesta. ¿Qué cambió en la subjetividad de los trabajadores para que lo que antes no se hubiese permitido ahora fuera votado sin mayor dificultad?
Vamos a dedicar la columna de hoy no a opinar sobre la reforma laboral o meternos en el debate de quién fue la culpa de que se aprobara. Intentaremos responder la pregunta que acabo de hacer y, para eso, vamos a meternos en las condiciones históricas y sociales que dan condición de posibilidad a estos cambios políticos que antes hubiesen resultado intolerables.
En primer lugar, hay que partir de que la reforma laboral estaba en la agenda de Javier Milei desde su campaña. Era esperable que, en algún momento, la gestión libertaria avanzaría con ese proyecto de ley, y el hecho de que gran parte de los trabajadores haya votado a La Libertad Avanza nos da una primera pista de que no hay un rechazo contundente a la medida.
Las encuestas recientes muestran opiniones divididas, pero con apoyo mayoritario a la idea de reformar las leyes laborales impulsadas por el gobierno de Milei, aunque el respaldo específico a la propuesta concreta varía según la consultora y la forma de preguntar. Según un sondeo de Explanans, realizado en noviembre de 2025 con 6.145 casos, 6 de cada 10 argentinos (60 %) considera necesaria la reforma laboral, con 43,1% apoyando plenamente la propuesta oficial y 18,7% prefiriendo otra reforma, mientras que cerca del 30 % la rechaza de plano.
Un relevamiento más reciente de Giacobbe & Asociados, entre el 27 de enero y el 2 de febrero de 2026, encontró que el 45,6% de los consultados aprueba la reforma laboral tal como está planteada, con 42,7 % en contra y un pequeño porcentaje sin opinión definida. Por otra parte, la consultora Zentrix reportó que 55% de los encuestados respalda una modificación de las leyes laborales, aunque esta encuesta también mostró una fuerte percepción negativa hacia los sindicatos y diferencias de apoyo según grupos sociales. Finalmente, otro estudio de Casa Tres halló que el 63 % de los argentinos considera necesaria la reforma laboral, aunque el respaldo varía fuertemente según orientación partidaria y grupo demográfico.
Entre las encuestas, un promedio del 57,2% de los encuestados están a favor de la propuesta oficialista que modifica las leyes laborales, casi cinco puntos por encima del rechazo, que alcanza el 42,8%. Para que haya un 57 % de apoyo, tiene que haber muchos trabajadores que tengan una opinión favorable al proyecto, justamente el sector que es perjudicado. El apoyo a Milei, ubicado en torno al 40%, es bastante menor. Es decir, hay aproximadamente un 17% opositor que está a favor de alguna reforma laboral. Dentro de ese segmento, quienes apoyan la reforma oficialista son mayoritarios y quienes tienen críticas al proyecto del Gobierno no tienen una propuesta global.
Podemos establecer que el resultado de las encuestas es trasladable a lo que se vio este miércoles en el Senado: una aprobación del proyecto del Gobierno con algunos cambios y un núcleo duro de 30 senadores que rechazaron. Por eso, tal vez, en vez de acusarse entre sí, la oposición haría bien en intentar entender los cambios históricos y las razones subjetivas que dan condición de posibilidad a este tipo de reformas.
Desde la publicación de la encíclica Rerum Novarum en 1891, el entonces papa León XIII abrió un debate fundamental sobre el trabajo y la dignidad humana. La Iglesia reconocía el trabajo como una fuente de identidad y realización personal, insistiendo en que el obrero no podía ser reducido a un mero instrumento productivo, sino que debía recibir un salario justo y condiciones dignas. En esta época, la identidad del trabajador estaba profundamente ligada a la comunidad y al oficio, en un marco de solidaridad social, familia y sindicato incipiente.
A comienzos del siglo XX, con la industrialización masiva, el trabajo comenzó a despersonalizarse. La aparición de fábricas y cadenas de montaje, como describió Karl Marx, transformó al obrero en una pieza de la máquina. La identidad laboral pasó a ser instrumental, definida por el rol en la producción más que por la realización personal. Marx habló del “trabajo alienado”, donde el obrero se separa del producto de su esfuerzo, del proceso y de sí mismo.
Durante el siglo XX, los modelos fordistas y tayloristas consolidaron esta tendencia, pero, al mismo tiempo, surgieron nuevas formas de identidad laboral vinculadas a estatus, jerarquía y pertenencia a organizaciones. El trabajo dejó de ser solo subsistencia y pasó a ser un marcador social, un vector de respeto y reconocimiento. La burocracia moderna, analizada por Max Weber, formalizó la identidad laboral como un elemento de racionalidad, disciplina y prestigio profesional. Incluso la cultura popular y literaria exaltaba al trabajador como héroe de la modernidad industrial.
