Una inesperada operación inmobiliaria sacude la hermética tradición del exclusivo Barrio Parque de la Ciudad de Buenos Aires y ocupa a la prensa local e internacional, que le dedican una significativa porción de su centimetraje impreso y digital.
Se trata de la compra por US$ 12 millones de un estupendo inmueble realizada por el multimillonario tecnológico Peter Thiel, un norteamericano nacido en Alemania y educado en Namibia, para finalmente trasladarse a Estados Unidos, donde estudia Filosofía en la Universidad de Stanford antes de iniciar su superexitosa carrera como empresario informático.
Es verdad que la compra de ese inmueble reviste enorme importancia. Pero no por la conmoción que causó en ese barrio, ni tampoco por el precio que se pagó por ella. O porqué esté justo enfrente a la mansión de Susana Giménez. No. Su importancia reside en la razones políticas y estratégicas que tiene el personaje que decidió hacer esa compra.
Veamos: en la edición digital del sábado 25 de abril, el New York Post nos da una pista:
“Buenos Aires es sólo la última pieza de lo que constituye una estrategia global meticulosamente construida. Thiel ha dedicado años a conformar una cartera de residencias, pasaportes y presencia legal en múltiples continentes.
“En Nueva Zelanda, obtuvo la ciudadanía —un proceso que generó gran controversia debido a la rapidez con que se le concedió— y, con ella, el derecho de residencia en todo el corredor del Pacífico, incluyendo Australia”
¿Se propondrá Thiel obtener también la ciudadanía argentina? No lo sabemos, pero tampoco lo descartamos.
¿Por qué es tan importante lo que hace este hombre y cuáles son las razones que motorizan sus decisiones?
Para responder esta pregunta hay que remontarse a unos años atrás. Conocer desde el inicio, los objetivos y planes de un reducido grupo de afortunados emprendedores - de los cuales Peter Thiel es sólo el botón de muestra -que en pocos años se convirtieron en propietarios de las empresas más poderosas del planeta, dueñas de la acumulación y el manejo de toda la información que genera la humanidad y desarrolladoras de sistemas de vigilancia y construcción de la opinión pública con niveles de concentración jamás alcanzados en toda la historia de la humanidad.
El libro El Fin de la Historia de Jonathan Taplin nos da otra pista: “Marc Andreessen, Elon Musk, Peter Thiel y Mark Zuckerberg son los multimillonarios que quieren gobernar al mundo” nos avisaba Taplin algunos años atrás.
“Los cuatro tecnócratas son parte de un movimiento ideológico que solo puede ser caracterizado como anarcho-libertarian y eso impulsa muchos de sus planes para nuestro futuro” describía Taplin en ese libro de imperdible lectura. Y profetizaba acertadamente: “Ellos constituirán una poderosa camarilla Make America Great Again (Maga) dentro de la nueva mayoría republicana de la Cámara”.
Los aciertos comprobables que expresa en su libro Jonathan Taplin - un norteamericano formado en la setentista cultura liberal de su país - hacen más verosímil sudenuncia de los planes que tiene esta “oligarquía tecnocrática” para nuestro futuro: “… cuatro proyectos para los que necesitarán como capital de inversión, decenas de billones de dólares (mayormente públicos) en las próximas dos décadas. Están seguros que nosotros les daremos ese dinero”.
Según Taplin, esos cuatro proyectos son “el metaverso, la criptomoneda, los viajes humanos y colonización de planetas distantes, y el transhumanismo … todos son los primeros pasos hacia uno que los cuatro hombres apoyan: el transhumanismo”.
El transhumanismo. Esa idea a la que Francis Fukuyama calificó como “la más peligrosa del mundo” en su libro El fin de la Historia, porque se contrapone al liberalismo político, un pensamiento al que Fukuyama define como “la creencia de que todos poseemos una esencia humana que se manifiesta en las pequeñas diferencias: en el color de la piel, la belleza e incluso la inteligencia. Por lo tanto, todos los individuos tienen un valor inherente”.
Modificar esa esencia es el núcleo del proyecto transhumanista que motorizan con su poder económico estos cuatro oligarcas tecnocráticos. Forzando situaciones para encaminar a la humanidad hacia una globalización tecnocrática que promete vida eterna y bienestar infinito para unos pocos a cambio de negar el derecho a la vida y a la identidad de todos los demás, y despreciar nuestra condición humana para reemplazarla por un universo de cyborgs (pocos) que declaran el fin de la humanidad y de todos nosotros como parte de ella.
Es en el transhumanismo donde la figura de Thiel se vuelve relevante y estratégica. Es desde allí donde debemos interpretar los éxitos comerciales y estratégicos de sus emprendimientos empresarios, la proclama transhumanista de su empresa Palantir, sus declaraciones de desprecio por la democracia. Es desde allí donde podemos comprender mejor su admiración por el proyecto que Javier Milei intenta instalar en la Argentina.
Thiel manifiesta que “las ideas de Javier Milei son tan relevantes a nivel global como para Argentina”. Coincide con el actual primer mandatario argentino en que “los que generan riqueza y ganan dinero, si no hay nada raro en el medio, son héroes, benefactores sociales”. Y cree encontrar en la Argentina del modelo anarco-capitalista por el que brega Milei, al huevo de la serpiente que esparcirá el transhumanismo global de los oligarcas tecnocráticos al resto del planeta.
Thiel cree que en la Argentina de Milei han encontrado la Tierra Prometida alejada de los riesgos de cualquier confrontación nuclear. Cree que podrá imponer en distintas partes del mundo a los partidos tecno-fascistas que crecen a costa de las debilidades procedimentales de algunas democracias.
Que podrá desarrollar impunemente sus alianzas en el complejo militar-digital que pone a prueba el equilibrio geopolítico global. Que profundizará el control social a través de sus empresas de vigilancia digital y seguirá expandiendo impunemente el control tecnocrático sobre el espacio de las comunicaciones. Eso cree Thiel. Pero se equivoca.
La Argentina anarco-capitalista con la que alucina Milei no es la Argentina por la que luchan y trabajan la mayoría de los argentinos y argentinas.
En 2024, en Infoworkers descubrimos y acercamos a la Argentina el pensamiento que Jonathan Taplin expresaba en su libro The End of Reality. En junio de ese año organizamos una serie de eventos en los que Taplin expresó sus ideas junto con la de otros referentes internacionales, como el sociólogo Manuel Castells y la doctora Emilce Cuda.
Hoy, junto con la Universidad Nacional de Avellaneda y la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, hemos logrado que Taplin venga a Buenos Aires, para ayudarnos a articular una mirada comprensiva del accionar de estos oligarcas tecnocráticos tan cercana a la realidad como han demostrado ser las advertencias que Taplin nos hiciera algunos años atrás.
En 2024, Infoworkers bautizó a ese grupo de multimillonarios tecnológicos como los “Jinetes del Apocalipsis Tecnocrático”. Un calificativo que el tiempo demostró que era tan siniestro comoacertado.