En Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190) y Radio JAI (FM 96.3), el economista Luciano Laspina analizó el rumbo económico del Gobierno, las tensiones entre estabilización y crecimiento y la necesidad de acuerdos para avanzar con reformas estructurales.
Luciano Laspina es licenciado en Economía por la Universidad Nacional de Rosario y magíster en Economía por la Universidad del CEMA. Fue economista jefe del Banco Ciudad y asesor en el Banco Central y el Ministerio de Economía. Se desempeñó como diputado nacional por Santa Fe entre 2015 y 2025 y actualmente es director ejecutivo del CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento).
¿Qué pasó que estuviste con un perfil muy bajo y ahora decidiste volver a recuperarlo?
Bueno, yo en los últimos años en la Cámara de Diputados seguí haciendo mi trabajo más técnico, aportando a las leyes importantes que se aprobaron en estos años. Sin un proyecto político definido, preferí hacer un aporte desde lo que sé, que es la economía, las cuestiones fiscales, las cuestiones más técnicas, y pensaba que en esa etapa mi contribución era no tanto meterme en el debate político, entrar en la trinchera, sino aportar desde lo técnico y terminar mis diez años de mandato, porque yo completé dos años de Miguel del Sel en aquel momento y después tuve dos renovaciones, haciendo eso, lo que sé hacer, que es trabajar en los temas más técnicos. Tengo el orgullo de haber creado la Oficina de Presupuesto del Congreso, que hoy es una de las instituciones más prestigiosas, que ha renovado sus autoridades con mayorías kirchneristas y con mayorías de Juntos por el Cambio y siempre se ha podido preservar esa independencia. Esa fue básicamente mi decisión: aportar desde lo técnico y correrme desde lo político por sentir que no era mi momento.
Tu balance de estos 28 meses de la economía de Milei, si querés, de Milei y de Caputo, a quien además vos conocés bien de otra época, luces y sombras.
Sí, nosotros desde CIPPEC preferimos no hablar de personas, hablamos de políticas. Creo que el Gobierno encontró una situación muy crítica de la Argentina en una etapa que necesitaba un cambio profundo después de 15 años de estancamiento macroeconómico y estanflación, y empezó, bueno, con su estilo, a encarar esa agenda que es una agenda bastante consensuada por gran parte de la intelectualidad argentina: el equilibrio fiscal, un Banco Central más saneado, mejorar la cuestión regulatoria y otras reformas como la laboral, que hace 30 años se viene discutiendo en la Argentina y nunca se hizo. Y, bueno, como yo siempre digo, a veces es como que los gobiernos tienen que operar al enfermo en el medio del campo de batalla y eso obliga a tomar decisiones incómodas y a veces hacer las cosas a destiempo.
Por ejemplo, una de las cosas que está golpeando la economía es la apertura económica antes de haber finalizado todas las reformas que se requieren para que las empresas sean competitivas. La reforma laboral recién empieza, todavía está judicializada, pero falta la tributaria, la coparticipación federal, la infraestructura, la educación ligada al mundo del trabajo. Entonces creo que en eso, cuando uno toma distancia y mira a la Argentina desde el llano, después de haber atravesado muchos años cerca de la política y la gestión, es difícil. Argentina es un país complicado. Eso no justifica los errores de los gobiernos, pero creo que mi balance general es que el rumbo que ha tomado era el rumbo imprescindible. Probablemente cualquier otro gobierno hubiese tomado un rumbo parecido en muchas cosas. Pero después están los errores de implementación, las secuencias que a veces son hijas de malas decisiones, pero a veces también de restricciones. La reforma tributaria no se hace no porque el gobierno no quiera, sino porque no tiene plata. La de coparticipación no se hace porque no tiene los votos. Entonces es difícil. Creo que era un paso necesario, pero intermedio. Argentina tiene que levantar la mirada, apagar el incendio y empezar a construir una casa mejor.