A finales del siglo XX, la economía global y la terciarización transformaron nuevamente la relación entre trabajo e identidad. La producción industrial cedió espacio a los servicios, la información y la creatividad, y la idea de carrera profesional pasó a convertirse en un eje central de la identidad personal. Richard Sennett, en "La corrosión del carácter", muestra cómo la flexibilidad laboral y la precarización del empleo erosionan la estabilidad que antes daba sentido al trabajo, creando una identidad fragmentada y móvil. Es decir, podríamos decir, a riesgo de ser esquemáticos, que la identidad se fue volviendo más individual. La noción de clase colectiva dio lugar a la noción de carrera. Una carrera es algo individual y que se produce en plena competencia con los otros trabajadores por ver quién llega primero.
En el siglo XXI, la llegada de la economía digital, la autoexplotación y la hiperconectividad intensifican esta transformación. Byung-Chul Han analiza en obras como "La sociedad del cansancio" y "La agonía del Eros" cómo el trabajo contemporáneo se internaliza: ya no es un deber impuesto, sino un imperativo autoimpuesto, donde la productividad se convierte en ética de vida. La identidad se construye sobre rendimiento, visibilidad digital y optimización personal, generando ansiedad y vacío existencial. La alienación no desaparece: solo se ha introyectado, y el trabajador moderno se identifica con el éxito y la productividad más que con la comunidad o el oficio.

Si en la primera mitad del siglo XX podíamos decir que la identidad ligada al trabajo era una identidad positiva, daba un lugar en la sociedad y jerarquizaba a la persona, ahora, siendo un poco provocadores, podemos concluir que nadie quiere ser obrero. La identificación como obrero es una identificación negativa, de alguien que está en la base de la pirámide, que no tiene aspiraciones.
En el mundo de las inversiones cripto, muchos empleados se sienten inversores porque destinan parte de su salario a la compra y venta de estos activos digitales. De igual manera, el encarecimiento de las condiciones de vida hace que muchos asalariados continúen trabajando en emprendimientos personales luego de sus horarios en los lugares de relación de dependencia. Es interesante ver cómo muchos prefieren identificarse como “emprendedores” antes que como empleados.
Por otro lado, el avance de la precarización laboral, el cuentapropismo y la llamada economía popular dan lugar a otras identidades. Si se va cambiando de trabajo en trabajo, producto de la flexibilización de la legislación en contrataciones y el trabajo en negro, es difícil que se forje una identidad en torno a un oficio o tarea laboral. Menos que menos que se piense en un “nosotros”, con intereses comunes que defender.
Así, la trayectoria desde León XIII a Byung-Chul Han refleja un cambio profundo: del trabajo como vínculo social y dignidad moral a un trabajo mercantilizado y performativo, donde la identidad se mide en logros, resultados y apariencias. La solidaridad y el sentido colectivo de la época de Rerum Novarum han cedido paso a la competencia, la autoexplotación y la precariedad emocional. El trabajo sigue siendo constitutivo de identidad, pero hoy es más fragmentario, ansioso y autorreferencial, sujeto a las demandas de un mundo globalizado, digital y neoliberal.
En síntesis, el trabajo pasó de ser expresión de la dignidad humana y la comunidad a un instrumento de autoafirmación en contextos de rendimiento, mostrando que la relación entre labor y sentido de sí mismo es históricamente contingente, modelada por fuerzas económicas, políticas y culturales cambiantes.
Los cambios en la forma en que el trabajo genera identidad también tienen un efecto directo en la percepción y disposición de los trabajadores frente a reformas laborales. Mientras que en el modelo fordista y taylorista del siglo XX la estabilidad laboral, los sindicatos fuertes y los beneficios sociales vinculaban la identidad del trabajador con la permanencia en la empresa y la defensa de derechos colectivos, en la actualidad la realidad es muy distinta. La flexibilización, la precarización y la fragmentación de las carreras profesionales generan que muchos individuos no se sientan protegidos por el sistema vigente y perciban las leyes laborales tradicionales como rígidas, ineficientes o incluso un obstáculo para su propia movilidad o emprendimiento personal.
Qué senadores votaron a favor de la reforma laboral y cuáles en contra
El fenómeno descrito por Byung-Chul Han sobre la autoexplotación y la internalización del rendimiento muestra que el trabajador moderno se define por su capacidad de adaptación, optimización y visibilidad productiva. En este marco, la identidad laboral está más ligada al éxito personal que a la protección colectiva, lo que reduce la resistencia a reformas que flexibilicen horarios, aumenten la libertad contractual o disminuyan la intervención sindical, siempre y cuando se perciba que estas medidas puedan favorecer su propia empleabilidad o ingresos. La sensación de inseguridad laboral y la constante competencia interna y externa hacen que muchos trabajadores vean con simpatía cambios que prometan eficiencia y “libertad” para negociar directamente con empleadores, aunque se reduzcan garantías históricas.
