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PSICOLOGÍA EVOLUTIVA

En defensa de la envidia

De mecanismo de supervivencia en la tribu a veneno cotidiano en las redes sociales: por qué la ciencia explica la envidia como una emoción humana inevitable, aunque nadie se atreva a confesarla.

Envidiosa
Envidiosa | CEDOC

Un estudio de la Universidad de Tilburg en Países Bajos en 2009 mostró como el 75% de los encuestados respondió que cree que las demás personas son envidiosas y cuando les preguntaron por ellos mismos, el 80% dijo que no había sentido envidia en su vida. ¿No dan las cuentas, no? Yo mismo hice una encuesta por Instagram sobre el tema de la envidia antes de ponerme a escribir y la posición mayoritaria sobre la pregunta “¿Sos envidioso/a?” fue: “No, a mí me tienen envidia”. Evidentemente, estamos frente a una emoción tabú. En mi caso, me declaro culpable: soy un gran envidioso, y eso me llevó a rastrear los orígenes de un mal con el que convivo desde que tengo uso de razón.

El éxito de la serie Envidiosa de Netflix, creada por Carolina Aguirre e interpretada por Griselda Siciliani, llama la atención sobre una emoción tan extendida como negada. Actualmente, el término es parte del debate político porque el presidente Javier Milei explicó que la justicia social le otorga una justificación moral a la envidia: transforma el dolor por el éxito ajeno en un supuesto derecho a exigir la redistribución. Más abajo, veremos por qué el Presidente se equivoca en la utilización del término.

Ahora, lo que en general no se reconoce es que la envidia es parte constitutiva de nuestra subjetividad y, en ciertos momentos de la historia de la humanidad, nos salvó la vida.

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El origen de la envidia según la teoría evolutiva

Según la psicología evolutiva del estadounidense David Buss, la envidia es una alarma cognitiva que heredamos de nuestros ancestros y que los ayudó en la dura lucha por la vida que significa la selección natural. De hecho, los individuos con una buena dosis de envidia tenían mejores condiciones para sobrevivir que los especímenes desinteresados por los éxitos ajenos.

Estar en una tribu no significaba un sistema de igualdad absoluta. Si bien los ancestros necesitaban colaborar para cazar presas grandes, defender el territorio y protegerse de predadores, los recursos internos más valiosos —como las mejores porciones de alimento, el refugio más seguro, las alianzas de poder y el acceso a parejas reproductivas— seguían siendo escasos. La jerarquía dentro de la tribu determinaba la prioridad en momentos de escasez.

Ahí es donde entra la envidia como mecanismo individual. Un individuo que cooperaba ciegamente mientras sus pares de la tribu ganaban terreno, prestigio y mejores recursos terminaba relegado al fondo de la estructura social. Si venía una hambruna, los de abajo en la jerarquía eran los primeros en morir.

Por eso, la selección natural no favoreció la cooperación pura, sino una cooperación estratégica regulada por el monitoreo del estatus relativo. La manada servía para sobrevivir frente a las amenazas del entorno, pero la envidia servía para sobrevivir dentro de la manada, evitando que un igual te desplazara silenciosamente en la escala social.

La envidia, es decir, ese dolor experimentado ante el éxito, las cualidades o la felicidad del otro, se siente hacia quienes se percibe como semejantes. No se puede sentir envidia de alguien que se considera que está “fuera de nuestras ligas”. Por eso Milei se equivoca: no hay “envidia a los millonarios”. Puede ser un genuino sentimiento de injusticia o de resentimiento, pero técnicamente no es envidia. En concreto, tener un sentimiento de injusticia porque habría que trabajar ochenta años sin gastar un solo peso para ganar lo que Marcos Galperin gana en solo un mes, mientras cobra intereses de hasta el 1300% anual, no es envidia, señor presidente.