Cuando fue la primera Ley Bases, Horacio Rodríguez Larreta decía que no alcanzaba con ganar un balotaje, es decir, con tener el 51% de los votos, sino que había que tener los votos en el Congreso, 129 diputados y 36 o 37 senadores. Él decía que, si hubiera sido presidente, esa reforma hubiera salido inmediatamente porque lo que hacía falta era consenso. O sea, que dado que la gran mayoría de las fuerzas políticas, como vos bien decís, estaban de acuerdo en la mayoría de las reformas que había que realizar, la cuestión era de grado, para decirlo de alguna manera. Incluso podríamos decir que hasta si hubiese ganado el peronismo con Sergio Massa también.
Entonces, la pregunta es: como vos decís, se tuvieron que hacer algunas cosas antes que otras porque no estaban los votos, pero en ese orden de procedimiento, como si fuera la cocina, si uno pone primero los huevos y después el aceite, el producto no es el mismo. Entonces, hay un problema, yo diría, no sé si de mala praxis, en la implementación de esas ideas generales y en la dosis en las que sí había acuerdo.
La Argentina está atravesada por dos fuerzas muy potentes: la estabilización macroeconómica, que está inconclusa, y la transformación del modelo de integración al mundo.
Las dos se cruzan y generan tensiones. Creo que se combinan de una manera que es lo que está generando un poco esta sensación de una economía a dos velocidades, con algunos sectores ganadores que desde la oferta empujan el número y sectores más ligados a la demanda doméstica que están cayendo, industria, construcción y comercio.
Y esto obviamente genera tensiones y la economía está creciendo en promedio. Cuando vos mirás desde el inicio del gobierno de Milei hasta ahora, la economía creció tres y pico por ciento. Los sectores ganadores crecieron más de 11% y los perdedores cayeron más de 5%. En el último dato, industria cae ocho y pico, comercio otro tanto, siete, construcción también.
Y eso tiene que ver con estas dos tensiones que se están cruzando. Si nosotros logramos como sociedad tener la paciencia estratégica de poder ir haciendo estas reformas y encontrando la manera de integrarnos al mundo de manera más inteligente, pensar otro tipo de políticas que después podemos hablar, yo creo que Argentina tiene la oportunidad de despegar.
Hoy está complicada y me parece, obviamente, uno juzga al Gobierno por los resultados, también hay que ver las condiciones iniciales, digamos, ¿no? Hay que hacer un balance de todo eso y creo que después la sociedad va a decidir el año que viene si cambiar mucho, poco o nada respecto a lo que se está haciendo.
Le pregunto al economista: la estructura macroeconómica, la solidez macroeconómica, no está consolidada. ¿Por qué? Después de 28 meses, y con una sociedad a la que hay que reconocerle que ha tenido una paciencia y una predisposición a padecer el ajuste como quizás no la tuvo en ningún otro momento de la historia argentina, ¿por qué no termina de consolidarse esa estabilidad macroeconómica?
Sí, yo creo que la experiencia traumática de los últimos años de Alberto Fernández creó un espacio social muy grande para hacer un cambio drástico y la estabilización no está consolidada porque tenemos… el último dato fue 3,4%, básicamente porque Argentina es un país con inflación crónica, porque si bien hay un ancla fiscal muy clara, hubo muchos cambios en la política monetaria y porque, al no haberse hecho una estabilización de shock como fue el Plan Austral o la Convertibilidad, el proceso es mucho más largo y parsimonioso y tiene idas y vueltas.
Y, otra vez, hay que ver si la sociedad tiene la paciencia de esperar a que los resultados se den en materia inflacionaria y que después se traduzcan en crecimiento.
Luciano. Usás una palabra que me parece que resuena: “shock”. Bueno, fiscal fue un shock. Entonces, probablemente lo que hay es un problema de mala praxis, o sea, de dónde poner el shock, porque el shock lo hubo, pero lo hubo partiendo de la hipótesis de que la inflación es, en cualquier lugar y en cualquier momento, un fenómeno monetario, y parece que no es absolutamente un fenómeno monetario, aunque a largo plazo sí lo sea, ¿no? Es decir, se partió de una tesis que es: hago shock en lo fiscal y se acomoda todo lo demás.
