El gobierno de Javier Milei se alineó claramente con la acción de Estados Unidos en Venezuela, respaldando política y diplomáticamente la operación que llevó a la captura de Nicolás Maduro y rompiendo con la tradición argentina de no intervención. Según el sociólogo Juan Gabriel Tokatlian en el programa Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), la operación es un experimento político-estratégico que genera preocupación en países como Colombia y México y evidencia la necesidad de que Sudamérica recupere el control de su propia estabilidad.
El sociólogo y doctor en Relaciones Internacionales argentino Juan Gabriel Tokatlian cuenta con una destacada trayectoria académica y analítica en temas de política exterior, seguridad y geopolítica global. Se desempeña como vicerrector y profesor plenario del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella en Buenos Aires. Además, vivió 18 años en Colombia, donde fue profesor asociado en la Universidad Nacional de Colombia y cofundador y director del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de los Andes en Bogotá.
Hoy más que nunca tu análisis se hace doblemente valioso, por tu mirada internacional y tu conocimiento de Colombia, que todavía persiste con la Universidad de los Andes, y frente a la amenaza de Trump de continuar.
Existen diferentes interpretaciones, pero existe un consenso internacional. Ayer lo vimos en la reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas: prácticamente ningún gobierno de los 15, permanentes o rotatorios, coincidió con Estados Unidos. Fue un acto ilegal, ilegítimo, violatorio del derecho internacional, de los principios de soberanía, de integridad territorial y de la inmunidad de los mandatarios. Hay un número enorme de derechos arrasados con esta acción.
Si vamos al caso venezolano específicamente para entenderlo como un experimento, es distinto a los que conocíamos en América Latina y que vimos en años recientes a nivel global. En 1989 hubo en Panamá una elección. En mayo triunfó Endara y el dictador Noriega anuló el resultado. En diciembre, con 27,000 hombres, Estados Unidos invadió y ocupó Panamá. Se calcula que entre 300 y 1,200 panameños murieron. Noriega se refugió en la anunciatura y días después se entregó. Fue capturado, llevado a Estados Unidos, juzgado por narcotráfico y sentenciado a 40 años. Inmediatamente, instaló al presidente legítimamente votado en mayo. Esa fue nuestra experiencia con este tipo de ataques y ocupaciones.
En 2011, Libia fue otra operación que se suponía rápida, con la caída de Kaddafi. Solo comenzó una guerra civil.
Tomando estas experiencias, más allá de los objetivos de Estados Unidos en Venezuela y la ilegitimidad de la acción, vemos un experimento diferente. Estados Unidos no acepta el resultado favorable a Edmundo González en 2024, no intenta reinstalarlo como presidente, no quiere desmantelar el Estado venezolano ni fracturar las fuerzas armadas. Tampoco busca que los conflictos internos escalen ni mantener un contingente permanente en Venezuela.
Estamos ante un experimento político-militar-estratégico distinto. Washington acepta que Delsy Rodríguez, sancionada desde 2018 por corrupción, no por narcotráfico, asuma la presidencia. Rodríguez, exministra de hidrocarburos, vicecanciller y vicepresidenta, mantiene relación estrecha con Rusia y permitió mayor presencia de China en el petróleo. La pregunta es por qué permite esto, qué busca: tutelar desde afuera, fijar estabilidad, evitar un desmadre con efectos dominó en Colombia o no irritar a Brasil. Por primera vez un vecino de Brasil es atacado militarmente.
América del Sur no había sido territorio de estas acciones; lo fueron Centroamérica y el Caribe, el antiguo patio trasero de Estados Unidos. A nivel internacional, existieron otras experiencias donde Estados Unidos usó la fuerza, unilateral o colectivamente. En Irak, invadió masivamente, decapitó la estructura militar y desarmó el Estado construido por Saddam Hussein. Se instaló un gobierno títere estadounidense, con Paul Breman como gobernador provisional. Lo que siguió fueron insurgencias, combates y violencia sectaria entre chiitas y sunitas, hasta que Estados Unidos debió retirarse. ¿Podría ocurrir algo similar en América del Sur?
No lo veo inmediato, pero hay temor en América Latina, extendido a Centroamérica, el Caribe insular, México y Colombia. También hay disputas internas dentro del gobierno de Trump: Vans, vicepresidente, más cauto; Marco Rubio, obsesionado con Cuba; Steve Miller, subjefe de gabinete, clave en política migratoria y obsesionado con recuperar control.
Colombia y México son estratégicos por el narcotráfico: México, fentanilo; Colombia, cocaína. Colombia ha cooperado sistemáticamente con Estados Unidos y nunca tuvo conflictos políticos o geoestratégicos. Petro introduce un modelo de reinserción distinto a la historia del país. Esto genera preocupación sobre próximas acciones de Trump. Estados Unidos seguirá con provocaciones, insultos y degradaciones. Sudamérica debe retomar control de la región o enfrentará una situación inédita, más allá de la doctrina Monroe o Trump. Nunca antes Estados Unidos proyectó poder militar en Sudamérica ni atacó un país. Se necesita recuperar control y asegurar una transición pacífica en Venezuela.
Hay elecciones en Colombia este año y también en Brasil. ¿Cómo afecta este conflicto militar en Venezuela a las posibilidades de Lula y cómo impacta en la continuidad ideológica del gobierno de Petro?
Petro convoca a las plazas a defender la soberanía de Colombia
Estados Unidos se involucrará activamente, como en elecciones legislativas en Argentina, Colombia y Brasil. Con Trump, la historia de no intervenir en elecciones democráticas terminó. Es un actor decisivo que mueve la política ideológica en la región. La pugna es ideológica profunda y muchas élites confunden intereses de largo plazo.
MV