Durante décadas, los esfuerzos de desarrollo global reflejaron el supuesto de que la cooperación internacional, por imperfecta que fuera, estaba guiada en última instancia por un compromiso compartido de ayudar a prosperar a los países más pobres. Esa era ha terminado. Hemos entrado en una era multipolar, definida por la rivalidad estratégica, las normas cuestionadas y un nivel de volatilidad que hace que la planificación a largo plazo sea extraordinariamente difícil.
En este contexto, las economías no pueden esperar sentadas a que se produzca una reforma sistémica o una asistencia benévola. Deben construir sus propias capacidades y negociar su lugar en este nuevo mundo.
Si bien la descarnada política de poder actual representa un cambio respecto al pasado reciente, la gobernanza global nunca ha sido una empresa caritativa. Los Estados siempre han actuado en su propio interés, incluso cuando enmarcan sus acciones como una muestra de buena voluntad. Ahora que la máscara ha caído, operar en este nuevo paisaje significa adoptar un enfoque lúcido de la participación internacional, reconociendo los riesgos y las oportunidades.
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La trayectoria de desarrollo de la India es reveladora a este respecto. El país ha sido escéptico durante mucho tiempo ante la idea de que la cooperación global esté motivada por la benevolencia. Si bien ha recurrido a recursos externos, lo ha hecho bajo sus propios términos, centrándose en la construcción de capacidades nacionales. Y no está solo: China, Japón, Corea del Sur y Vietnam han buscado alcanzar un equilibrio similar.
Estas economías han tenido éxito no porque sus intereses coincidan plenamente con los de sus socios extranjeros, sino porque han aprendido a encontrar puntos comunes, navegar las diferencias e idear soluciones viables. Se trata de la diplomacia económica en su forma más eficaz: una mezcla de negociación, creación de instituciones y aprendizaje estratégico. Este "manual de las potencias medias" está evolucionando a medida que evoluciona el contexto global.
Si bien las economías asiáticas han buscado aprovechar al máximo el compromiso global, no han permitido que actores externos dicten su guion de desarrollo. La política industrial de Japón, la transformación de Corea del Sur orientada a la exportación o el modelo híbrido de China surgieron de debates domésticos. Las instituciones locales capaces de aprender bajo presión han sido los motores clave del progreso.
India ha aplicado este pragmatismo para responder a las cambiantes condiciones económicas y geopolíticas mundiales. Ha trabajado con los países del sudeste asiático para aumentar la resiliencia de las cadenas de suministro y ha ampliado la cooperación tecnológica con Estados Unidos. Al mismo tiempo, se ha posicionado como un puente entre las economías avanzadas y el Sur Global, un interlocutor capaz de conciliar intereses divergentes.
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La experiencia de India ofrece lecciones no solo para las economías en desarrollo, sino también para otras potencias medias, como Canadá y el Reino Unido. Estos países se enfrentan ahora al mismo dilema: cómo seguir participando a nivel mundial sin comprometer su autonomía. La única forma de afrontarlo es fortaleciendo su propia capacidad para negociar, regular, innovar y aprender.
Esto requiere un cambio fundamental de mentalidad, entendiendo la diplomacia económica no solo como una herramienta para asegurar el acceso a las cadenas de suministro, sino como un medio para forjar acuerdos mutuamente beneficiosos. La asistencia técnica ya no debe verse como una transferencia de conocimiento unidireccional, sino como modelos de asesoramiento codiseñados que incorporen el aprendizaje en lugar de perpetuar la dependencia.
Los países también deben actualizar su enfoque al relacionarse con las empresas. El objetivo son asociaciones en las que los actores públicos y privados compartan riesgos y desbloqueen nuevos mercados. Sin embargo, muchos gobiernos tienen dificultades para lograrlo por carecer de la profundidad institucional necesaria para negociar en igualdad de condiciones.
La experiencia de Asia envía un mensaje claro. Esperar por una cooperación benigna no llevará a los países a ninguna parte. Pero el aprendizaje estratégico, la creación de capacidad, la negociación firme y la competencia pragmática pueden respaldar el progreso incluso en circunstancias difíciles.
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La tarea de los responsables políticos hoy no es elegir entre autonomía y cooperación, sino desarrollar la capacidad para ambas. Los países que tengan éxito serán aquellos que inviertan en sus propias instituciones, aprendan de los demás sin imitarlos y participen internacionalmente con confianza. La historia del desarrollo de Asia muestra que el camino más seguro hacia la resiliencia en un mundo incierto es este.
(*) Ashok Lavasa, excomisario electoral y exsecretario de Finanzas de la India, es exvicepresidente del Banco Asiático de Desarrollo. Roli Asthana es asesora sénior en ODI Global Advisory, investigadora asociada sénior en SAIIA, becaria de investigación asociada en Chatham House y asociada en LSE IDEAS.