El shock fiscal fue necesario, pero hubo gradualismo monetario y cambiario. Hubo varias etapas en la política monetaria y expansión de la base monetaria. Más allá del congelamiento de la base monetaria amplia.
El Gobierno se apura a privatizar el agua, el gas y la luz para enviar una señal a Wall Street
Lo que te plantean es que cuando vos considerás que el problema de la inflación es la dominancia fiscal, porque imprimís porque tenés déficit fiscal, si no tenés déficit fiscal vas a emitir solamente porque aumenta la demanda de dinero. Entonces parte de una concepción de que en Argentina la solución a la inflación tiene que tener una dominancia fiscal porque, finalmente, el problema de la inflación es que vos emitís porque necesitás financiar tu déficit fiscal. Él partió de esa tesis. Bueno, soluciono esto y se soluciona todo lo demás.
Vos sabés que un poco la teoría económica, que ha ido por distintos andariveles a lo largo de la historia, llegó a una síntesis, digamos, que se llamó la síntesis neoclásica, en la cual básicamente, como yo le decía a mis alumnos, en el largo plazo los clásicos tienen razón y todo es fiscal, y en el corto plazo los keynesianos tienen razón y hay inercia, y el desempleo se mueve en función de la inflación y pasan estas cosas. Entonces, claro, cuando Milei dice “es siempre todo un fenómeno monetario”, como decía Milton Friedman, tiene razón. Y cuando vos me decís “che, en el corto plazo hay inercia y la verdad que estamos con problemas recesivos”, bueno, porque el neokeynesianismo también tiene parte, porque en el corto plazo hay fricciones, hay precios sticky, como dice la literatura, pegajosos, hay sindicatos. Entonces, la realidad convive. El arte del policy making, de hacer política económica, es justamente entender qué modelo encaja en cada momento.
Por eso los economistas decimos una cosa un día y otra al otro, porque analizamos la realidad con modelos, que son simplificaciones abstractas de la realidad. Guillermo Calvo, que es un economista que tendría que ser Premio Nobel, tiene un montón de modelos, algunos con inercia inflacionaria, otros con precios que ajustan perfectamente, y cada uno explica momentos distintos. Pero eso es hacia atrás. Cuando vos estás operando sobre la realidad, no tenés claro cuál es el modelo. Entonces, claro, la teoría cuantitativa del dinero, M por V igual a P por Q, a largo plazo es perfecta, pero a corto plazo hay fricciones.
Nosotros desde CIPPEC siempre decimos, y lo dije en mi discurso el otro día, tratamos de trabajar sin dogmatismos, porque el dogmatismo es la confusión de los hechos con las opiniones. Y cuando uno está en política, lo narrativo, lo discursivo, es fundamental y muchas veces se pone el discurso por encima de la práctica.
Entonces, exactamente, es necesario acuerdos preideológicos. Entonces, vuelvo a la pregunta: para poder haber hecho las reformas que había que hacer, ¿no era necesario consenso? Y, finalmente, la manera de gobernar produciendo división y disenso, ¿afecta la economía? Es decir, cuando Caputo termina diciendo que el problema del riesgo país es político, no económico, ¿la enseñanza no es que lo que hace falta es un acuerdo y que había una oportunidad enorme porque por primera vez todo el arco político estaba de acuerdo en la mayoría de las reformas? ¿Se desaprovechó esa oportunidad de consenso al profundizar el disenso?
