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MODO FONTEVECCHIA
Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 866: Milei, peor que Jorge Rafael Videla

La tensión entre poder y periodismo vuelve a escalar en la Casa Rosada, con una decisión que reconfigura el vínculo entre el Gobierno y la prensa. A medida que se restringen las preguntas, crece el interrogante sobre los límites del control político y el lugar de la información en la democracia.

Día 866: Milei, peor que Jorge Rafael Videla
Día 866: Milei, peor que Jorge Rafael Videla | NET TV

El cierre de la Casa Rosada a todos los periodistas acreditados es un punto de inflexión. Por primera vez, un gobierno decide directamente eliminar la presencia de la prensa en el corazón físico del poder. Ni siquiera la dictadura de Videla se atrevió a cerrar la sala de periodistas. Dejar sin periodistas la Casa Rosada vuelve innecesarias las conferencias de prensa. Aquellas en las que Adorni se jactaba de “domara quienes venían a cuestionarlo. Cuando el gobierno era hegemónico, se atrevía a la confrontación. Ahora que cae en las encuestas, la economía no mejora y está rodeado de escándalos de corrupción, pretende clausurar toda posibilidad de cuestionamiento.

El Presidente ya había cancelado la posibilidad de que periodistas que estén cubriendo eventos en donde él se presenta le hagan preguntas porque su seguridad creó una valla, en lugares públicos, impidiendo la posibilidad de cualquier mínimo contacto, como cuando a fines de mayo de 2024, Javier Milei protagonizó un tenso intercambio con periodistas al salir de La Rural. Ante un reclamo sobre la situación económica: "La gente no llega a fin de mes", el presidente respondió con polémica: "Si la gente no llegara a fin de mes, se estaría muriendo en la calle".

Si no hay periodistas, no hay preguntas. Si no hay preguntas, no hay incomodidad.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
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El gobierno de Javier Milei justificó el cierre de la sala de periodistas en un supuesto episodio deespionaje ilegal” vinculado a la filmación con lentes inteligentes dentro de la Casa Rosada. Pero, es evidente que es una burda excusa. Es un gobierno que ya no puede responder preguntas. Milei odia al periodismo, ha dicho que el 95% de los periodistas son delincuentes y que la sociedad debería odiarlos más. Ahora mata las preguntas.

Esto degrada la democracia. El periodismo es una institución de la república.

Es el mecanismo a través del cual el poder es interrogado de manera cotidiana. Es la posibilidad de que alguien, todos los días, haga la pregunta incómoda. Sin esa dinámica, el sistema se deforma.

La estrategia del Gobierno parece ser saturar el espacio público con conflictos, ruido y agresión, intentando correr el foco de lo verdaderamente importante. Eliminar a los periodistas de la Casa Rosada es una herramienta. Una forma de redefinir las reglas del juego comunicacional. Desplazarlo hacia las redes, donde no hay diálogo, sino confrontación emocional. Pero además, hay fundamentos filosóficos por los cuales las preguntas son necesarias para llegar a la verdad.

En la tradición filosófica griega, la palabra “verdad” se pronunciaba “alétheia” (ἀλήθεια), un término que no remite a la idea moderna de correspondencia exacta con la realidad, sino a algo más profundo: el desocultamiento, que sería la traducción etimológica de la palabra griega.

Para los griegos, conocer la verdad no era simplemente verificar datos, sino quitar el velo que oculta lo real. La raíz del término combina el prefijo “a-” (negación) con “lethe” (olvido u ocultamiento), por lo que literalmente significa “lo que ha sido desocultado”. La verdad, entonces, era para los sabios de la antigüedad algo que se revela cuando se corre aquello que la tapa, lo que también indica que siempre existe una tensión con el ocultamiento.

No aparece sola, sino que necesita de un proceso, de una búsqueda, de una acción que la saque a la luz. En términos políticos y sociales, esto cobra una dimensión clave: la verdad depende de que haya quienes pregunten, investiguen y expongan. Cuando se impide ese proceso —cuando se silencian preguntas o se limita el acceso a la información— no solo se restringe el debate, se bloquea el propio acto de desocultar. Y sin ese movimiento, lo que queda no es verdad, sino una superficie controlada donde lo real permanece escondido.

