En la comedia del 2000 “Qué quieren las mujeres”, Mel Gibson interpreta a un protagonista que debido a un accidente sabe exactamente lo que piensan las mujeres. Puede escuchar sus deseos, miedos y aspiraciones y se aprovecha de este poder para salirse con la suya. Detrás de esta película divertida, inofensiva hay una pregunta que nos acercaría más al thriller político, ¿qué pasaría si un gobierno supiese exactamente qué piensan, qué desean y a qué le temen los habitantes de su país? La llegada de Peter Thiel a Argentina saca la pregunta de un mero ejercicio de guion cinematográfico y la vuelve una pregunta inquietante de cara a las próximas elecciones del año que viene.
Durante años la palabra manipulación electoral remitió a urnas adulteradas, sobres falsificados o conteos alterados en la madrugada. Sin embargo, el escándalo de Cambridge Analytica obligó a pensar otra clase de intervención mucho más sofisticada: no la modificación del resultado después del voto, sino la alteración del estado mental del votante antes de entrar al cuarto oscuro. En el centro de ese modelo estuvo la utilización masiva de datos personales obtenidos a través de Facebook para construir perfiles psicológicos capaces de identificar miedos, deseos, frustraciones y puntos de vulnerabilidad de millones de personas. A partir de esa información se diseñaban campañas hipersegmentadas que no hablaban a una sociedad en conjunto, sino a individuos aislados dentro de una misma elección.
El caso más conocido fue el referéndum del Brexit. Allí la campaña por la salida del Reino Unido de la Unión Europea utilizó herramientas de microtargeting para enviar mensajes distintos según el tipo de usuario. A algunos se les mostraban contenidos vinculados a la inmigración; a otros, mensajes sobre soberanía nacional o temor económico. La lógica no consistía en convencer a todos de lo mismo, sino en activar emocionalmente a cada segmento con aquello que ya lo predisponía a reaccionar. Poco después, una estrategia similar fue señalada en la elección presidencial de 2016 en Estados Unidos, donde la campaña de Donald Trump utilizó bases de datos para personalizar mensajes políticos con precisión. No se trataba de cambiar votos ya emitidos, sino de moldear percepciones antes de que esos votos existieran.
La misma metodología apareció luego en denuncias en Kenya, Nigeria y Trinidad y Tobago entre el 2013 y el 2017. En varios de esos casos, quienes utilizaron estas herramientas terminaron imponiéndose, lo que alimentó la idea de una maquinaria invisible capaz de torcer procesos democráticos sin necesidad de tocar una sola boleta. Sin embargo, distintos estudios posteriores relativizaron esa omnipotencia tecnológica. La conclusión más prudente fue que estas herramientas no fabrican una mayoría desde cero, pero sí pueden amplificar tensiones preexistentes y convertir elecciones ajustadas en victorias posibles.
En ese trasfondo aparece la figura de Peter Thiel. Aunque no fue directivo de Cambridge Analytica, su nombre quedó asociado al ecosistema ideológico que hizo imaginable este modelo. Thiel fue uno de los primeros inversores de Facebook y cofundador de Palantir Technologies, una empresa especializada en cruzar enormes volúmenes de datos para inteligencia y vigilancia predictiva. Mientras Cambridge Analytica representó la cara escandalosa de la manipulación electoral digital, Palantir simbolizó algo más profundo: la transformación de la conducta humana en un insumo político procesable. Exempleados incluso denunciaron contactos informales entre personal de Palantir y Cambridge Analytica, aunque la empresa negó cualquier vínculo institucional.
Lo verdaderamente inquietante no fue descubrir que una campaña política pudiera mentir, porque eso es tan viejo como la política misma. Lo nuevo fue comprobar que la mentira ya no necesitaba ser masiva: podía ser íntima. Ya no hablaba a pueblos, sino a conciencias individuales. Y quizá allí está la mutación más silenciosa de nuestro tiempo: la democracia dejó de ser solamente una disputa por ideas para convertirse también en una disputa por los algoritmos capaces de interpretar nuestras debilidades antes que nosotros mismos.
Luego de este escándalo, Cambridge Analytica fue disuelta y Facebook tuvo que pagar una multa de 5 mil millones de dólares por haber brindado los datos. También se señaló que la CPAC habría estado detrás del financiamiento de esta operación. La misma CPAC a la que Milei acude regularmente y que tiene a Donald Trump como su máximo exponente.
Acá es donde entra la figura de Thiel y las reuniones que tuvo con Cambridge Analytica en el marco de la campaña del Brexit. ¿Puede Palantir tomar la posta que dejó Cambridge Analytica y utilizar los mismos procesos de datos que se usan para perseguir objetivos militares en Irán o el seguimiento de inmigrantes en Estados Unidos para construir modelos predictivos electorales en Argentina? No lo sabemos, pero Al Jazeera en español se hace la misma pregunta que nosotros.
Ahora, la preocupación por la eventual llegada de Palantir a la Argentina no reside solo en la posibilidad de la manipulación electoral. También existe la posibilidad de que los datos que distintas dependencias públicas recopilan sobre la población y envían a la SIDE, pueda ser utilizada para la vigilancia y la persecución contra opositores. En la nota “Datos personales, seguridad y vigilancia: cómo Milei allana el camino para el desembarco de Palantir en el país”, publicada en elDiarioAR, el periodista Mauricio Caminos sostiene que la reunión entre Javier Milei y Peter Thiel no debe leerse como un simple encuentro protocolar, sino como la señal visible de un proceso más amplio de reorganización del Estado argentino alrededor del control de la información.