Yo creo que hace falta un acuerdo preideológico. Ojalá el Gobierno lo empuje hacia adelante. El acuerdo tiene que ser justamente preideológico, similar al que se hizo de manera implícita en la transición del 2003 entre Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula da Silva, donde básicamente se dieron: con estas tres cosas, que son respeto a los contratos, equilibrio fiscal y prohibición de financiamiento monetario del fisco, con estas tres cosas estamos de acuerdo. Después el resto se dirime en las urnas. Queremos una economía más regulada, más desregulada, más abierta, más cerrada, un Estado más grande o más pequeño. Si querés un Estado más grande, tenés que subir los impuestos.
Entonces, ese acuerdo preideológico, para mí Argentina no lo tuvo. Latinoamérica lo tuvo escrito en sus constituciones, porque básicamente estas tres reglas, de una u otra forma, las escribió Chile en su Constitución Nacional, Perú en el 93, Colombia en el 92, Argentina en el 94. Yo hablé con un constitucionalista y le pregunté por qué no pusimos, como Brasil, reglas fiscales constitucionales, independencia del Banco Central, prohibición del cepo. Y me dijo: “No nos dimos cuenta”, porque como estaba la convertibilidad, que parecía escrita en piedra, no se necesitó un capítulo constitucional para las instituciones básicas de la macroeconomía, por decirlo de alguna forma. Y eso permitió que después viniera el kirchnerismo y duplicara el gasto público, cosa que Dilma no lo pudo hacer en Brasil porque había un tope constitucional que fue el que después llevó a empujar la reforma previsional, justamente para no violar el techo de gasto.
Entonces nosotros tuvimos esa mala suerte histórica, porque además nuestra reforma es del 94, fue después de la de Colombia, de Perú y de Chile, o sea, podíamos haber copiado de ahí y no lo hicimos. Y Brasil en el 89. Entonces, bueno, yo creo que ahora tenemos esa oportunidad. ¿Por qué creo que ahora hay una oportunidad? Porque primero el Gobierno, de alguna forma, abraza estas banderas y está de acuerdo, lo está intentando hacer, etcétera. Y por otro lado, yo creo que le serviría a la oposición para ser más competitiva.
Y me parece que la prueba de lo que pasó el año pasado es que si la oposición —y hay un gran debate, vos lo sabés, dentro del campo nacional y popular respecto a cómo plantearse el futuro de la política económica, sabiendo y haciendo una autocrítica muy grande de los errores que se cometieron, de los excesos que se cometieron—, hablando con dirigentes de los dos lados, pero sobre todo de la oposición, yo veo que hay una reflexión en ese sentido.
Bueno, puede pasar como pasó en la transición entre Lula y Cardoso, que no necesariamente se firmó un acuerdo, sino que básicamente las señales que se dieron de un lado y del otro fueron: con esto no vamos a avanzar en contra.
¿Vos creés que al Gobierno le convendría? Porque la sensación que yo tengo es que el Gobierno apuesta electoralmente a lo contrario y que ese, a mi juicio, es el error: colocó primero el orden procedimental, que es que la clave es dividir y agigantar la grieta todo lo que se pueda, revivir al kirchnerismo, el último clavo en el cajón...
Siempre te he escuchado hablar del dilema del prisionero, del equilibrio bueno y el equilibrio malo. Hay un equilibrio bueno para la sociedad, que sería que el Gobierno diga: si yo logro traer a esta gente hacia la racionalidad, me va a bajar el riesgo país, la economía va mejor y voy a reelegir; y que la oposición diga: si yo voy al centro y abrazo estas banderas y discuto otras cosas de Milei, me va a permitir ganarle la elección. Ese es el equilibrio bueno de Nash.
El equilibrio malo es que la reflexión sea no colaborativa y diga: “no, no me siento con ellos ni loco porque eso me desperfila”, y que la oposición diga “cuanto peor, mejor”. En ese equilibrio malo de Nash vivió la Argentina mucho tiempo.