Desde esta lógica se entiende mejor el método de Sócrates para llegar a la verdad, conocido como mayéutica.

Sócrates entendía que la verdad no se transmite como un contenido cerrado, sino que se construye a través del diálogo, mediante preguntas y respuestas que van desarmando certezas aparentes. Su tarea era, justamente, la de un “partero” del conocimiento: ayudar a que la verdad emerja desde el propio interlocutor. Sin preguntas no hay mayéutica, y sin mayéutica no hay posibilidad de desocultar. En ese sentido, toda sociedad que limita la pregunta limita también su acceso a la verdad. El periodismo acreditado no es un privilegio corporativo, es una institución de la república democrática.

La historia democrática argentina está atravesada por momentos en los que el poder fue interpelado. Desde Raúl Alfonsín hasta Carlos Menem enfrentando preguntas sobre privatizaciones, pasando por Fernando de la Rúa en medio de la crisis de 2001. También Néstor Kirchner, Cristina Fernández de Kirchner, Mauricio Macri y Alberto Fernández, cada uno en su estilo, enfrentaron preguntas. A veces incómodas, a veces hostiles, pero siempre necesarias.

Vamos a ver un recorrido de estos momentos. Primero un momento histórico y de gran valentía. Un periodista que se atrevió a preguntar al propio dictador en ejercicio por sus delitos de lesa humanidad.

Aún en ese contexto extremo, durante la última dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla, el poder no se animó a clausurar completamente la sala de periodistas ni a eliminar de forma absoluta la posibilidad de interpelación directa. Mientras el régimen cometía crímenes de lesa humanidad —secuestrando, torturando y desapareciendo personas—, subsistían espacios donde, aunque limitadas y peligrosas, podían formularse preguntas. Fue precisamente esa rendija la que permitió escenas como la de José Ignacio López interrogando al propio dictador.

Esa tensión evidencia un punto clave: incluso en un sistema represivo, la existencia de un ámbito para la pregunta abría la posibilidad de confrontar al poder; cuando ese ámbito se elimina por completo, lo que desaparece no es solo el periodismo, sino la posibilidad misma de que la verdad emerja.

Veamos ahora Alfonsín, confrontado con su propio lema: “con la democracia se come, cura y se educa”, por un periodista. Ahora, las preguntas a De La Rúa, al otro día de las fuertes protestas que terminaron con su renuncia.

El Gobierno de Menem fue censurado durante años de la tradición peronista, en especial tras el auge de los K. Sin embargo, ya durante su gestión debió enfrentar reiteradas preguntas sobre la coherencia entre su gobierno y la doctrina peronista. En ese cruce entre discurso, poder y realidad económica se inscribe el siguiente momento: un presidente obligado a responder, en público, si su política representaba o no la esencia del movimiento que decía encarnar.

Ahora veamos un fragmento donde Néstor Kirchner es cuestionado por su patrimonio. Es llamativo que la respuesta es muy similar a una que dio Adorni consultado por los vuelos privados, diciéndole al periodista que no era juez, y por lo tanto no le debía explicaciones. Cristina Kirchner también, aún en su momento de hegemonía, recibió cuestionamientos por los lugares de poder donde se ubicaban dirigentes de La Cámpora.

Ahora, un momento embarazoso de Mauricio Macri. Tras los obstáculos que debió enfrentar su programa cuando intentó avanzar con la reforma previsional.

Alberto Fernández atravesó algo impensado: una pandemia global. La cuarentena, una medida sanitaria que afectó el funcionamiento del país, también exigió respuestas de la dirigencia, ante una sociedad que no tenía otra opción que dejarse cuidar por la dirigencia.

Incluso figuras alejadas del sistema político tradicional, como papa Francisco, mantuvieron esa lógica. En cada viaje internacional, el Papa se sometía a conferencias de prensa en pleno vuelo, respondiendo preguntas sin filtro. Si el líder espiritual de millones acepta el escrutinio, ¿por qué un presidente democrático decide evitarlo?

