Hay sectores económicos como el campo, la minería y la energía que están teniendo importantes crecimientos y en el futuro tendrán mucho más, mientras que la industria y el comercio, o sea la producción y el consumo, experimentaron caídas. ¿Parte de la riqueza de estos sectores se derramará sobre el resto de la sociedad como piensan muchos economistas ligados al Gobierno? ¿Sobre qué parte de la sociedad se derramará? ¿Cuánto se debe esperar para que se produzca este derrame?
Según informó el INDEC este miércoles, la actividad económica argentina creció alrededor de 4,4% en 2025, marcando una recuperación por segundo año consecutivo tras la caída de 2023. El dato surge del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE), que mostró una suba interanual en diciembre y permitió cerrar el año con números positivos.
El presidente Javier Milei festejó la noticia con decenas y decenas de tuits y retuits en su cuenta oficial. Más allá del exitismo al que nos tiene acostumbrados el mandatario, hay un debate interesante en relación justamente a la teoría del derrame y de la posibilidad de que las ganancias de estos sectores lleguen al resto de la sociedad. Por eso vamos a puntualizar sobre esta teoría y las polémicas que despierta.

“Era una broma y quedó”, como dicen ahora los jóvenes en las redes sociales. La llamada Teoría del Derrame empezó como eso, un chiste del comediante norteamericano Will Rogers en 1932, cuando en medio de la Gran Depresión, hizo una columna criticando las políticas económicas del entonces presidente Herbert Hoover. “El dinero fue asignado a los de arriba con la esperanza de que derramara hacia los necesitados… Hoover sabía que el agua baja, pero no sabía que el dinero sube”, escribió Rogers en una columna sindicalizada.
Este tipo de columnas se compraban por varios diarios y por eso el texto se leyó en todo el país. Según varios historiadores esa fue la primera vez que se leyó el término “trickle down”, que se puede traducir por goteo o derrame para referirse a la economía. Con el tiempo, este término se fue resignificando y para los años setenta y fines de los ochenta se empezó a utilizar durante los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher de una manera neutral. Es decir, los oficialistas la comentaban positivamente y los detractores trataban de explicar lo incorrecto de su postulado. Pero dejó de ser lo que fue en sus comienzos, un chiste.
Aunque muchas veces se presenta como una promesa abstracta, la idea de que el crecimiento económico puede “derramarse” hacia el conjunto de la sociedad tuvo momentos históricos en los que pareció funcionar, al menos durante ciertos períodos. En esos casos, la expansión de los sectores más dinámicos terminó generando empleo, aumento del consumo y mejoras visibles en el nivel de vida de amplios sectores sociales. Sin embargo, esas experiencias suelen tener un rasgo común: el derrame existió mientras el crecimiento se apoyó en la expansión productiva y del empleo, y comenzó a debilitarse cuando cambió la estructura económica.
Uno de los casos más claros fue el de Estados Unidos en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Entre fines de los años cuarenta y comienzos de los setenta, la economía creció de manera sostenida y los beneficios alcanzaron a amplios sectores sociales. El aumento de la productividad industrial se tradujo en salarios más altos, estabilidad laboral y expansión de la clase media. El crecimiento de las grandes empresas no quedó limitado a las capas más ricas, sino que impulsó el empleo masivo y el acceso a la vivienda, la educación y el consumo. Durante ese período, el aumento de la riqueza general sí se tradujo en mejoras generalizadas.
Además, en sociedades como la norteamericana, gran parte de la clase media ahorra en acciones porque hay más cultura financiera. De esta manera, si las empresas ganan más dinero, estas acciones se valoran y la clase media que ahorra en acciones también tiene más dinero. La complejidad financiera de este tipo de sociedades hace una suerte de derrame extra, de capitalización financiera.
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Otro ejemplo importante fue el de Corea del Sur entre los años sesenta y los noventa. El país pasó de ser una economía pobre para convertirse en una potencia industrial. El crecimiento comenzó concentrado en grandes conglomerados exportadores, pero con el tiempo generó empleo urbano masivo y una mejora sostenida de los ingresos. La industrialización rápida permitió que amplios sectores rurales se incorporaran al trabajo industrial y que el aumento de la productividad se reflejara en mejores condiciones de vida. El crecimiento partió de grupos reducidos, pero terminó alcanzando a la mayoría de la población.
Chile durante los años noventa ofrece otro caso de derrame relativamente exitoso. La economía creció con estabilidad y la pobreza cayó de manera significativa. La expansión de las exportaciones, especialmente en minería y agroindustria, generó empleo y permitió un aumento gradual de los ingresos reales. Aunque la desigualdad siguió siendo alta, el crecimiento sí produjo mejoras materiales visibles para sectores amplios de la población.
Argentina también tuvo un derrame parcial durante los primeros años del menemismo, especialmente entre 1991 y 1994. La estabilidad monetaria posterior a la hiperinflación permitió recuperar el poder adquisitivo y reactivar el consumo. Muchas familias volvieron a acceder al crédito y a bienes durables que habían desaparecido durante la crisis. El crecimiento partía de un piso muy bajo, lo que hizo que la mejora se sintiera con intensidad. Durante esos años el aumento de la actividad económica sí se tradujo en una sensación de prosperidad relativamente extendida, sobre todo en los sectores medios urbanos.