Yo veo que ahora hay algunas condiciones, por lo menos más del lado de la oposición, por ahí del oficialismo habrá que ver qué quiere hacer, pero yo creo que el oficialismo en esto puede ser más pasivo, quiero decir, lo está haciendo en algún punto y predica esas banderas. Y yo creo que lo necesitan los argentinos. La verdad que tuvimos en los últimos 15 años, en promedio, una crisis cada dos.
Pero podríamos decir esto desde CIPPEC y desde el periodismo, pero también podríamos pedírselo a la oposición, por lo menos, podríamos empezar por ahí. Podríamos decirle a la oposición que tiene que mostrar una especie de pacto de la Moncloa económico.
Sí, dejame hacerte un punto ahí. La Moncloa fue un pacto social, político, institucional mucho más ambicioso y exigente que esto. Esto es algo básico, yo lo trato de plantear como preideológico. Vos podés tener, incluso, una economía más regulada o menos regulada, pero estas tres reglas son básicas, porque Argentina tiene una crisis macroeconómica cada dos años, con todos los gobiernos. Entonces, ese acuerdo es necesario.
Y cuando uno lo plantea, incluso desde sectores más cercanos a la oposición, te dicen: “bueno, ¿y dónde entra la educación?”. Bueno, eso se dirime en las urnas. Cómo financiamos la educación pública, si querés vouchers o no, eso lo decide la sociedad. Pero estas tres cosas no se discuten, porque no tienen que ver con el modelo de país, sino con reglas básicas de funcionamiento.
Porque vos podés tener un país estable y, sin embargo, no crecer o incluso estancarte. Pero sin estabilidad, directamente no hay nada. Entonces, este es un punto de partida indispensable.
Hablaste de qué había en las Constituciones. Otro de los elementos que me interesan es, uno es fiscal, otro es la independencia del Banco Central. Digo, perfectamente la oposición podría decir: “Yo voy a proponer al Congreso un presidente del Banco Central que pueda generar consenso”, que es lo que hizo Lula. Entonces, de alguna manera, aunque no sea constitucional, aunque no esté obligado, la oposición podría plantear estas alternativas, en cuyo caso podría darse ese análisis que vos decís: “Bueno, le va a facilitar la vida a Milei porque los últimos tres o cuatro meses no va a haber la volatilidad cambiaria que hubo entre junio y septiembre del año pasado”. Pero, al mismo tiempo, le plantearía la posibilidad de poder ganar las elecciones.
Yo creo que sí, porque el año pasado la gente se asustó. Entonces es una decisión. Y yo creo que al Gobierno también le serviría. El Gobierno podría decir: “Hemos ganado la batalla cultural”.
Bueno, Margaret Thatcher decía eso: el triunfo es que el adversario adopte tus ideas.
Bueno, sí, claro. Y es fantástico, además, progresar y no repetir los errores, y sería fantástico que ocurra.
Yo te escucho a vos y escucho la voz del PRO, que se convirtió en Cambiemos cuando deja de ser un partido de derecha para abrirse, incluir a los radicales, incluir a la Coalición Cívica, con una vocación más republicana y más de centro. La sensación que tengo es que quienes están hoy en La Libertad Avanza o en el Gobierno, que vienen de lo que era Juntos por el Cambio, son los sectores más de derecha, duros, para decirlo de alguna manera, que integraban esa alianza. ¿Ves un reverdecer de estos sectores más progresistas, más republicanos, de lo que fue Cambiemos y Juntos por el Cambio?
Lo que ves en mí es al director ejecutivo de CIPPEC, que es la representación, yo diría, más palpable de sociedad civil apartidaria.
Pero siempre te escuché así, siempre te escuché moderado, razonable.
Bueno, claro.
Creo que, a lo mejor, no triunfó el sector que ideológicamente vos representás y que los más duros, como el de Patricia Bullrich, por poner un ejemplo, fueron los que terminaron sintonizando con el humor de la sociedad, si vos querés, de “rompan todo”.