El cierre de la Casa Rosada permite instalar un nuevo tema en la agenda pública y desplazar el foco de las investigaciones que incomodan al oficialismo. En lugar de discutir denuncias concretas, se discute la “seguridad presidencial”, el “espionaje” o el rol del periodismo. Es una maniobra clásica: cambiar el eje de la conversación cuando el eje real se vuelve insostenible. También funciona como cortina de humo frente a tensiones internas dentro del propio oficialismo. Las disputas en La Libertad Avanza, las dificultades de gestión y los problemas económicos que afectan a amplios sectores sociales quedan relegados cuando el conflicto se traslada hacia un enemigo externo.

El periodismo pasa a ocupar ese lugar, no como actor, sino como blanco.

Finalmente, la medida encaja en una lógica más amplia: la construcción sistemática del periodismo como enemigo. No es un hecho aislado, sino la continuidad de un discurso que busca deslegitimar a quienes preguntan. Insultos, agravios, quita de acreditaciones y ahora directamente expulsión. Es una escalada que no deja demasiado margen para la interpretación.

Dijimos que el periodismo es un pilar de la república democrática. No es casual que esté en la Argentina Peter Thiel, quien considera que la democracia es un obstáculo para el desarrollo de la sociedad y que el Gobierno de Milei es un experimento práctico de sus ideas. Para destruir la democracia, estratégicamente, es necesario deslegitimar y destruir primero al periodismo. Que, como vimos, hasta en los momentos más adversos se atreve a cuestionar al poder.

La reacción del propio presidente, celebrando la medida y calificando a periodistas comobasuras”, como le dijo a Carlos Pagni por afirmar que hay una pérdida del poder adquisitivo, es la consolidación de un discurso que no busca debatir, sino deslegitimar. No busca responder, sino atacar. Y en ese clima, la expulsión de la prensa deja de ser una anomalía para convertirse en una consecuencia lógica de una estrategia justificada por una ideología autoritaria.

Imaginar a un dictador dando una conferencia de prensa y respondiendo preguntas incómodas permite entender la dimensión del problema. La pregunta es lo que incomoda al poder. La pregunta es lo que lo expone. La pregunta es, en última instancia, lo que lo humaniza y lo limita.

Por eso, lo que está en juego no es el acceso de un grupo de periodistas a un edificio. Es algo mucho más profundo: la supervivencia de la pregunta como herramienta democrática. Un gobierno que no tolera preguntas es un gobierno que ha dejado de dialogar con la realidad. Y cuando eso ocurre, la deriva hacia el naufragio es inevitable.

Las preguntas de los periodistas a los representantes del pueblo, en particular en los momentos más incómodos o críticos, son parte central del funcionamiento de la democracia. Incluso la incomodidad que se genera en una conferencia no solo busca una respuesta inmediata a las inquietudes de la ciudadanía, sino que construye un registro.

Por eso se dice que el periodismo es el primer borrador de la historia: porque captura en tiempo real lo que el poder dice, lo que omite y cómo se defiende. A lo largo del tiempo, muchas de esas preguntas terminaron convirtiéndose en hitos históricos. Se reinterpretan a la luz de nuevos acontecimientos.

Alguien, años después, vuelve a ese momento y encuentra en ese intercambio una clave para entender lo que realmente pasó o lo que pasa en ese presente-futuro. La historia no se escribe solo con documentos oficiales, también se construye con esas escenas donde el poder es obligado a responder, u omite hacerlo.

Censurar o impedir esas preguntas no es solo un acto contra el periodismo, es un acto contra la ciudadanía presente y futura. Es quitarle voz al ciudadano del presente, que deja de tener quien lo represente frente al poder, pero también al ciudadano del futuro, que se queda sin las piezas necesarias para reconstruir lo ocurrido.

Quiénes son los dos periodistas denunciados por la Casa Militar por filmar en los pasillos de la Casa Rosada

Sin preguntas no hay tensión, sin tensión no hay verdad, y sin verdad, lo que queda es relato. Y un país sin registro crítico de su propio presente es un país condenado a no entender nunca del todo su pasado, presente y futuro.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

MV/ff