Alumnos de primaria en un colegio rompiendo las figuritas de los jugadores egipcios; fotos del arquero del seleccionado inglés puestas en freezers; promesas de tatuajes, cortes de pelo y prendas con pretensiones mágicas. Las cábalas argentinas en esta Copa del Mundo atravesaron todas las capas sociales, geográficas y etarias de la sociedad. En momentos en que la Scaloneta estaba en problemas, afloraron aún más y, creer o reventar, por momentos hasta es difícil decir que no ayudaron a llegar hasta la final o a sostener un 1 a 0 que podría haber sido mucho peor. ¿Cuánto de este impulso por asociar este tipo de rituales mágicos y paganos es propio de los argentinos y cuánto hay de algo tan humano como la fe misma? Las religiones, ¿no podrían tener su origen en esta particular necesidad de creer en algo en momentos difíciles?
Los pescadores de Papúa Nueva Guinea y el ritual frente al riesgo
Hace más de 110 años, a casi 15 mil kilómetros de Buenos Aires, en las islas Trobriand, en la actual Papúa Nueva Guinea, los pescadores tenían una particular forma de encarar sus expediciones. Cuando los isleños salían a las lagunas interiores, protegidas por arrecifes, donde conocían el terreno y el riesgo era bajo, no realizaban ceremonias especiales. La pesca dependía de la experiencia, la técnica y el conocimiento acumulado. En cambio, cuando emprendían expediciones al océano abierto, donde había tormentas, corrientes impredecibles y el peligro de no regresar, el panorama cambiaba por completo. Antes de zarpar aparecían hechizos, amuletos, cantos rituales, tabúes alimentarios y ceremonias dirigidas por especialistas. Cuanto mayor era la incertidumbre, más importante se volvía el ritual. Eso fue lo que observó el genial antropólogo Bronisław Malinowski, y lo explicó en el clásico Magic, Science and Religion (1948).
Para Malinowski, la magia no reemplazaba al conocimiento técnico, sino que lo complementaba allí donde el conocimiento dejaba de alcanzar. Los pescadores seguían construyendo buenas canoas, usando las mejores redes y aprovechando su experiencia; los rituales comenzaban recién cuando el resultado escapaba a su control. La magia, escribió, cumplía una función psicológica: reducía la ansiedad, fortalecía la confianza y permitía actuar en situaciones de alto riesgo.
Los azande y la brujería como explicación de la coincidencia
Lo mismo descubrió el antropólogo inglés Edward Evans-Pritchard en lo que hoy es la República Democrática del Congo y Sudán del Sur, con los azande, un pueblo que atribuía a algunos de sus integrantes el poder de la brujería.
Evans-Pritchard cuenta que, en una oportunidad, se cayó el techo de una casa sobre un grupo que se encontraba debajo y murió aplastado. Los azande sabían que el accidente se produjo porque las termitas habían comido la madera y debilitado la estructura, que terminó cediendo. Pero no podían explicarse racionalmente por qué cayó cuando había personas debajo y no una hora antes, cuando no se encontraba nadie. A esto último, que muchas veces en las sociedades occidentales se adjudica al destino, los azande lo atribuían a un acto de brujería.
Su libro Witchcraft, Oracles and Magic among the Azande (1937) se convirtió en otro clásico de la antropología porque mostró que el pensamiento mágico no surge por falta de racionalidad, sino por una necesidad universal de encontrar significado frente al azar.
Las neuronas de Dios
Ahora bien, si en diferentes continentes y en distintos momentos históricos hay indicios de que el pensamiento mágico-religioso surge cuando la incertidumbre acecha o cuando intentamos explicarnos lo cruel que puede resultar la suerte, ¿habrá algo innato en los seres humanos que facilite el surgimiento de este tipo de ideas? ¿Tenemos en nuestro cerebro algo así como un "lóbulo religioso"?