Estudios recientes y encuestas de opinión, como las realizadas por Explanans y Giacobbe & Asociados, reflejan precisamente esta tendencia: un apoyo mayoritario a la reforma laboral no necesariamente surge de un rechazo ideológico a los derechos del trabajo, sino de una percepción pragmática sobre la posibilidad de mejorar oportunidades individuales, conseguir empleo o adaptarse a los nuevos mercados laborales. En muchos casos, los trabajadores jóvenes, de sectores informales o en industrias altamente competitivas valoran la flexibilidad y la capacidad de innovación por encima de la estabilidad contractual tradicional, fenómeno que conecta directamente con la identidad líquida y performativa descrita por Han.
A esto se suma la influencia de los discursos políticos y mediáticos que vinculan la reforma laboral con crecimiento económico, generación de empleo y modernización. Cuando la identidad del trabajador ya no está cimentada en la pertenencia a un sindicato o la estabilidad de por vida, el argumento de “más oportunidades y menos trabas” resuena con quienes buscan potenciar su desempeño individual. La promesa de meritocracia, movilidad y control sobre el propio trabajo se vuelve seductora, especialmente en un contexto donde la inflación, la caída del salario real y la precarización son percibidas como problemas inmediatos que superan la preocupación por derechos colectivos.
En conclusión, la evolución histórica del trabajo, de la dignidad comunitaria de Rerum Novarum, pasando por la alienación industrial de Marx, la burocratización de Weber, hasta la autoexplotación y rendimiento performativo de Han, ha transformado la relación emocional y ética del trabajador con el empleo.
Este cambio estructural genera que sectores importantes de la población laboral actual muestren apertura hacia reformas que flexibilicen condiciones, reduzcan intervenciones colectivas o permitan mayor autonomía contractual, ya que estas políticas se alinean con la identidad contemporánea del trabajador: individualista, orientada al rendimiento y centrada en la capacidad de adaptación más que en la seguridad colectiva. En este sentido, el apoyo a la reforma laboral no es solo económico, sino un reflejo de cómo el trabajo hoy constituye la identidad y las aspiraciones de los individuos en un mundo globalizado y precarizado.
Abogado laboralista sobre el "banco de horas": "No conciben la vida de uno por fuera del trabajo"
Volviendo a la política, en “Progres del Mundo”, Nicolás Tereschuk explica que hoy en día la extrema derecha es el único sector que promete un futuro mejor al actual. Esto es profundo, porque en la marcha de ayer había dos relatos. Uno plantea que, si se realizan algunos cambios y se flexibilizan derechos que la mitad de la población no percibe, habrá más trabajo y oportunidades para todos. El otro propone que las cosas sigan como están. Es esperable que, a pesar de no estar de acuerdo plenamente con el proyecto libertario y de que se tengan críticas, mayormente se le dé respaldo a un Gobierno en el que todavía hay esperanzas si no aparece otro sector que pueda prometer un futuro mejor de manera creíble.
Por otro lado, si vivimos, como dice Byung-Chul Han, en la era del rendimiento, es esperable que el éxito laboral sea percibido como solo el resultado del desempeño personal. Para muchos trabajadores, el hecho de que se plantee que se puede contratar y despedir más fácilmente con la nueva reforma debe reforzar la idea de que ahora cada vez depende más de sus capacidades y menos de la intromisión de la legislación vigente. Más lugar para los talentosos y menos para los malos trabajadores, según esta perspectiva.
De la lucha de clases a la competencia por la realización laboral. Inclusive, la música urbana latina, el género del momento escuchado en todo el mundo, dejó de cantarle a trabajadores, campesinos y quienes sufren los dramas del día a día en el capitalismo actual y empezó a ser autorreferencial. Ahora son jóvenes cantantes que narran sus éxitos económicos y una vida de lujo que lograron tener gracias a sus propias capacidades.
¿Qué sentido tiene escuchar a un rapero cuyos versos directamente dicen que gana el triple que cualquier empleado en un día, en medio de una caída de los salarios y empeoramiento de las condiciones de vida? Muchas veces se busca ese tipo de identificación positiva, como si todos estuvieran en camino de “pegarla” con algún proyecto personal o emprendimiento.
En un mundo de individuos que compiten entre sí y que buscan de manera personal salir adelante, es normal que se apoye una reforma que indica que habrá más oportunidades, aunque el precio sea menos derechos laborales, porque, en el fondo, la mitad de los trabajadores ya no los tenía y probablemente muchos de los que sí gozan de ellos no creen que vivirán toda la vida siendo obreros.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
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