Venimos afirmando que, más allá de los porcentuales exactos, tenemos un país con una opinión pública partida en dos. Pero no todo se reduce a lecturas sencillas. El 46% de aprobación de la gestión no está basado en adhesiones férreas, como tampoco quienes rechazan la gestión de Milei constituyen un bloque homogéneo.
Hoy la adhesión o el rechazo se estructuran alrededor de dos ejes básicos. Por un lado, lo institucional, donde juega con fuerza el señalamiento de la corrupción como problema nacional. Por otro, la economía, donde conviven dos vectores centrales: el señalamiento de un bolsillo escaso y, al mismo tiempo, una valoración positiva sobre el rumbo económico del país. Sin esta última distinción no podríamos explicar por qué solo un 30% dice que desde que Milei es presidente la situación de su hogar mejoró, pero un 45% mantiene esperanzas de futuro.
La opinión pública está dividida en segmentos de adherentes y opositores, con sus respectivos subsegmentos, cuya dinámica explica las subidas y bajadas en la imagen presidencial. La clave está en comprender cómo interactúan entre sí los segmentos que estructuran el vínculo emocional con el Gobierno.
En la base del apoyo se encuentran los adherentes plenos. Es un núcleo compacto, identitario, que sostiene al Gobierno incluso en momentos adversos. Su volumen no es mayoritario, pero su intensidad es alta: procesan las dificultades como parte del camino y funcionan como un ancla emocional del proyecto. No alcanzan para expandir la imagen presidencial, pero sí para evitar derrumbes bruscos. Escasamente superan los 30 puntos.
Un escalón más pequeño pero decisivo lo conforman los adherentes críticos, aproximadamente dos de cada diez. Son el verdadero barómetro del humor social. Acompañan mientras perciben rumbo, coherencia y horizonte. Cuando sienten que el sacrificio se prolonga sin resultados, se retraen; cuando ven señales de orden, vuelven a alinearse. La imagen presidencial suele mejorar o deteriorarse primero en este segmento, porque es el más sensible a la gestión cotidiana.
Del lado opositor, los opositores blandos representan uno de cada diez. No comparten la visión del Gobierno, pero tampoco están cerrados a reconocer avances. Su posición depende de la percepción de eficacia: si la gestión muestra consistencia, pueden moderar su rechazo; si predomina la incertidumbre, se endurecen. Aunque numéricamente son un grupo menor, su influencia simbólica es alta porque pueden pasar a una oposición dura o convertirse en adherentes críticos.
Finalmente, los opositores duros son alrededor de cuatro de cada diez. Su rechazo es identitario y estable. No crecen ni se reducen con facilidad; su función es marcar un límite estructural más que influir en las variaciones del día a día.
En este mapa, la imagen presidencial crece cuando los adherentes críticos perciben que el rumbo se estabiliza y cuando los opositores blandos observan orden y previsibilidad. Y cae cuando el sacrificio se vuelve indefinido, cuando la narrativa oficial pierde claridad o cuando el conflicto permanente ocupa el centro de la escena.
El primer núcleo cree que el rumbo del país es correcto y rechaza la corrupción. Los adherentes críticos son sensibles a la economía de bolsillo; si se frustran, pueden moverse hacia el opositor blando. Estos últimos están económicamente golpeados, pero pueden reconocer mejoras si son concretas.O pueden pasar a ser opositores duros. El opositor duro repudia a Milei tanto en lo económico como en lo cultural.
Tenemos entonces dos grupos duros, difíciles de desplazar, pero dos grupos blandos que definen los movimientos de la opinión pública y los resultados electorales. En el medio está la política y la representación social. Los adherentes tienen liderazgos donde mirar; los opositores, hoy, carecen de figuras que les marquen el camino.
*Consultor y analista político.