En todos estos casos el derrame funcionó mientras el crecimiento estuvo asociado a la expansión del empleo, la estabilidad económica y el aumento de la producción. Cuando esas condiciones cambiaron por crisis externas, transformaciones tecnológicas o procesos de concentración económica, el derrame se debilitó o desapareció. La experiencia histórica sugiere así que el derrame puede existir, pero no es automático ni permanente: depende de circunstancias económicas concretas y suele ser más frágil de lo que sus defensores suponen.
También hay numerosos casos en los que el crecimiento económico no se tradujo en mejoras generalizadas y la idea del derrame fracasó de manera visible. En esas experiencias la economía pudo expandirse, aumentar las ganancias empresarias o atraer inversiones, pero los beneficios quedaron concentrados en sectores reducidos y no se transformaron en empleo o mejoras sostenidas de ingresos para la mayoría.
Un ejemplo clásico es Estados Unidos desde los años ochenta. A partir de las reformas económicas de esa década, la economía creció de manera considerable y la productividad aumentó, pero los salarios reales de amplios sectores se estancaron durante largos períodos. Mientras los ingresos de los sectores más ricos crecieron con fuerza, la participación de los trabajadores en el ingreso total tendió a reducirse. El crecimiento estuvo impulsado en gran medida por la expansión financiera y tecnológica, sectores altamente rentables, pero con menor capacidad de generar empleo masivo. En ese contexto, el aumento de la riqueza no se tradujo en un bienestar proporcionalmente extendido.
Otro caso claro fue Rusia después de la caída de la Unión Soviética. Durante los años noventa se produjo una rápida privatización de empresas estatales y la aparición de grandes fortunas concentradas en pocos grupos económicos. Aunque algunos sectores estratégicos, especialmente los vinculados a los recursos naturales, generaron enormes ganancias, la mayoría de la población sufrió una fuerte caída del nivel de vida. La riqueza quedó concentrada en una élite reducida y no se transformó en inversión productiva ni en mejoras salariales generalizadas. El crecimiento de los sectores más ricos no se tradujo en progreso social amplio.
Algo similar ocurrió en varios países latinoamericanos durante distintos ciclos de crecimiento basados en exportaciones de materias primas. En esos períodos el aumento de los precios internacionales generó ingresos importantes y expansión económica, pero el impacto social fue limitado. La razón principal fue que estos sectores emplean relativamente poca mano de obra y generan encadenamientos productivos reducidos. El crecimiento podía ser significativo en términos macroeconómicos sin modificar sustancialmente la estructura social.
La actividad económica creció 4,4% en 2025, según el INDEC
En estos casos el derrame no funcionó porque el crecimiento estuvo concentrado en sectores con baja generación de empleo, fuerte desigualdad inicial o predominio de la renta financiera o de recursos naturales. Cuando la riqueza no se transforma en trabajo, salarios o inversión productiva extendida, el crecimiento puede existir sin convertirse en bienestar general. Esa diferencia entre expansión económica y mejora social es lo que explica por qué la promesa del derrame muchas veces queda incumplida
Ahora, hay un límite de la teoría del derrame mucho más elemental y obvio. El millonario y autodenominado plutócrata, Nick Hanauer, un emprendedor norteamericano y uno de los primeros inversores de Amazon, dijo: "Por más que gane mil veces más que el resto, no puedo consumir mil veces más"
Hanauer dice que nunca habrá suficiente súper ricos para compensar la caída de los ingresos de la clase media norteamericana. Que él podrá ganar mil veces más que un americano medio, pero que su familia tiene tres autos, no tres mil. Compra la misma cantidad de ropa que cualquier ciudadano y tiene una capacidad limitada de tiempo para salir a comer afuera con amigos. Según Hanauer, los ricos nunca pueden compensar la caída de los ingresos de los trabajadores y sectores medios.
Existe una rima histórica entre el humor de Rogers y el pragmatismo de Hanauer. Mientras que en 1932 Rogers advertía con sarcasmo que, a diferencia del agua, el dinero siempre tiende a subir, ochenta años después Hanauer completa la idea desde la cima de la pirámide: el dinero no solo sube, sino que se estanca.
Para el multimillonario, si la riqueza no se distribuye, el ciclo del consumo se agota porque incluso el hombre más rico del mundo tiene un límite físico para comprar chocolates o pantalones. Mientras el derrame de Rogers era una parodia sobre la gravedad económica, la advertencia de Hanauer es un diagnóstico de supervivencia para el propio capitalismo.
¿Cuál es la conclusión de esta columna? Que la teoría del derrame no es ni totalmente verdadera ni totalmente falsa. Necesita de políticas específicas para que la riqueza que se concentra entre los más ricos pueda distribuirse. Es decir, si hablamos de derrame, se necesita una canaleta para que la riqueza llegue a mojar al resto de la sociedad y no se quede estancada en unos pocos sectores.
En relación con la noticia del INDEC, la consultora LCG dijo algo interesante. Citamos textualmente: “Aún con el llamativo crecimiento de diciembre del 2025, que deja un arrastre estadístico del 2% para 2026, no esperamos un crecimiento alto para este año. Seguimos proyectando un aumento de la actividad por debajo del 3% anual promedio a partir de la tracción que puedan ejercer algunos pocos sectores como petróleo, minería, agro e intermediación financiera. Para el resto, no encontramos drivers que empujen el crecimiento. En su mayoría seguirán atados a una demanda interna poco pujante con salarios estancados y creación de empleo de baja calidad”.
Es decir, no pronostican un derrame para este año para la mayoría de los sectores económicos y eso tira para abajo el crecimiento de la actividad. Lo que falta, efectivamente, es esa canaleta, ese conjunto de medidas del Gobierno para distribuir algo de esas ganancias.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
TV/ff