Según el autor, el Gobierno viene construyendo un marco institucional compatible con el eventual desembarco de Palantir Technologies, la firma fundada por Thiel especializada en integración de bases de datos, vigilancia predictiva y análisis de inteligencia para agencias estatales. Caminos remarca que una de las primeras señales de ese proceso fue la creación, el 29 de julio de 2024, de la Unidad de Inteligencia Artificial Aplicada a la Seguridad (UIAAS) dentro del Ministerio de Seguridad. Ese organismo fue concebido para aplicar herramientas de inteligencia artificial al procesamiento de grandes volúmenes de información y a la detección de patrones de comportamiento vinculados con seguridad pública.
A ese paso se sumó luego la reforma de la ex SIDE mediante el Decreto de Necesidad y Urgencia 941/2026, firmado el 2 de enero de 2026, que amplió la obligación de distintos organismos estatales de producir y entregar información al sistema nacional de inteligencia, incrementando así la cantidad de datos disponibles para su explotación analítica.
El artículo también subraya una modificación más reciente dentro del Poder Ejecutivo: el traspaso de la órbita política del Sistema de Identificación Nacional Tributario y Social (SINTyS), una de las redes de información más sensibles del país, que articula datos patrimoniales, fiscales y sociales de personas físicas y jurídicas provenientes de más de un centenar de organismos nacionales, provinciales y municipales. Para el autor, esa centralización del flujo de información refuerza una tendencia hacia una administración más concentrada del conocimiento estatal sobre la vida privada.
A esa estructura interna se agrega un componente internacional. Caminos recuerda que en febrero de 2026 el Gobierno cerró el texto del nuevo acuerdo bilateral de comercio e inversión con Estados Unidos, en el que Argentina reconoce a ese país como “jurisdicción adecuada” en materia de protección de datos personales, lo que en la práctica facilitaría la transferencia de información sin requerir mecanismos adicionales de resguardo. Para distintos especialistas consultados por el periodista, esa flexibilización normativa reduce obstáculos legales para que empresas tecnológicas estadounidenses puedan operar sobre datos argentinos.
La preocupación central que recorre la nota no es solamente tecnológica, sino política. Caminos recoge advertencias de organismos de derechos civiles y expertos en privacidad que señalan que estas herramientas suelen incorporarse sin debate parlamentario, sin auditorías externas y sin control democrático sobre algoritmos que muchas veces funcionan como cajas negras. En esa interpretación, el acercamiento entre Milei y Thiel no representaría solo una alianza económica, sino la posible convergencia entre un proyecto político local y una concepción del poder donde gobernar ya no significa únicamente administrar un Estado, sino también conocer, clasificar y eventualmente vigilar a la sociedad con una precisión inédita.
La construcción de perfiles predictivos de nuestra conducta en base a datos es algo que experimentamos todos los días. ¿Cuántas veces ocurre que están hablando de algo y en algunos minutos aparece publicidad en el celular relacionada con su conversación?
La reacción inmediata suele ser pensar que el celular está escuchando. Aunque esa sospecha se volvió casi un reflejo contemporáneo, la realidad suele ser más compleja y, en cierto sentido, más perturbadora. No siempre hace falta que un dispositivo oiga una conversación para saber qué podría interesarle a una persona. Muchas veces alcanza con observar su comportamiento.
Los teléfonos inteligentes registran una cantidad de información mucho mayor de la que la mayoría imagina. Saben dónde estuvo una persona, qué buscó en internet, cuánto tiempo miró una publicación, qué compran sus contactos, qué videos dejó a la mitad y hasta qué temas aparecen con frecuencia en su entorno digital. Con esos datos, los sistemas publicitarios construyen perfiles extremadamente precisos. No necesitan escuchar una conversación para ofrecer un anuncio oportuno: muchas veces simplemente predicen lo que alguien está por desear antes de que esa persona lo formule en voz alta. La novedad es que se utilice esa misma precisión para que los políticos digan exactamente lo que cada votante necesita escuchar para que hagamos lo que necesitan que hagamos.
Según la crónica publicada el 22 de abril en Infobae, escrita por el periodista Sebastián Catalano, Peter Thiel llegó a Buenos Aires acompañado por su núcleo familiar —su esposo Matt Danzeisen y sus hijos.
Thiel compró una casa en Barrio Parque por 12 millones de dólares que, según el movilero Juan Cruz Soqueira, está ubicada en Dardo Rocha 2928. Cuando Juan Cruz estuvo haciendo su trabajo en la vereda pública de la casa, personal de seguridad privada lo obligó a borrar la filmación. Obviamente no vamos a quedarnos con eso y vamos a seguir intentando reunir toda la información posible.
Peter Thiel en Argentina: Reformas, compras y reuniones en medio de la censura a la prensa
Desde el periodismo crítico, pero también desde la oposición y todas las instituciones democráticas del país hay que exigir que se conozca los acuerdos con Peter Thiel y Palantir. Hasta ahora, el Gobierno viene avanzando en cambios de la SIDE y en el marco normativo sobre el uso de datos sin consultarlo con nadie. Como decimos siempre, esperemos que nosotros y los medios y periodistas que estamos preocupados por la presencia de Thiel y Palantir en Argentina hayamos estado equivocados y que no se utilicen nuestros datos para manipular elecciones o perseguir críticos de este Gobierno.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
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