El antropólogo Pascal Boyer, uno de los fundadores de la ciencia cognitiva de la religión, sostiene que la religión no apareció porque alguien la inventó, sino porque es una consecuencia casi inevitable del funcionamiento del cerebro humano. En Religion Explained argumenta que la evolución seleccionó una mente obsesionada por encontrar patrones y relaciones causales. Para sobrevivir era mucho más útil detectar una regularidad inexistente que dejar pasar una real. Si nuestros antepasados asociaban erróneamente un ruido entre los arbustos con la presencia de un depredador, el costo era apenas un susto. Si hacían la asociación inversa y asumían que era solo el viento cuando en realidad había un león, podían morir. La evolución, entonces, favoreció un cerebro que prefiere ver conexiones de más antes que de menos.
Patrones, agentes y por qué creemos que algo nos "persigue"
Sobre esa misma idea trabaja Michael Shermer, quien acuñó el término patternicity. Lo define como la tendencia humana a descubrir patrones significativos en datos completamente aleatorios. Es el mecanismo que nos lleva a creer que una camiseta trae suerte porque el equipo ganó dos partidos seguidos con ella, que un determinado número "nos persigue" o que una serie de coincidencias tiene un significado oculto. El cerebro odia el azar. Frente a hechos inconexos, construye espontáneamente una historia que los une.
Pero Shermer agrega que encontrar un patrón no alcanza. Después aparece otro paso: preguntarnos quién produjo ese patrón. Ahí entra el concepto de agenticity, desarrollado en paralelo por investigadores como Justin Barrett.
Barrett sostiene que los seres humanos poseemos un Dispositivo Hiperactivo de Detección de Agentes (Hyperactive Agency Detection Device, o HADD). Nuestro cerebro está preparado para asumir que detrás de un acontecimiento hay una intención. Si una rama se mueve sola, tendemos a pensar que "algo la movió". Si escuchamos un ruido de noche, imaginamos a alguien caminando. Desde un punto de vista evolutivo, ese sesgo era adaptativo: era mucho menos costoso escapar de un falso depredador que ignorar uno verdadero.
Según Barrett, ese mismo mecanismo cognitivo facilita la aparición de seres invisibles con voluntad propia: espíritus, ancestros, demonios o dioses. Una tormenta deja de ser solo un fenómeno meteorológico y pasa a ser la expresión de una voluntad; una sequía deja de ser una casualidad climática y se convierte en el castigo de una divinidad.
La cábala mundialista, bajo la misma lupa
Lo interesante es que las cábalas activan exactamente los mismos mecanismos. Primero aparece el patrón: "Las tres veces que usé esta camiseta, Argentina ganó". Después aparece la agencia implícita: "Si hoy rompo la cábala, algo puede cambiar". Aunque nadie crea literalmente que la camiseta controla el resultado, el cerebro siente que existe una conexión invisible entre ambos hechos.
Para Boyer, Shermer y Barrett, las supersticiones y las religiones no son anomalías del pensamiento humano, sino subproductos de capacidades cognitivas que fueron extraordinariamente útiles para la supervivencia. El mismo cerebro que permitió a nuestros ancestros detectar peligros antes que sus competidores es el que hoy nos lleva a rezar antes de una operación, tocar madera, evitar pasar debajo de una escalera o negarnos a cambiar de lugar durante una final del Mundial. En otras palabras, la religión y las cábalas serían dos manifestaciones distintas de una misma arquitectura mental diseñada para encontrar orden, intención y control en un mundo profundamente incierto.
El límite de esta explicación
Obviamente todo esto no puede explicar miles de años de religiones, grandes estructuras eclesiásticas y sociedades que funcionan alrededor de cosmovisiones teocráticas. Pero, efectivamente, hay un primer impulso mágico-religioso, por ponerle un nombre, que se puede observar con claridad cada vez que está en juego algo que nos importa mucho y no podemos controlar: desde la salud de un ser querido a una tanda de penales, ante la duda miramos al cielo, congelamos un arquero o nos rapamos. Lo que sea necesario para tolerar un mundo aterrador lleno de incertidumbres y arbitrajes sospechosos.
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