Yo creo que, a ver, tengo la sensación de que lo que nosotros estamos planteando es que, obviamente, la política, el formato de redes que se ha llevado a la política —te escucho siempre en tus entrevistas y estoy bastante entrenado en eso— hace muy difícil este diálogo. Y lo conversaba con algunos dirigentes el día de la cena. Porque nosotros hablamos mucho del “círculo CIPPEC”, que es tratar de unir círculos que no se tocan y juntarlos. Y me decían: “Bueno, esos círculos nunca se van a tocar, no va a haber ninguna intersección”. Pero hay que buscar esa intersección, porque vos construís el país en la intersección, porque la alternancia democrática es no solo fundamental, es inevitable, es parte de la democracia. Si no tenés esos puntos en común, lo único que hacés es lo que hemos tenido en los últimos años, que es comportamientos pendulares.
La solución para la Argentina es el consenso.
El consenso entendido no como acordar en todo, no acordar en todo, pero sí ponerse de acuerdo en algunas cuestiones básicas. Yo creo que eso es lo que ha logrado Latinoamérica de los 80 para acá. Nosotros nunca lo pudimos.
El otro desafío grande es unir las dos Argentinas que siempre se enfrentaron, que es la Argentina más primaria, digamos, y librecambista con la industrialista de economía cerrada. Ahí también tenemos un choque muy fuerte. Y yo creo que ahí hay que construir una diagonal, porque aunque tengamos los acuerdos preideológicos, después vienen los ideológicos. Y dentro de los ideológicos tenemos que tratar de construir una diagonal para convertir las ventajas comparativas que tenemos en energía, agro y minería en ventajas competitivas.
Hay muchos países que lo han hecho, otros que fracasaron. Entonces hay que pensar cómo se hace y si hay una diagonal para enganchar a las locomotoras con los vagones de la industria y los servicios. Yo creo que lo podemos hacer porque tenemos una estructura diversificada. Creo que tenemos que construir una economía no sobre las ruinas del actual, sino sobre sus cimientos: las empresas, los trabajadores, las capacidades.
Ya está ocurriendo un poco de manera endógena con el mercado. Te doy un ejemplo: uno de los pocos lugares que está creando empleo, además de Neuquén por Vaca Muerta y Río Negro por arrastre, es el Gran Rosario. Ahí pasa una cosa rara: el cinturón metalmecánico está muy golpeado, está a la mitad de su capacidad, pero está empezando, en lugar de venderle a la industria de consumo masivo, a hacerle algunas cosas metalmecánicas a Vaca Muerta. Ese proceso hay que ayudarlo. No subsidiando, no regalando plata, sino con políticas horizontales que ayuden a crear empleo.
Yo creo que hay una agenda ahí que hay que explorar. No sé si la va a hacer este Gobierno, por ahí en una próxima gestión, si reelige, no lo sé, pero nosotros estamos trabajando en esa agenda que yo llamo la agenda de futuro. La agenda del presente es la que conocemos todos hace 20 años: la reforma tributaria, la previsional, el régimen de coparticipación, la estabilización macroeconómica. Alguien tiene que levantar la mirada y pensar una agenda de futuro. Y en eso estamos trabajando.
Vos lo que estás planteando es que primero hay una agenda del presente, pero no está consolidada esa agenda del presente, porque estas reformas son imposibles hoy por hoy. No parece contar con la cantidad de consenso necesaria. O sea, sin consenso, en los términos en que estamos hablando, estas reformas no son posibles.
El gobierno ha pasado reformas importantísimas, la Ley Bases. Está bien, era el principio. La reforma laboral, pero la reforma laboral la pidió Cristina en sus cartas, Facundo Moyano ya hablaba cuando era diputado.
Estas que faltan son mucho más difíciles.
Las que faltan son más difíciles porque la tributaria toca a todas las provincias. Entonces ahí no hay broma, sin consenso eso no sale.