Qué pasa en nuestro cerebro cuando sentimos envidia

La neurociencia también permite mirar la envidia desde otro lugar: no toda envidia funciona igual. En 2009, Hidehiko Takahashi y un equipo de investigadores estudiaron mediante resonancia magnética qué ocurría en el cerebro cuando una persona descubría que alguien similar tenía más dinero, éxito o ventajas que ella. Encontraron mayor actividad en el córtex cingulado anterior, una región relacionada con el conflicto, el malestar y la detección de discrepancias. Es decir, primero aparece el dolor de la comparación.

A partir de ahí pueden abrirse dos caminos. La llamada envidia sana transforma esa incomodidad en motivación: “quiero conseguir lo mismo”. Investigaciones de Jan Crusius y Jens Lange muestran que, en este caso, la atención se dirige hacia las posibilidades de mejorar la propia posición. La envidia maliciosa, en cambio, concentra la atención en el otro y puede generar el deseo de que pierda aquello que lo coloca por encima.

Y aparece algo todavía más perturbador. Takahashi observó que, cuando finalmente al envidiado le ocurría algo malo, aumentaba la actividad del estriado ventral, una región vinculada al procesamiento de recompensas. Es la llamada schadenfreude: el placer ante la desgracia ajena. Una revisión de estudios de neuroimagen realizada por Dai, Liu, Chai y Zhang (2024) confirma la participación de redes relacionadas con el conflicto, la emoción, la recompensa y el control cognitivo.

Envidia por Instagram

Las redes sociales potencian la envidia porque convierten la comparación social en una actividad permanente. Instagram es una ventana constante, pero del otro lado, lejos de ver la cotidianidad de nuestros semejantes, vemos una selección de los mejores momentos ajenos: viajes, cuerpos, parejas, dinero; y los comparamos con nuestra vida cotidiana. En un estudio reciente, Jacqui Taylor y Georgina Armes analizaron cómo las comparaciones ascendentes en Instagram se relacionaban con la autoestima y la imagen corporal: los participantes expuestos a perfiles que representaban estándares superiores tendían a experimentar peores evaluaciones de sí mismos.

Además, la cuantificación de la vida en Instagram —cantidad de likes, reproducciones y compartidos— le da a la envidia una vía de comparación directa. Una foto de una persona puede tener más o menos atención que la de otra de manera objetiva, y esto es lo que alimenta la comparación social sobre la que se monta la red.

¿La envidia sigue siendo necesaria?

Ya no peleamos físicamente por recursos escasos dentro de una caverna contra otros miembros de nuestra tribu. Sin embargo, el capitalismo es un sistema de competencia y la actualización de nuestros trabajos producto de la revolución tecnológica es constante. Ya no nos persiguen los animales salvajes, pero sí la inteligencia artificial y los CV de otros empleados más preparados que nosotros. Por otro lado, la comparación constante de las redes sociales genera problemas como ansiedad, estrés y hasta disforia corporal. Entonces, es preciso preguntarse por la utilidad o no de la envidia en la actualidad.

David Buss y Sarah Hill son proenvidia. Sostienen que la envidia permite saber qué queremos a partir de verlo en el otro, identificar desventajas, evaluar rivales y motivar conductas para mejorar nuestra posición. Luego, el problema son las redes, que nos hacen compararnos permanentemente con cientos y hasta miles de personas en el mundo. Pero todo sentimiento o emoción generado de manera desmedida puede ser patológico.

Además, como vimos, la envidia sana o la envidia perjudicial se originan en el mismo lugar: una comparación dolorosa con un semejante. La diferencia es que la envidia sana implica una racionalización de este sentimiento, mientras que la envidia perjudicial se procesa en la parte más primitiva de nuestro cerebro. Es decir, depende de nosotros poder utilizar el dolor generado por el éxito ajeno como combustible para mejorar y no como vehículo para desear el mal.

La envidia, un sentimiento oculto y vergonzante, tiene una injusta mala prensa y muchas veces provoca la insatisfacción necesaria para poder avanzar.

LT