Sin consenso eso no sale y sin crecimiento. Y ahí tenés una trampa de circularidad en el razonamiento complicada, porque para hacer una reforma tributaria necesitás que haya espacio fiscal. Para que haya espacio fiscal necesitás que la economía crezca. Para que la economía crezca necesitás una reforma tributaria.
Entonces, cuando Cavallo lanzó el plan de convertibilidad, eliminó las retenciones, que eran el 25% de la recaudación. El FMI lo quería matar, por eso no apoyó el plan. Se tiró un piletazo y le salió bien, y el campo fue una locomotora en esos años.
Pero además la productividad aumentó sensiblemente. Aparecieron determinadas innovaciones tecnológicas que permitieron aumentar la productividad.
Bueno, ahí hay un problema, el problema de secuencia que vos marcabas. Esto de operar en el campo de batalla, aunque vos hagas todo bien, o por lo menos intentes hacer bien el procedimiento general, puede tener un problema el paciente, porque a veces las cosas no se hacen en la secuencia que deberían ser.
Entonces, a ver si podemos hacer una especie de corolario juntos. Luciano, es un gusto realmente hablar después de dos años. Pareciera que nuestro problema es ponernos de acuerdo para hacer reformas que, en alguna medida, todos consideramos que son necesarias que se produzcan. Nada más que diferimos en algunas formas, en el grado de aplicación, en qué viene primero, qué viene después.
Si aceptamos eso, que no es un problema de ideas sino un problema de consenso, la característica que tendría que tener quien logre esas reformas es alguien con capacidad de construir consensos, no un anticonsensualista. Y, si así lo planteamos, el problema de la Argentina ha sido la polarización.
Entonces, la pregunta es si este Gobierno es el fin de lo viejo, el paroxismo del divisionismo, o el comienzo de lo nuevo, que sería el consensualismo. Me parece que esa pregunta probablemente requiere una respuesta en las urnas en 2027. Si para lograr lo que hay que lograr hace falta división o unión.
Sí, es una gran pregunta. Yo creo que la sociedad lo va a pensar. Creo que también hay que valorar el esfuerzo que está haciendo la sociedad en reconocer que teníamos que salir de la trampa de estanflación y pobreza en la que estábamos. Y yo veo ahí una base muy grande para poder transformar la Argentina. Esta vez, Jorge, yo veo que la frazada es grande, nos puede tapar a todos.
Lavagna dice eso, ¿no? Lavagna dice eso. A diferencia de los 90, Cavallo no tenía un flujo, tenía un stock, que eran las joyas de la abuela. Hoy tenemos un flujo que no se acaba. Que es la minería, la energía.
Claro, triplicado. Tenemos tres pampas. Entonces, digo, hoy tenemos la oportunidad y por eso, con esa frazada, podemos abarcar a todos. Por eso, cuando hago esta diagonal entre las dos Argentinas, puede haber una Argentina con industria competitiva que pueda exportar y, además, asociada a proveedores de esas grandes industrias, y podemos tener también esas industrias pujantes. Lo podemos hacer.
Yo creo que después los desafíos que vamos a tener son los desafíos de la enfermedad holandesa, de cómo hacemos con el exceso de dólares para que, si vamos a tener un fondo soberano como hizo Noruega, como tiene el fondo del cobre Chile, esos deberían ser los problemas de la Argentina que viene.
Y ver cómo transformamos la educación para integrar a toda la población a ese desarrollo.
Yo siempre cito el modelo de Vietnam, que con la educación hizo una revolución siendo una sociedad inicialmente muy pobre. Polonia, en 20 años, duplicó su ingreso per cápita cuando se unió a la Unión Europea. Invirtió en infraestructura, hizo catch-up de productividad y duplicó el ingreso per cápita en 20 años. Polonia está más cerca de la Unión Europea, pero nosotros somos socios comerciales, estamos a un buque de distancia. O sea que yo digo: esta vez la frazada es grande. Ojalá encontremos esa sensatez para encontrar un camino al desarrollo.
Luciano Laspina, muchísimas gracias.
GD